• Joaquín Balancán Aguirre

Presidencialismo mexicano, alternancia de Gobierno y toma de decisiones


El presidencialismo ha sido el régimen de gobierno que ha prevalecido en México desde la constitución de 1824, hasta la carta magna vigente de 1917. Lo anterior presta relevancia ya que a pesar de las grandes convulsiones tanto internas como conflictos externos que sufrió el país, la presidencia sobrevivió a los cambios que todo régimen procesa.


En el constituyente de 1917, se decidió conservar el régimen presidencial, mismo que tendría mecanismos en el texto constitucional de equilibrio con los otros dos poderes federales. Sin embargo los cambios que se dieron en la etapa posrevolucionaria en México (como la creación del Partido Nacional Revolucionario y el corporativismo) modificaron la forma de gobierno, y repercutieron ampliamente en las facultades del Ejecutivo, derivando en una presidencia muy fortalecida en sus atribuciones, fenómeno que se conoce como presidencialismo.


El presidencialismo, se desarrolló en la larga etapa del partido hegemónico, que permitió el crecimiento de un régimen político sin comparación por su funcionalidad en la toma de decisiones, las cuales fortalecieron el papel del presidente, que en la práctica, monopolizó el proceso de cambio de políticas con el respaldo de su partido del cual poseía la jefatura.


Con el fin del régimen de partido hegemónico, México experimentó un cambio en el proceso de toma de decisiones, las cuales dejaron de centralizarse en la figura presidencial, dando paso a nuevos actores políticos en el marco de la democratización. El presente ensayo tiene como finalidad explorar posibles causas del debilitamiento del presidencialismo y de cómo México ha transitado de ser un sistema con un solo decisor a uno con múltiples e importantes actores políticos.


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Configuración del sistema


El constituyente de 1917, cuando elaboró la parte orgánica del texto tenía como antecedente respecto al ejecutivo la dictadura (que todavía diez años antes imperaba en el país), también tenía en cuenta los 48 cambios de presidente hechos de 1829 a 1855[1] eso sin contar a las figuras más destacadas en la presidencia hasta ese momento, Juárez y Díaz, que lograron ser los hombres fuertes o, en una palabra, “indispensables”[2]



[1]Meyer, Lorenzo, “El presidencialismo mexicano en busca del justo medio” en Istor, CIDE, México, núm. 3, 2000.

[2] Ibíd.



El resultado de esto, fue el abundante texto constitucional de 14 artículos en los cuales se otorgan las facultades presidenciales que ponen en cierta superioridad al ejecutivo con el poder legislativo y judicial.A pesar de lo anterior, fue la llamada “constitución material” la que fortaleció a la presidencia sobre los otros dos poderes.


Esta figura presidencial, fue construida por los vencedores de la revolución mexicana y respaldada por un solo instituto político que logró sino identificar, por lo menos controlar a todo el grueso de la sociedad, la creación del PNR (Partido Nacional Revolucionario) lograba la decisión de los candidatos a cualquier cargo fuera del campo militar y dentro de los escritorios, además garantizaba la defensa de un principio, tal vez el único que respetó la familia revolucionaria de la misma revolución, la no reelección.


Se iniciaron las presidencias pos revolucionarias con el periodo de Obregón, Calles y los sucesores escogidos y condicionados a su obediencia. En el periodo siguiente, Cárdenas afianzó los controles políticos sobre el partido y los miembros de éste, por un lado la prohibición de la reelección de los legisladores condicionaba sus carreras políticas al partido y al presidente, por el otro la autonomía sexenal se consolidó con la expulsión de Calles del país, es decir ningún otro presidente antecesor interferiría con su sucesor. El presidencialismo estaba en marcha.


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El ejercicio del poder Presidencial

Según Daniel Cosío Villegas fueron dos las piezas fundamentales del sistema político mexicano: El presidente de la República y el partido oficial, que tenían la no fácil tarea de controlar el funcionamiento del sistema de poder e intereses y de paso a casi toda la sociedad.[3]


Esta organización aseguraba la dirección de un sistema de certidumbre y estabilidad política para la sociedad, los sectores campesino, obrero, y al sector económico nacional (e incluso al internacional, si el régimen lo permitía).


Lógicamente que el hecho de que fuera un régimen estable no lo hacía ni legitimo, ni mucho menos democrático, en algunas de sus atribuciones era ilegal por ejemplo: la elección del sucesor, elección o remoción de gobernadores, libertad en materia económica y de asignación del presupuesto (aprobado en la Cámara de Diputados, la cual presidente controlaba).


A este cúmulo de atribuciones Carpizo las denominó facultades metaconstitucionales[4], ya que iban más allá del texto constitucional, éstas convirtieron al sistema presidencial mexicano en uno particularmente funcional a la hora de tomar decisiones políticas.



La eficiencia en la toma de decisiones tanto políticas como económicas retrasó el desarrollo político, prueba de ello es que la sociedad no participaba y la representación de la misma era insuficiente en el partido, en las décadas de 1950 a 1970 el PRI se convirtió en el partido principal en la competencia política, a pesar de las leyes electorales que regularon la existencia de partidos opositores, éstas no permitieron su agrupación, la recolección de fondos y sus candidatos fueron en muchas ocasiones hostigados hasta hacerlos desistir de competir. La hegemonía del PRI derivó, además de lo anterior, de la debilidad de sus opositores y por ende en la falta de contendientes efectivos[5]


A partir de 1979 los partidos minoritarios rebasaron, en conjunto, el 25 por ciento de los miembros en la Cámara de Diputados. A partir de ese momento la oposición creció sostenidamente hasta que en 1997 el partido del presidente se quedó sin mayoría relativa. En el plano local en la década de 1980 diversas organizaciones en el norte y en el occidente del país comenzaron a ganar municipios y algunas gubernaturas. Estos hechos colocaron dentro del sistema, de manera marginal a diversos actores políticos con los cuales el presidente debió negociar, cambiando de alguna manera la toma de decisiones, por lo menos las referentes a esa parte del país.




[3] Cosío Villegas, Daniel, El Sistema Político Mexicano, México, Joaquín Mortíz, 1979, Páginas 22- 30


[4] Carpizo, Jorge, El Presidencialismo Mexicano, México, Siglo XXI, 1989


[5]Peschard, Jaqueline. “El PRI: partido hegemónico”, en Corona Carmen (ed.), El partido en el poder, México: El día- Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, 1990.

El contexto de negociación que enfrentó el presidente con la composición de la Cámara federal a partir de 1997, permitió a otros partidos la inclusión de algunas de sus políticas en la agenda legislativa, a su vez, los líderes parlamentarios y los gobernadores de otro partido distinto al del presidente se convirtieron en actores capaces de modificar parcial o totalmente e incluso disminuir el número de iniciativas presentadas por el presidente Zedillo. [6]


Con la elección del 2000 y la llegada del PAN a la presidencia, se dispersan aún más los controles que poseía el ejecutivo en los muchos ámbitos de decisión entre diversos actores, en particular los gobernadores. También diversos factores coyunturales permitieron este fenómeno entre ellos, la elección intermedia de 2003, la negociación de la reforma fiscal en ese mismo año, o la sucesión presidencial de 2006, incluso el reposicionamiento del PRI en la elección intermedia de 2009, se explica gracias a la capacidad de veto de los gobernadores de ese partido en sus estados y con las dirigencias para posicionar a sus allegados.


A pesar de lo anterior cabría preguntarse si este estado de cosas, ¿es el que debería existir en un Estado federal como el nuestro? o ¿realmente es necesario un poder central sin límites?


Los líderes parlamentarios fortalecidos, las dirigencias partidistas con agenda propia o los gobernadores empoderados de sus estados demuestran que esta dispersión del otrora poder omnímodo de la presidencia, ha fortalecido diversas prácticas democráticas y ha permitido una mayor crítica hacia las instituciones, sin embargo corremos el riesgo de un cierto obstruccionismo en las demandas que se hagan al régimen.



Sin embargo la creación de instrumentos que aceleren el proceso de toma de decisiones, y que anulen a la oposición a cambio de prestigio, posiciones y prebendas, a pesar de su efectividad serán cuestionables en cuanto a su legalidad y representatividad de la sociedad, cualidades que mantuvo el presidencialismo mexicano del siglo XX y las cuales afectaron el avance democrático del país.



[6] Al respecto se pueden consultar los trabajos de Nacif “El fin de la presidencia dominante: La confección de leyes en un gobierno dividido” en José Luis Méndez (coord.) Los Grandes problemas de México. XIII Políticas Públicas, México, El Colegio de México, 2010 y ¿Qué hay de malo con la parálisis? Democracia y gobierno dividido en México, México, Documentos de trabajo del CIDE, núm. 183, 2006.

Bibliografía

  • Carpizo, Jorge, El Presidencialismo Mexicano, México, Siglo XXI, 1989.

  • Cosío Villegas Daniel, El sistema Político Mexicano, México, Joaquín Mortiz, 1974.

  • Peschard, Jaqueline. “El PRI: partido hegemónico”, en Corona Carmen (ed.), El partido en el poder, México: El día- Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, 1990.

Hemerografía

  • Meyer, Lorenzo, “El presidencialismo mexicano en busca del justo medio” en Istor, CIDE, México, núm. 3, 2000.

  • _______, “Daniel Cosío Villegas” en Letras libres, Vuelta, México, núm. 29, 2001.

  • _______, “Las presidencias fuertes. El caso de la mexicana” en Revista del Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, núm. 13, 1992

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