• Javier Cadena Cárdenas

Marcelo Quiroga Santa Cruz. Un intelectual de arma al brazo

A mis compañeras y compañeros

de la primera generación de Sociología

en la ENEP Acatlán



Al Doctor Marcelo Quiroga Santa Cruz lo conocimos a mediados de los años setenta del siglo pasado, en las aulas de los pocos edificios que en aquellos tiempos existían en la entonces ENEP Acatlán. Lo conocimos como maestro de Economía. De Economía Uno y Economía Dos. De Introducción a la Economía y de Teoría Económica. De Economía Política.


Lo conocimos, digo, como maestro. Y lo reconocimos como un excelente maestro. Un gran maestro que en cada clase nos mostraba lo que sabía. Y por cierto, sabía mucho. Y no sólo lo mostraba, sino que nos lo enseñaba. Y me atrevo a decir que nosotros lo aprendíamos gracias a la didáctica que empleaba frente a cada grupo. Y es que, en verdad, en cada clase nos daba cátedra. Y en cada consulta alumno-maestro, como en todo trato directo con él, nos daba calidez. Pero no la falsa calidez del profesor-sabio. Sabio, pero frío. No. Su calidez era la de un ser humano sabio que conocía perfectamente al ser humano deseoso de aprender, de conocer, de hacer y de pensar.


Además, Don Marcelo era paciente al extremo. Nos comprendía y en cada instante nos trataba de orientar y de esclarecer nuestras dudas. Recordemos que sus alumnos apenas habíamos arribado a la mayoría de edad. Y nos queríamos comer el mundo. Y no sólo nos lo queríamos comer, sino que creíamos tener los arrestos para hacerlo. Y lo digo con una vergüenza a la distancia: más de un maestro cayó en nuestras garras. Pero Don Marcelo, no. Claro que no.


No olvidemos que eran mediados de los años setenta del siglo pasado, y en México privaba la guerra sucia en contra de los movimientos guerrilleros y sociales. Así como una política anti-juventud. El gobierno mexicano aún no superaba al movimiento estudiantil de 1968, con su clímax del 2 de octubre de ese año. Ni a la movilización del 10 de junio de 1971. Tampoco había digerido al Festival de Rock de Avándaro de septiembre de ese mismo año.


En ese entonces, cuando el gobierno veía a un joven que no era parte de las fuerzas vivas del Partido Revolucionario Institucional, o de las filas conservadoras del Partido Acción Nacional, o de las organizaciones de extrema derecha que alimentaban a las fuerzas paramilitares, entonces de inmediato lo catalogaba como comunista, guerrillero o drogadicto. Ustedes elijan.



Y de esta estigmatización hacia la represión sólo había de por medio una orden superior. O un instinto salvaje del representante de las fuerzas del orden. Además, una delgada línea separaba la cabeza de un joven del tolete de un miembro de las fuerzas armadas. O de seguridad nacional y pública. Y entre el tolete y la bala la única diferencia que había era el resultado que tenían en el joven que la recibía: descalabro o muerte. Ahí radicaba esa diferencia.


Pero eso era en México. En ese México a cuyo sistema de gobierno, en un acto de desinhibición política de derecha, el escritor ahora casi fascista Mario Vargas Llosa, definió como “dictadura perfecta”. Expresión a la que el historiador predilecto de la monarquía española, Enrique Krauze, con un supuesto y cínico sarcasmo intentaría desvirtuar nombrándola “dictablanda”.


Pero en América Latina las cosas no estaban nada blanditas. Los años setenta del siglo pasado fue la época del florecimiento de las dictaduras militares llegadas a través de un algo que, de manera lamentable, parecía que se pusieron de moda: los golpes de Estado.


Aunque en Nicaragua de 1934 a 1978, gobernó la familia Somoza, y en Paraguay de 1954 a 1989 Alfredo Stroessner estuvo al frente de una junta militar, se puede decir que los golpes militares a los Estados de América Latina empezaron en 1964 en Brasil con el golpe encabezado por Castelo Branco en contra del gobierno democrático de Joao Goulart, utilizando un argumento que hasta la fecha, de manera lamentable, sigue vigente en algunos países latinoamericanos: “Salvar a la patria del comunismo”.


Humberto de Alencar Castelo Branco



En Brasil, entonces, empezó esa transición del simple militarismo a la práctica del golpe de Estado por parte de los militares más retrógrados y proimperialistas. No olvidemos que en esa época el mundo estaba inmerso en eso sui generis que se llamó Guerra Fría.


Y a este proceso de transición del militarismo a los golpes de Estado por parte de los militares, Felipe Victoriano Serrano en su estudio “Estado, golpes de Estado y militarización en América Latina: una reflexión histórico político”, lo describe muy bien:


“… en este contexto específico de militarización, el golpe al Estado representa el último acto contra el Estado latinoamericano. Digamos que el Estado no sólo es tomado por fuerzas político-militares hasta entonces reincidentes en el ejercicio autoritario del poder, sino que, además, dichas fuerzas tienen por objeto destruirlo (el caso chileno es literal) al punto de diluir el contenido de las relaciones políticas entre Estado y sociedad civil. No se trata, esta vez, de que los golpes sean expresión de la precariedad estructural de las instituciones políticas latinoamericanas, es decir, de su incapacidad de encauzar y absorber el conflicto político al interior de un marco de estabilidad. Por el contrario, se trata de un fenómeno que rompe la estructura misma a través de la cual el campo político y el Estado regulaban el conflicto social, administrando el desarrollo económico en torno a proyectos políticos nacionales”.

Y esta forma de acceder, tener, controlar y ejercer el poder dentro de un Estado-Nación, además de la represión física y legal en contra de la población, trajo como consecuencia la imposición a sangre y fuego de una política económica que prefiguraría la posterior instauración del neoliberalismo, y todo lo que con él llega: privatización, desregulación, descentralización y liberalización del mercado, por nombrar unos pocos conceptos que lo caracterizan.


Y este ejercicio autoritario, violento, ilegal y nada ético, se instaló por la fuerza de las fuerzas armadas en varios palacios de gobierno de América Latina. En Uruguay de 1973 a 1984 con un autogolpe de Estado se mantuvo Juan María Bordaberry. En Chile de 1973 a 1990 gobernó Pinochet. En Argentina empezó en 1976 y terminó en 1983 con Videla al frente de la junta militar. En Perú en 1975, el llamado Tacnazo encabezado por el general Francisco Morales Bermúdez quitó a Juan Velasco Alvarado del gobierno. Y ante esta a todas luces condenable ola de dictaduras militares, lamentablemente Bolivia también cayó en esta aberración en 1971 con Hugo Banzer como el militar más vil y visible.




Y perdónenme que haya mencionado algunos de los nombres de tan nefastos personajes militares investidos en sanguinarios dictadores. En verdad que me hubiese gustado decir algo similar a lo que Cervantes dijo al inicio del Quijote: esos dictadores, de cuyos nombres no me quiero acordar.


Pero bueno, lamentablemente se colaron a la Historia. A la Historia nefasta y negra de cada Nación latinoamericana. Y estos militares que llegaron al poder a través de golpes de Estado, no lo olvidemos nunca, persiguieron, reprimieron, asesinaron o lanzaron al exilio a gran parte de los cuadros políticos, académicos y sindicales de esos países.


Y México, para fortuna de ellos y de nosotros, a muchos les abrió la puerta. Chilenos, argentinos, nicaragüenses, haitianos, bolivianos. Don Marcelo entre ellos. Y así, en la ENEP Acatlán la plantilla de maestros se vio enriquecida por la presencia de algunos. Y el Doctor Marcelo Quiroga Santa Cruz, fue uno muy relevante.


Entonces, hagamos un ejercicio en retrospectiva e imaginemos el ambiente que en Acatlán privaba hace casi medio siglo. Para muchos de nosotros los jóvenes de aquellos años -y también de ahora, me atrevo a decir-, todo debía ser rebeldía. Y ante nuestros ojos sucede algo excepcional: se nos presenta la oportunidad de tener como maestros a infinidad de luchadores políticos y sociales con una sólida formación teórica de avanzada y de compromiso social y político, que, lo menos, aquí en las aulas ejercerían una magnifica influencia en nuestra propia formación. Sobre todo académica. Y también de posición política. No faltaba más.


Y para mi generación, no dudo al decirlo, en este rubro el Doctor Marcelo Quiroga Santa Cruz tiene un sitio muy especial. Y aunque siempre lo intuimos, también he de reconocer que todo ello lo comprobamos tarde. Y es que en esos años lejanos sus alumnos no sabíamos que Don Marcelo había sido quien nacionalizó los hidrocarburos bolivianos, ni que había escrito maravillosos libros de literatura y de denuncia social y política, ni que había filmado dos cortometrajes, ni que escribía poesía, ni que en su país había creado al Partido Socialista Uno.



Y no lo sabíamos por varias razones. Primero, por nuestra propia ignorancia. Y es que, a decir verdad, apenas su nombre lo habíamos conocido a través de ese magnífico libro que está cumpliendo sus primeros cincuenta años de haber sido publicado: “Las venas abiertas de América Latina”. En este importantísimo libro, su autor, Eduardo Galeano, en una cita de pie de página registra el nombre de Don Marcelo cuando se refiere a la nacionalización de la empresa Gulf Oil Co., en octubre de 1969, siendo presidente de Bolivia, Alfredo Ovando.


Durante el mandato del presidente Ovando, Don Marcelo fue titular, primero, de Minas y Petróleo, y después, de Energía e Hidrocarburos, desde donde encabezó la nacionalización de la mencionada compañía petrolera.


También desde esos encargos fue el autor de dos decretos fundamentales para la independencia económica de Bolivia: el primero estableció el monopolio estatal del comercio exterior de minerales; y el segundo obligó a entregar al Banco Central el total de las divisas obtenidas por el comercio exterior.


Todo ello, lo reconozco, en aquellos entonces no lo sabíamos sus alumnos. Pero además de no conocer estos hechos, también desconocíamos que en ese octubre de 1969, Don Marcelo fue considerado el Lázaro Cárdenas boliviano. Sí, Don Marcelo fue colocado a la altura de nuestro general Cárdenas. Y supongo que este hecho a Don Marcelo le habrá provocado orgullo. Y digo que lo supongo porque lamentablemente nunca se refirió a este tema frente a sus alumnos. Lástima. Creo que hubiera sido una gran charla de su parte. Y para nosotros un gran aprendizaje y ejemplo.


Como tampoco nos dijo que renunció a esos ministerios porque el presidente viró a la derecha en 1970. Ni que un año después llegó la bota militar a través del golpe de Estado. Y entonces Don Marcelo, que apenas acababa de formar el Partido Socialista Uno, tuvo que salir al exilio. Y antes de llegar a México, precisamente en 1975, estuvo en Chile y en Argentina.



Pero, exiliado y todo, nunca dejó su militancia. Ni hizo a un lado sus aportaciones teóricas a la lucha por sacar a los militares del gobierno boliviano. Y en este rubro, sobresale su libro “El saqueo de Bolivia”, publicado en 1973 en el Chile de la Unidad Popular, y que nosotros lo conocimos hasta 1979, en su tercera edición. En este texto, Don Marcelo pretende, como lo dice en el prólogo:


“Desenmascarar la naturaleza proimperialista de la política económica de la dictadura militar encabezada por Banzer”.

Y bajo este objetivo narra el proceso de desnacionalización de los hidrocarburos bolivianos, así como el comportamiento de la burguesía nacional y de los militares fascistas locales. Nos dice que la burguesía y los militares en el poder argumentaron un falso patriotismo para desnacionalizar los recursos naturales bolivianos. Y señala de manera puntual que en el discurso gubernamental se argumentó que el gobierno ni el Estado tenían la capacidad para administrar y explotar los recursos naturales nacionales por lo que estaban perdiendo mucho dinero, y que entonces en la ‘búsqueda del bien nacional’ se realizaba una licitación internacional para que una empresa privada lleve a cabo esa función.


Sí, dijeron que en bien de la patria se entregaban a extranjeros los bienes de la patria. Y desde entonces, con militares o no, por desgracia este discurso nos ha sido muy repetido a todos los latinoamericanos.


Pero bueno, y para darles una idea de lo que encontrarán en el centenar y medio de páginas del libro, tan sólo déjenme compartirles el título de sus cuatro capítulos: La desnacionalización de la economía de Bolivia; El empobrecimiento del pueblo; La ocupación del país; y La liberación nacional.


Léanlo, no se arrepentirán. Aunque no sé si lo podrán encontrar en librerías. Yo apenas el pasado mes hice ese ejercicio y el resultado fue infructuoso. Es más hasta en la Librería El Sótano me dijeron que Don Marcelo no estaba en su catálogo de autores. Por eso resulta mucho más importante este homenaje. Y para convencerlos de lo importante de su lectura también me permito leerles los dos primeros párrafos de su primer capítulo:


“La política económica que la dictadura ha impuesto a los bolivianos no es de ella, por la misma razón que el gobierno instalado en Bolivia no es de Bolivia”.

Así su primer párrafo. Y en el segundo, apunta:


“Como suele ocurrir en toda campaña de conquista, en la que el orden de ingreso de los invasores al país ocupado guarda relación inversamente proporcional a su autoridad, el 21 de agosto de 1971 (día del golpe de Estado) llegaron primero los conspiradores, después los tanques, luego los ejecutivos de las empresas privadas monopólicas y, finalmente, el embajador norteamericano”.


¡Cómo ven! O como decimos por acá: los últimos serán los primeros. Y sí, los embajadores norteamericanos son los primeros en meter sus manos, y algo más, en las acciones para desestabilizar y derrocar gobiernos a los que consideran no afines a ellos.


Por cierto, en esos tiempos otro maestro exiliado, pero de Argentina, Luis Rubio, en clase nos preguntó por qué en Estados Unidos no hay golpes de Estado. Y ante nuestro silencio o nuestra divagación sobre conspiraciones mundiales, sonriendo dijo:


“Simplemente porque en Estados Unidos no hay Embajada de Estados Unidos”.

Todos reímos. Pero todos entendimos y le dimos la razón. Pero regresando a aquellos tiempos en los que no conocíamos mucho de Don Marcelo, es conveniente decir que también desconocíamos todo esto porque él no era una persona presuntuosa, presumida o estridente.


Nunca nos dijo “Yo hice”, ni “Gracias a mí”. Él no era así. Siempre hablaba en plural anteponiendo en todo momento conceptos como proletariado, burguesía, sociedad civil, obreros, campesinos, jóvenes, estudiantes, mujeres, movimientos sociales, lucha de clases. Siempre hablaba de explotación, justicia, injusticia, Nación y liberación.


Y todo ello lo fuimos constatando poco a poco a través de sus casi cien artículos en el entonces progresista periódico ‘El Día’, mismos que tiempo después fueron recopilados en el libro “Hablemos de los que mueren”, editado en 1984 en Bolivia, y de cuyo contenido su editor, José Antonio Quiroga, en su momento dijo:


“La mayor parte de los artículos están referidos a la política latinoamericana, a la defensa de los recursos naturales que fueron saqueados por los regímenes militares patrocinados por el gobierno norteamericano en la larga época dictatorial, la transición hacia el sistema democrático que empezó a producirse por el presidente (Jimmy) Carter a fines de los 70, la defensa de los derechos humanos, un tema que Marcelo le dedicó de manera apasionada una defensa en varias de sus intervenciones parlamentarias, en su actuación política y escritos”.


Digo que su capacidad y compromiso lo fuimos constatando a través de sus artículos periodísticos, pero también y principalmente en sus clases. Y es que primero lo conocimos como un excelente profesor y como un boliviano exiliado. Y en clase no hablaba más allá de los temas de la clase. Y en clase nos hablaba de Adam Smith, de David Ricardo, de Milton Friedman, de Carlos Marx. De la Escuela Clásica, de la Escuela de Chicago.


Del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, de Wall Street, de la CEPAL.

De revolución industrial, del Estado de bienestar, de economía de mercado, de macro y microeconomía, de sustitución de importaciones.

De capital, de dinero, de plusvalía, de tasas de rendimiento y de ganancia, de inversiones, de tenencia de la tierra, de impuestos, de costos y precios, de beneficios, de fuerza de trabajo, de fluctuación monetaria, de devaluaciones, de casas de bolsa, de capitales productivo y financiero, de especulación, de propiedad privada y colectiva, de sueldos y salarios.

De estructura y superestructura.


Pero todos estos temas los contextualizaba con ejemplos de historia, sociología, filosofía, derecho. De derechos humanos y de luchas de liberación nacional. De explotación y de soberanía. De defensa de los recursos naturales y de la propiedad nacional de ellos. De marxismo y de otras herramientas teóricas para interpretar la realidad. Pero también para transformarla.


Y aunque a sus alumnos nos hacía leer “El Capital” y otras obras de Marx, de Engels y de autores comprometidos con las luchas revolucionarias de corte socialista, siempre nos dijo que el marxismo principalmente era un instrumento teórico que nos serviría para contextualizar las realidades de las clases sociales y de las naciones. O como dice Hugo Rodas en su texto sobre Don Marcelo titulado “Un artista de la política boliviana”:


“Adoptó un marxismo cuya fluidez le daba el análisis de la lucha de clases en la perspectiva del poder proletario”.

Además, Don Marcelo era un fiel creyente de que las respuestas a la realidad se encuentran mayoritariamente en la misma realidad. Sólo había que interpretar a la realidad de manera correcta. Y a su sistema para la interpretación de la realidad, Don Marcelo lo llamó “realismo trascendente” basado en el método marxista.


Entonces, hay que recordar que de esto y más nos hablaba en clase. Pero también en su clase aprendimos a ver que su pasión era Bolivia. Y que su dolor era la situación que estaban pasando sus paisanos. Sobre todo los más pobres y los más explotados. Y que su perspectiva de vida era luchar por la liberación de su Nación.


Y por la lucha socialista en contra de la burguesía nacional e internacional. Y por su lucha en contra del imperialismo capitalista que estaba haciendo estragos en Bolivia y en América Latina. Y por su rechazo a las dictaduras militares.


Y entonces aprendimos a respetarlo porque además de ser un gran maestro también era un gran ser humano. Y claro que al principio fue un maestro boliviano exiliado en nuestro país. Pero ya después, con el día a día, dejó de ser esto y lo fuimos haciendo nuestro. Le fuimos reconociendo la jerarquía de nuestro ‘hermano mayor’.


Pero no en el sentido del big brother orwelliano. O televisivo. No. Así no. Más bien en el sentido del ‘hermano mayor’ al que habríamos de imitar, seguir, emular. Pero principalmente había que aprender de su formación teórica y de su compromiso social en favor de las clases desposeídas y explotadas del mundo.


Alguna vez a alguien le escuché decir que para estar en el lado correcto de la Historia, primero había que ser un buen ser humano. Y tan es cierto esto que estoy seguro de dos aspectos: Don Marcelo fue un ser humano bueno; y Don Marcelo siempre estuvo en el lado bueno del momento histórico que le tocó vivir.


Cuando Evo Morales tomó protesta como presidente de Bolivia, el 22 de enero de 2006, dijo unas palabras que siempre debemos tener presente porque muestran con claridad la estatura moral de Don Marcelo:


“Para recordar a nuestros antepasados, por su intermedio señor Presidente del Congreso Nacional, pido un minuto de silencio para Manco Inca, Tupai Katari, Tupac Amaru, Bartolina Sisa, Zárate Villca, Atihuaiqui Tumpa, Andrés Ibáñez, Che Guevara, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Luis Espinal”.

Y Evo Morales continuó:


“A muchos de mis hermanos caídos, cocaleros de la zona del trópico de Cochabamba, por los hermanos caídos en la defensa de la dignidad del pueblo alteño, de los mineros, de miles, de millones de seres humanos que han caído en toda América, y por ellos Presidente, pido un minuto de silencio”.

Y Evo Morales terminó así esa intervención en el Congreso:


“¡Gloria a los mártires por la liberación!”.

Evo Morales, los llama mártires. Pero también los pudo llamar héroes. Y mártir y héroe fue y es Don Marcelo.



Mártir porque arriesgó su vida en la lucha de una causa. Y se la arrebataron de la manera más cruel y condenable posible. Y héroe porque logró hacer lo que muchos bolivianos pensaban que era imposible: nacionalizar los hidrocarburos propiedad de la Nación. Propiedad de Bolivia, pero explotados por una empresa de los Estados Unidos de América. Mártir y héroe, pues.


Y aquí permítanme traer a colación una anécdota de la derecha intelectual liberal. En 1984, en el cumpleaños número setenta de Octavio Paz, el gobierno mexicano y los amigos del escritor le organizaron un homenaje en el Palacio de Bellas Artes, y ahí todos los participantes decían que Paz esto, que Octavio aquello. Y todos estaban en los estos y en los aquellos, hasta que le tocó su turno a Félix Grande, quien después de saludar expresó:


“Que me perdone Octavio, pero él no es el único latinoamericano que ha luchado por la libertad”.

No obvio decir que en el salón se hizo un helado silencio por el atrevimiento de este escritor español de poner en su lugar a Octavio Paz. Y entonces todas las miradas se dirigieron a la cara del futuro permio Nobel de literatura, con la intención de registrar su reacción. Por fortuna, él permaneció inamovible. Y con ello se volvió a respirar en el ambiente. Pero siempre he pensado que fue lamentable que Félix Grande no dijera los nombres de aquellos otros latinoamericanos que han luchado por la libertad. Y estoy seguro que el nombre de Marcelo Quiroga Santa Cruz habría sido mencionado.


Y traigo a colación esta anécdota porque algo así, pero con diferentes intenciones, debemos decir en este homenaje a Don Marcelo. Por fortuna, Bolivia y América Latina han tenido muchos luchadores por la libertad y por el combate al imperialismo. Pero también hay que reconocer que dentro de la lista de estos luchadores, sin lugar a dudas sobresale el nombre de Don Marcelo Quiroga Santa Cruz.


Unos párrafos anteriores cité a Evo Morales quien mencionó Cochabamba. Y fue en esta ciudad del centro de Bolivia que el 13 de marzo de 1931, hace noventa años, nació Marcelo Quiroga Santa Cruz dentro de una familia burguesa, y cuyo estatus Don Marcelo lo tenía claro y de manera crítica.


En entrevista con Rogelio García Lupo, realizada en Buenos Aíres en mayo de 1973, Don Marcelo reconoció que su origen burgués no había sido el motivo ni la razón de su ubicación dentro de la dirigencia del Partido Socialista Uno. Al contrario, dijo, que eso fue muy a pesar de ese origen. Es más, reconoció que su papel de vanguardia en la lucha socialista se debió a que contrarió “los intereses de la clase de la que procedemos”. Y asentó:


“Y porque hemos abrazado apasionadamente la ideología de la clase trabajadora”.

Hijo de José Antonio Quiroga, diputado del Partido Republicano Genuino, y ministro de gobierno durante la presidencia de Daniel Salamanca, y de Elena Santa Cruz, Don Marcelo hizo sus primeros estudios en Cochabamba y La Paz, con los lasallistas, y después en el Instituto Americano y en el colegio Nacional Bolívar. Estudió derecho en la Universidad de Chile, y en la Universidad Mayor de San Andrés, en la cual también cursó filosofía y letras.


Cochabamba



Desde muy joven incursionó en la política, en el trabajo legislativo, en el arte y en la cultura. Escribió en y fundó periódicos. Hizo teatro, grabó cortos, escribió poesía. Intentó instalarse en París, pero regresó a Bolivia. Y en 1957 publicó “Los deshabitados”, su única novela publicada en vida, la cual por cierto en 1962 ganó el premio William Faulkner como la mejor novela hispanoamericana. Y a pesar de ello, Don Marcelo se consideraba apenas “un artesano de la literatura boliviana”. Y de esta novela, precisamente, aún me retumba en la mente una línea impactante:


“No nos habita ni siquiera una duda; no nos habita nada; estamos deshabitados”.


Las palabras anteriores las escribió en sus veintes. Ya después, estoy cierto, nunca se sentiría deshabitado. En esto se diferenciaría de Fernando Durcot, personaje de la historia, quien en toda la trama es un sujeto solitario. Él y los otros diez personajes de la novela están ‘deshabitados’. Deshabitados como sinónimo de vacíos de anhelos y de esperanzas, y sin posibilidad de alguna relación seria y profunda con sus semejantes. Pero, además, Fernando Durcot es un personaje con mucha potencia, pero como no la realiza, esta potencia se transforma en impotencia.


Eso es en la novela, a la que muchos le ven influencias existencialistas, muy en boga durante la década de los cincuenta del siglo pasado, época en la que fue escrita. En la vida real, su autor, Don Marcelo Quiroga Santa Cruz, no fue así. Siempre estuvo ‘habitado’ por ideales y utopías. Siempre tuvo mucha potencia. Nunca la impotencia.


Además, siempre tendría la compañía de sus ideales y de sus correligionarios de lucha. De su familia y de sus alumnos. Y, desde luego, de la clase trabajadora. Clase trabajadora que lo acompañó durante las campañas presidenciales de 1978, 1979 y 1980. Y en sus campañas para ser legislador. Y fue precisamente en una de ellas que expresó eso que aún suena en el recuerdo de los bolivianos:


“Sin tu voto, a la cárcel; con tu voto, al Parlamento; con tu lucha, al poder”.

Así era Don Marcelo. Ya vimos que como ministro, en 1969, fue el promotor de la nacionalización de los hidrocarburos. Ahora diremos que como legislador, diez años después, fue el promotor de la ley en contra de la corrupción, y también del emplazamiento a juicio en contra de Hugo Banzer por los actos cometidos durante los años de la dictadura.


Y entonces, el 17 de julio de 1980 en otro golpe de Estado, fue asesinado por los militares durante el asalto a la Central Obrera Boliviana, en donde Don Marcelo se encontraba en píe de lucha en contra de los militares. Y aquí permítanme una larga cita que describe cómo fue su artero asesinato. Alfonso Gumucio Dragón, es su libro “La máscara del gorila”, escribe:


“Estaban eufóricos, histéricos, nos golpeaban de frente con el cañón de las metralletas y nos empujaban escalones abajo hacia la calle. Disparaban a cada momento, a veces hacia alguno de nosotros, sin el menor motivo. Parecían enloquecidos. Por delante bajaban ya cerca de diez compañeros. Los más próximos eran el Primer Secretario del Partido Socialista, seguido de Oscar Eid, que estaban inmediatamente delante mío”.

Si hasta aquí enoja la escena, escuchen lo que a continuación escribió el autor:


“Cuando llegábamos al primer piso, uno de los fascistas reconoció a Marcelo Quiroga y ordenó a otros que lo separaran de la columna y lo condujeran a una habitación interior. Era obvio que tenían orden de victimarlo sin mayores trámites y querían hacerlo sin testigos. Marcelo se opuso a que lo separaran de nosotros. Hubo un forcejeo de dos paramilitares para cumplir la orden”.

Y el autor concluye con la descripción de la terrorífica escena:


“Pero en eso, uno de ellos le disparó con su metralleta a quemarropa y a un metro de distancia, directo al pecho. Marcelo se desplomó sin lanzar un solo quejido cubriendo con su cuerpo las escaleras”.


Indignante. Claro que sí. Pero no sólo cometieron ese terrible asesinato, sino que también desaparecieron su cadáver, y sus restos aún no han sido localizados. En este punto la Comisión de la Verdad integrada por antropólogos y forenses argentinos, en su informe de marzo pasado consigna que el lugar en donde se encuentran los restos de Don Marcelo sigue y seguirá siendo un misterio. Y expusieron que una de las hipótesis es que podrían estar bajo otro nombre en el Cementerio General de Bolivia. O en los terrenos del Estado Mayor del Ejército.


Aunque, hay que reconocerlo, se logró identificar ADN en algunos restos óseos calcificados, eso no fue suficiente y le hizo decir a Nilda Heredia, coordinadora de dicha Comisión, que los resultados fueron infructuosos precisamente por el grado de calcinación de dichos restos óseos.


Pero también hay que tener presente que el general José Antonio Gil en su libro “Con la llanta pinchada”, publicado en 2005, sostiene que Don Marcelo fue ametrallado, torturado y descuartizado, y que sus restos fueron calcinados y sus cenizas tiradas en el pavimento de la avenida Los Leones, aledaña al Cuartel General del ejército boliviano.


Inhumano. Sin duda alguna. Y regresando al momento de su cruel asesinato, cuando aquí en México sus alumnos nos enteramos que había sido masacrado en su amado país y por sus enemigos de lucha, lo primero que se nos vino a la memoria fue que su gran compromiso con Bolivia y con su clase trabajadora había sido lo que lo orilló en 1978 a volver de manera clandestina a luchar en contra de los militares y en contra del colonialismo en que esa Nación estaba inmersa.


Y es que Don Marcelo era un fiel crítico de aquellos intelectuales que, como recuerda Hugo Rodas en su ya mencionado texto, hacen “guerra de café y sobremesa”. Y es en reconocimiento a esta característica de Don Marcelo, que a estas líneas les he dado el subtítulo de “un intelectual de arma al brazo”. Expresión que he tomado prestada del ya mencionado Rogelio García Lupo.


Y así como Evo Morales pidió un minuto de silencio en honor de varios mártires de la lucha por la libertad, entre ellos Don Marcelo Quiroga Santa Cruz, también en varios de sus mensajes al pueblo boliviano lo ha llamado “hermano”. Y no sólo eso, también Evo Morales ha expresado:


“Marcelo es ejemplo de amor a la Patria”.

Y sí, Don Marcelo Quiroga Santa Cruz es eso. Eso y mucho más. Y por ello, hoy no voy a pedir un minuto de silencio. Más bien voy a decir que el mejor homenaje que se puede hacer en su honor, es conocerlo, leerlo, y seguir su ejemplo: Intentar ser un buen ser humano; y luchar por las mejores causas de la humanidad. Igual que Don Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Muchas gracias.


NOTA: Un par de días después de haber leído este texto en la mesa “Transformaciones en América Latina: el Dr. Marcelo Quiroga Santa Cruz”, celebrada vía Zoom el miércoles 20 de octubre de 2021, durante la Semana de Sociología titulada “Sociología: entre paradigmas y transformaciones”, organizada por la FES Acatlán, en el periódico ‘La Jornada’ apareció una entrevista con Evo Morales, en donde compartió lo primero que se le vino a la memoria cuando se enteró del golpe de Estado perpetrado en su contra hace dos años:


“Pensé inmediatamente en el golpe de Estado de Luis García Meza en 1980. Estaban reunidos el Comité Nacional de Defensa de la Democracia, la COB, Marcelo Quiroga, y partidos de izquierda. Decidieron resistir y después convocaron a retirarse. Pero no falta un orador que se extiende. Todos identificaron a Marcelo Quiroga, y le dijeron: ‘¡Aléjese Marcelo!’. Marcelo nunca se alejó, seguía en la fila. Y le metieron bala. Entonces, yo dije que había que salvar la vida”.

Y sí la salvó, y al igual que Don Marcelo en su momento, Evo Morales encontró en México las puertas abiertas para su exilio.

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