• Javier Cadena Cárdenas

La muerte: ese sentido de la vida



“Cuanto vive /

Por fuerza ha de morir”

William Shakespeare


Saber qué es la muerte y cómo prepararse para acogerla, son aspectos que bien podría encomendarse dilucidar el ser humano a lo largo de su existencia. Bajo este supuesto, entonces, resulta relevante responder el siguiente cuestionamiento: ¿Qué es la muerte? La definición más sencilla es la que otorga el diccionario: “Cesación definitiva de la vida” (1). Definición que necesariamente remite a otra interrogante: ¿Qué es la vida? El mismo diccionario dice: “Resultado del juego de los órganos, que concurre al desarrollo y la conservación del sujeto” (2).


Portada: El triunfo de la Muerte, de Pieter Bruegel el Viejo

(1) “Pequeño Larousse Ilustrado”. Edición 1982, página 705.

(2) Ídem, página 1062.


Entonces, por deducción, se puede decir que la muerte ocurre cuando los órganos dejan de jugar y, por ende, ya no hay desarrollo ni conservación del ser humano. Así de sencillo, o al menos así lo parece en un inicio. Otras interpretaciones van más allá. Por ejemplo, Pascal Bruckner escribe:


“Pues en cierto modo hay tres muertes: la desaparición física propiamente dicha; la muerte en vida de los que viven en pecado, es decir, en desunión con Dios, en luto espiritual (en algunas iglesias bretonas, el Infierno está representado como un lugar frío, helado, el lugar de la desesperación); y, finalmente, la muerte como liberación y tránsito de los justos” (3).

(3) Bruckner, Pascal. “La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz”, Tusquets Editores, Primera edición, 2001, página 27.


Para otros, esta posible o real existencia de muerte en vida abarca más que las simples y, a la vez, complicadas convivencias con el pecado. Mircea Eliade, por ejemplo, al comentar el Fausto de Goethe recuerda que


“Mefistófeles no se opone directamente a Dios, sino a la vida, su principal creación. En lugar de movimiento y de la vida, se esfuerza por imponer el reposo, la inmovilidad, la muerte. Porque lo que cesa de cambiar se descompone y perece. Esta muerte en vida se traduce por la esterilidad espiritual; es, en definitiva, la condenación. Quien ha dejado perecer en lo más profundo de sí mismo las raíces de la vida, cae bajo la potencia del espíritu negador. El crimen contra la vida, deja entender Goethe, supone un crimen contra la salvación” (4).

(4) Eliade, Mircea. “Mefistófeles y el andrógino”, Ediciones Guadarrama, Edición de 1969, página 100.



En otros aspectos, la muerte en vida llega a la muerte civil, cuando un individuo pierde sus derechos como ciudadano; o a la muerte política, cuando un individuo pierde la posibilidad de sobrevivir o crecer dentro de ese ámbito de acción; o al deseo de no vivir más producto de, sobre todo, engaños y/o desengaños amorosos, o como quien dice, de amor también se muere.


El mismo Eliade documenta aquella muerte iniciática que, valga la paradoja, vive cierto ser humano en su tránsito a convertirse en chaman, y que a través de una resurrección mística le permite tener la luz suficiente para ver lo que el ser humano común no ve. Dice que esta muerte iniciática, al igual que su contraparte dialéctica –la resurrección iniciática-


“representan un proceso religioso mediante el cual el iniciado se convierte en otro, siguiendo el modelo que revelaron los dioses o los ancestros míticos. En otras palabras, uno se convierte en un verdadero hombre en la medida en que se asemeja a un ser sobrehumano” (5).

(5) Eliade, Mircea. “La...”.- Op. Cit., página 72.


Estudia, a su vez, el destello de luz que de manera imprevista se le aparece al ser humano elegido para encontrar a Dios, y que después de ese instante se convierte un ser renacido o vuelto a nacer, con la verdad divina en sí mismo. Pero ese estudio invariable y dialécticamente lleva a su contraparte al afirmar que la luz aparece en el instante de la muerte física.


Existen escépticos como Carlos Fuentes quien afirmó que


“nunca sabemos lo que es” (6);

(6) Fuentes, Carlos. “En esto creo”, Editorial Seix Barral, Primera edición, 2002, página 163.



o Fernando Savater quien escribe que


“sabemos cuándo alguien está muerto pero ignoramos qué es morirse visto desde dentro. Creo saber más o menos lo que es morirse, pero no lo que es morirme” (7).

(7) Savater, Fernando. “Las preguntas de la vida”, Editorial Ariel, Primera edición, 1999, páginas 36 – 37.



Además, este filósofo español dice que de la muerte se conocen pocas cosas: Que es necesaria, en el sentido de que lo necesario es aquello que no cesa o cede; que es absolutamente personal, no transferible; que es solitaria, igualitaria e inminente; que siempre existe la posibilidad de que suceda, aunque se esté en un medio poco probable para ello. Pero comenta que el tener conocimiento de estos aspectos, que por cierto se explican por sí mismos, no le provoca al ser humano saber qué es la muerte. Escribe:


“En el fondo, la muerte sigue siendo lo más desconocido” (8).

(8) Ídem, página 36.


Este desconocimiento o no conocimiento de un hecho natural, ha orillado al ser humano a hacerse preguntas y a buscar respuestas. Como en el caso concreto de la muerte las respuestas han sido difíciles de encontrar, o al menos no han sido satisfactorias por completo, se han dado entonces explicaciones que apelan más a la fe que al conocimiento o a la razón, a la religión más que a la ciencia, a lo sobrenatural más que a lo terrenal.


Savater dice que


“a través de los siglos ha habido sobre la muerte muchas leyendas, muchas promesas y amenazas, muchos cotilleos. Relatos muy antiguos –tan antiguos verosímilmente como la especie humana, es decir, como esos animales que se hicieron humanos al comenzar a preguntarse por la muerte- y que forman la base universal de las religiones. Bien mirado, todos los dioses del santoral antropológico son dioses de la muerte, dioses que se ocupan del significado de la muerte, dioses que reparten premios, castigos o reencarnación, dioses que guardan la llave de la vida eterna frente a los mortales. Ante todo, los dioses son inmortales: nunca mueren y cuando juegan a morirse luego resucitan o se convierten en otra cosa, pasan por una metamorfosis. En todas partes y en todos los tiempos la religión ha servido para dar sentido a la muerte. Si la muerte no existiese, no habría dioses: mejor dicho, los dioses seríamos nosotros, los humanos mortales, y viviríamos en el ateísmo divinamente” (9).

(9) Ídem, página 37.


El Juicio Final, de Jan van Eyck


Las explicaciones religiosas de la muerte, en donde predomina la promesa al ser humano de una vida más allá de la vida, no han sido capaces, y a lo mejor nunca han tenido esa intención, de declarar la muerte de alguno de sus dioses, ni en el más allá ni en el más acá. Los dioses son inmortales en la muerte, y es que no mueren porque en realidad no viven, o no mueren porque son eternos, como Alá para los musulmanes, por ejemplo. Así, la excepción podría ser Jesús, el hijo de Dios que se volvió humano –encarnó- y murió para la salvación del ser humano y resucitó al tercer día para ir a la diestra de Dios padre y ahí esperar al ser humano a fin de vivir juntos la eternidad en plena gloria.


Para las religiones, los dioses son inmortales, aunque el ser humano ha acuñado expresiones que declaran la muerte o la no existencia de los dioses. A nivel filosófico está Nietzsche y su “Dios ha muerto”; y en México, en 1836, el liberal Ignacio Ramírez, El Nigromante, al ingresar a la Academia de Letrán, con 19 años de edad, se atrevió a decir que “No hay dios”, lo que causó revuelo, aunque no tanto como el provocado un siglo después, en 1948, cuando el pintor Diego Rivera tuvo la osadía de escribirlo en su mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, y entonces la sociedad conservadora lo obligó a borrar la frase.


Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central de Diego Rivera



En contraposición a los dioses, el ser humano es mortal en la vida. Muere porque vive. Entonces, la ciencia se ha orientado a ganarle vida a la muerte, a tratar de vencer a la muerte a través de conservar la vida. Para la ciencia la vida es lo importante, no la muerte. Las comodidades que trae el adelanto tecnológico y el descubrimiento de medicamentos que previenen y curan enfermedades, que dan salud y más tiempo de vida al ser humano, pareciera que tienden a fracturar esa dualidad que forman la vida y la muerte, y a orientar caminos separados entre ellas. Pero ello no es así. La existencia de esta dualidad la consolida momento a momento la posibilidad que tiene la muerte de truncar la vida del ser humano, de cualquiera y de todo ser humano, en el instante menos esperado, sin importar edad, sexo, raza, situación económica, religión, escolaridad, orientación política, ubicación geográfica o nacionalidad.


Esta posibilidad de hacerse presente en cualquier momento en todo ser humano, hace que la igualdad sea una de las características de la muerte. La diferencia es el cómo se presenta, el cómo sucede; la igualdad es que tarde o temprano se presenta, sucede. Esta posibilidad de que llegue, además, el ser humano la vive de manera cotidiana a través de la violencia, de las catástrofes naturales y de la pobreza. Entonces, se da eso que Héctor L. Zarauz López escribe sobre los mexicanos en general y de una de las aristas de su relación con la muerte:


“Vive la vida como esperándola (a la muerte), pues de hecho vive una muerte diaria, tenue, la muerte a pedacitos que es la pobreza” (10).

(10) Zarauz López, Héctor L. “La fiesta de la muerte”, Editorial Conaculta, Primera edición, 2004, página 16.



Este esperarla no implica necesariamente que no traten de evitarla o, al menos, de atrasar su arribo. A los mexicanos, como todos los seres humanos, les encantaría encontrar la eterna juventud, estadio del reloj biológico que, al menos en intención, podría implicar salud, fortaleza, belleza, calidad de vida y ausencia de muerte. Eterna juventud que los adelantos científicos en cierta medida han proporcionado pero que, a decir verdad, no ha significado que la vida haya vencido a la muerte.


Así, B. Traven con su personaje Macario refleja de manera puntual el valor y reconocimiento que los mexicanos le tienen a la muerte, a la medicina como proveedora de salud, y a la vida misma. De entrada, Macario y su familia viven en carne propia esa pobreza que no los abandona a pesar de jornadas extenuantes de trabajo, si no que al contrario, los va matando día a día. Escribe:


“Siempre se sentía próximo a morir de hambre. Pese a lo cual, todos los días del año, sin descontar los domingos y días festivos, tenía que dejar su hogar antes de que amaneciera para ir al bosque, del que regresaba al anochecer con una carga de leña a la espalda. Aquella carga, que representaba todo un día de trabajo, la vendía por dos reales… y a veces por menos” (11).

(11) Traven, B. “Macario”, Editorial Selector, Primera edición, quincuagésima reimpresión, 2000, páginas 1 - 2.




Esta pobreza materializada, entre otros aspectos, en la escasa comida –frijoles, chile, tortillas y agua de limón- le provocaba una ilusión: Comerse él solo un guajolote, sin compartirlo. Más allá de descripciones desgarradoras y sentimentalismos literarios, B. Traven, expone la sabiduría que la escuela de la vida proporciona al ser humano para distinguir y escoger lo que de momento le puede convenir.


Cuando recibe de su esposa un guajolote como regalo por su santo y está a punto de comérselo, se le aparecen uno a uno el Demonio, Nuestro Señor y la Muerte, en ese orden, pidiéndole que lo comparta con ellos, Macario sólo acepta hacerlo con esta última, y dice por qué. Respecto al Demonio comenta que


“claramente se veía que era rico, pues ostentaba tanto dinero, que hasta lo llevaba cosido en los pantalones por fuera. Así, pues, si hubiera querido, habría podido comprar no un pavo, sino media docena de pavos asados y dos puercos al horno en la primera posada del camino. Por eso no le hacía falta ni una pierna ni un solo alón de mi pavo” (12).

(12) Ídem, página 47.



Sobre Nuestro Señor dice que


“sentí mucho tener que negarle un pedacito, porque fácilmente se veía que tenía mucha hambre y necesitaba con urgencia algún alimento. Pero ¿quién soy yo, pobre pecador, para honrarme dando a Nuestro Señor un trocito de mi pavo asado? Su padre posee todo el mundo y es dueño de todas las aves, porque él lo hace todo, y puede dar a su hijo cuantos pavos desee. Además, Nuestro Señor, capaz de alimentar con dos peces y cinco piezas de pan a cinco mil personas hambrientas, en una sola tarde, satisfaciendo su hambre y quedándole además una docena de sacos llenos de migas y sobras, bien puede con una delicada hojita de pasto alimentarse si realmente tiene hambre. Por ello habría yo considerado un gran pecado darle una pierna de mi pavo” (13).

(13) Ídem, páginas 47 – 48.



Y a pregunta expresa de por qué a la Muerte sí le compartió su pavo, Macario respondió:


“En cuanto le vi comprendí que no me quedaba tiempo de comer ni una sola pierna y que tendría que abandonar el pavo entero. Cuando usted aparece ya no da tiempo de nada. Así, pues, pensé: Mientras él coma, comeré yo, y por eso partí el pavo en dos” (14).

(14) Ídem, página 51.



Entonces, cuando la muerte se aparece no hay poder humano que la detenga, sólo la voluntad de la misma muerte. Macario, por obra y gracia de la muerte, se convierte en médico que salva vidas, siempre y cuando la muerte quiera, y este poder de regresar la salud al ser humano le da poder y riqueza, aunque todo sea en un sueño. Macario soñó que le ganaba vida a la muerte a través de proveer salud, pero lo hizo ya estando muerto. Es decir: Soñó estando muerto.


Sueño-muerte, es otra dualidad presente a lo largo de la historia del ser humano. Carlos Fuentes, por ejemplo, dijo que el sueño es

“un gemelo de la muerte” (15).

(15) Fuentes, Carlos. “La muerte de Artemio Cruz”, Editorial Fondo de Cultura Económica, Tercera edición, 1967, página 67.



Para otros, la muerte es un sueño del que en algún momento se despertará. Benedict Hughes trae a la memoria lo que San Agustín escribió:


“La muerte no es muerte para nosotros, sino sólo un sueño; a los que llamamos muertos, guardan vigilia hasta su resurrección” (16).

(16) Hughes, Benedict. “¿La cremación? No es para católicos”, en: cari.org/span


Mircea Eliade no olvida a los griegos y dice que en su mitología, el sueño y la muerte, representados por Hypnos y Thanatos, eran hermanos gemelos. El mismo autor escribe que


“los cristianos han aceptado y elaborado la equiparación muerte–sueño: in pace bene dormit, dormit in somno pacis, in pace somni, in pace Domini dormias, figuran entre las fórmulas más populares de la epigrafía funeraria” (17).

(17) Eliade, Mircea. “Mito y realidad”, Editorial Labor, Sexta edición, 1985, página 134.



Sueño y su hermanastro Muerte, de John William Waterhouse



Además, hay que recordar que el concepto cementerio, de origen cristiano, proviene de la palabra griega koimeteron que significa dormitorio. Por ello a los católicos les cuestó mucho trabajo aceptar la cremación o la acuamación argumentando que a la hora de que el alma se despierte del sueño de la muerte, si el cuerpo está hecho cenizas o desintegrado, no tendrá en dónde depositarse de nuevo.


Pero antes de ser sometido a la inhumación, la incineración o la acuamación, al cuerpo hay que declararlo científicamente muerto, sin vida. El filósofo Fernando Savater se pregunta cuándo se está muerto y se responde que


“el límite que se distingue entre la vida y la muerte se desplazó poco a poco a lo largo de los siglos. Hoy se recuperan personas que hace cien o doscientos años estaban clínicamente desahuciados. Los avances tecnológicos nos permiten sorprendentes posibilidades de reactivación del corazón, del cerebro y, en definitiva, de la vida” (18).

(18) Savater, Fernando. “Los diez mandamientos en el siglo XXI”, Editorial Sudamericana, Primera edición, 1994, páginas 91 – 92.



No obstante este desplazamiento y de los avances científicos, existe la práctica popular de cómo saber si un ser humano ya se murió o no. José Agustín escribe:


“Me di cuenta que había muerto. Su corazón ya no latía, no tenía pulso” (19).

(19) Agustín, José. “Vida con mi viuda”, Editorial Joaquín Mortiz, Primera edición, 2004, página 15.



Es decir, los órganos de este cuerpo ya no jugaban más. Entonces, cabe preguntar, ¿esto es todo?, ¿así nada más se determina que un ser humano ha muerto? Los mexicanos todavía recuerdan al actor Joaquín Pardavé quien, según dice el rumor popular, fue enterrado vivo porque lo creyeron muerto. Su corazón había dejado de latir y ya no tenía pulso. O, al menos, no los detectaron los médicos. Con el tiempo el cuerpo fue exhumado y descubrieron, por un lado, que este se había movido; y, por otro, la existencia de raspaduras en el féretro que hacen suponer que el actor desesperado por verse encerrado lo golpeó y rasguñó la tela y la madera. ¿Qué pasó? ¿Estaba muerto? ¿Falló el dictamen médico? ¿Es difícil determinar sin equivocarse que un ser humano murió? De Pardavé dijeron que sufrió un ataque de catalepsia, y que por ello lo habían dado por muerto. Así de simple fue la explicación. Pero, ¿así de simple es definir la muerte?


En México, la Ley General de Salud, en su artículo 343, establece que


“la pérdida de vida ocurre cuando se presentan la muerte encefálica o el para cardiaco irreversible. La muerte encefálica se determina cuando se verifican los siguientes signos: 1.- Ausencia completa y permanente de conciencia; 2.- Ausencia permanente de respiración espontánea, y 3.- Ausencia de los reflejos del tallo cerebral, manifestado por arreflexia pupilar, ausencia de movimientos oculares en pruebas vestibulares y ausencia de respuesta a estímulos nocioceptivos” (20).

(20) Secretaría de Salud. “Ley General del Salud”, en:

https://mexico.justia.com/federales/leyes/ley-general-de-salud/titulo-decimo-cuarto/capitulo-iv/



En este mismo artículo estipula que


“se deberá descartar que dichos signos sean producto de intoxicación aguda por narcóticos, sedantes, barbitúricos o sustancias neurotrópicas” (21).

(21) Ídem.



Y en su artículo 344 dice que


“los signos clínicos de la muerte encefálica deberán corroborarse por cualquiera de las siguientes pruebas: 1.- Electroencefalograma que demuestre ausencia total de actividad eléctrica, corroborado por un médico especialista; 2.- Cualquier otro estudio de gabinete que demuestre en forma documental la ausencia permanente de flujo encefálico arterial” (22).

(22) Ídem.


La muerte, lo dice el diccionario, es que los órganos del cuerpo dejen de jugar. A la muerte, entonces, el ser humano la lleva dentro de sí, en su propio cuerpo, en sus propios órganos. El ser humano llega a la vida con la muerte incrustada a su ser, y el progresivo desarrollo y crecimiento del cuerpo también es el progresivo desgaste del mismo cuerpo, de sus órganos. El médico Alfredo Rubio afirma que


“la muerte no es la sino que la muerte somos nosotros… Somos pura capacidad de muerte. Esta potencia de morir la vamos convirtiendo, paulatinamente (¿o aceleradamente?) en acto. Es nuestro progresivo envejecimiento” (23).

(23) Rubio, Alfredo. “La muerte no es ‘la’ sino ‘nos’”, en: ua-ambit.org/muerte



Con ello, se puede afirmar que la representación externa que el ser humano hace de la muerte, no deja de ser eso, un algo extrínseco. La muerte, por su parte, es un hecho endógeno, interno del cuerpo del ser humano. El doctor Rubio lo explica:


“El microbio que atenta, o el tráiler que nos abre la cabeza, o el arma que nos atraviese los hígados, no son más que los detonantes que hacen explotar la muerte que llevamos en nuestras propias entrañas, que somos nosotros mismos. Estas cosas nos provocan nuestra muerte; no son la muerte. De nada serviría acuchillar a un ángel inmortal. La muerte no está, pues, en la hoja de acero sino en la vida palpitante que esta navaja desgarra” (24).

(24) Ídem.



Las Edades y la Muerte, de Hans Baldung



Este sucumbir de lo interno ante el embate de lo externo, representa uno de los hechos más violentos de la vida del ser humano. Para Carlos Marx la violencia es la partera de la historia y para Georges Bataille no hay nada más violento que la muerte, que esa desaparición física del ser humano en lo individual, del ser discontinuo, único, diferente a los demás, a todos. También este autor considera al erotismo como un hecho violento –de violación- por antonomasia. Bataille clarifica la vinculación existente entre muerte y erotismo en el ser humano; y es que según Federico Campbell este escritor francés


“reparó en un detalle revelador: los cazadores que aparecen en las vasijas de la Grecia antigua tienen erección cuando cazan. Al matar se excitan. Y se les para” (25).

(25) Campbell, Federico. “El placer de matar”, Revista ‘Milenio Semanal’, número 376, 29 de noviembre de 2004, página 82.



Asimismo, Bataille hace la distinción del ser humano respecto a su antecesor y a los otros seres vivos, en donde el primero se diferencia de los segundos por su capacidad de trabajo, por su raciocinio hacia la muerte y por ver a la actividad sexual más allá de un hecho reproductor y de cuidado de los hijos, por convertir a la actividad sexual en erotismo. Pero el mundo del trabajo –en donde el ser humano necesita paz, tranquilidad y todas sus fuerzas y capacidades- es un universo en donde no tienen cabida la muerte ni el erotismo –actividad del ser humano que al realizarla se gastan muchas energías que luego serán necesarias para el trabajo-, por lo que entonces nace la prohibición, misma que llega a su máxima expresión en los mandamientos de no matar y de no cometer adulterio dados a conocer al ser humano por Moisés. Con esta prohibición se trata de erradicar a la violencia; y también con ella nace su contraparte: La transgresión.


Aunque a decir verdad, la relación prohibición–transgresión dentro de la cultura occidental se origina mucho antes con un hecho mitológico-religioso referente al primer ser humano de sexo masculino y al primer ser humano de sexo femenino. Se crea en el momento en que Adán y Eva desobedecen –transgreden- la prohibición de Dios de que probaran el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. José Saramago pone en voz de un Jesús de trece años un pensamiento sobre el castigo al pecado o delito -transgresión de una regla- y la herencia del mismo:


“Creo que es legítimo pensar que el delito del padre, incluso siendo castigado, no queda extinto con el castigo y forma parte de la herencia que transmite al hijo, como los vivos de hoy heredamos la culpa de Adán y Eva, nuestros primeros padres” (26).

(26) Saramago, José. “El evangelio según Jesucristo”, Editorial Alfaguara, Primer edición, 1998, página 240.



Pero ya en términos terrenales, resulta válido afirmar que todo ser humano sabe que no hay nada que provoque mayor placer que hacer lo prohibido. Entonces, si el matar y el erotismo están en esa categoría, no hay nada más excitante que el realizarlos, no hay nada mejor que la sensación de gusto, de ansiedad, de temor, que la adrenalina produce en esos momentos. Aunque en ocasiones sean considerados como conductas patológicas y causen resquemores, rechazos y condenas por parte del mundo del trabajo, del mundo normal.


La mort de Sardanápalo de Eugène Delacroix