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  • Silvestre Cortés Guzmán

Docencia pasión por la enseñanza, o enseñanza de vida.

El arte supremo del docente consiste en despertar

el goce de la expresión creativa y del conocimiento.

Albert Einstein (físico, 1879-1955)



Uno de los temas recurrentes en los marcos académicos y de investigación educativa actual es el de la profesionalización del docente y su impacto tanto institucional como societal. Problemática que se encuentra íntimamente ligada a la mejora de la calidad de la educación pretendida en las numerosas reformas ocurridas, tanto en el plano local como internacional.



Constituye una preocupación constante, habida cuenta, de la relación entre la innovación educativa y la preparación y actitud coherente del docente para llevarla a cabo. De inicio, se parte de considerar a la docencia en una doble dimensión, como profesión y como forma de vida; ergo, la docencia, como enseñanza permanente empero dinámica, como actividad fundacional de la existencia humana que le da significado, sirve como caldo de cultivo de todas las profesiones y amplia y complejiza su interacción con el entorno.


En el desarrollo de las denominadas ciencias de la educación, el estudio e investigación del fenómeno educativo ha centrado la atención ya en el papel del docente, ya en el discente, ya en los contenidos educativos, planes y programas o bien en los cursos de acción de carácter institucional o bien estatal. En consecuencia el docente migró; de ser la piedra angular de la sabiduría a convertirse en el guía y facilitador, o en el alarmante extremo que prima en este primer tercio del siglo XXI, como el organizador de la experiencia educativa; experiencia educativa que no requiere de conocimiento, todo ya está cargado en el software; el manual, la película, la presentación, el examen, las actividades, los libros, o bien en las síntesis que se difunden profusamente en los medios.


Como se puede constatar, las preocupaciones inherentes al trabajo docente conllevan a dar cuenta entre otros cuestionamientos a los siguientes: ¿Qué es una profesión? ¿Cuáles son los rasgos diferenciales de la misma? ¿En qué medida podemos afirmar que el profesorado cumple los requisitos convencionales de las profesiones? Aunque hay un acuerdo generalizado acerca de la necesidad de mejorar el status profesional de la enseñanza, no hay coincidencia en la forma de conseguirlo. Por ende, se destaca la importancia de la práctica docente como un proceso de desarrollo personal y profesional.


El análisis de las profesiones como tales debe su empuje a los estudios de la Sociología de las profesiones que destacaron la importancia de considerar las ca­racterísticas de las mismas desde sus perspectivas política, social e histórica, ade­más de la propiamente específica o científica de su ámbito de conocimiento.


La primera consideración que cabe hacer es que toda profesión es trabajo, pero no a la inversa, de manera que este concepto parece estar restringido a algunas modalidades concretas, vinculadas al fenómeno de la división del trabajo y al de la especialización, que se prestaban bien a la organización gremial o corporativa. A saber, las profesiones no son un producto de las sociedades avanzadas.


Más bien contienen algunos elementos anacrónicos que son restos de su origen religioso y de las organizaciones gremiales de la Edad Media, a los que se añade lo que es propio de la época actual: su expansión, su desmem­bración y la pérdida de algunos rasgos tradicionales.



En cierto sentido, lo profesio­nal es sinónimo de imparcialidad, de ausencia de arbitrariedad, de responsabilidad frente al amateur, de calidad en el servicio, de entrega generosa, de esmero en el modo de realizar el trabajo, de competencia. No faltan, sin embargo, quienes ven a las profesiones como una forma encubierta de autoritarismo, reductos de un pasa­do en retroceso en las que anidan el elitismo, el privilegio y el monopolio.


En sus orígenes, el concepto estaba relacionado con la profesión clerical. En la concepción clásica de Spencer o Dürkheim, las instituciones profesionales nacen de ciertas funciones sagradas que en principio fueron asumidas por los sacerdo­tes y que van sufriendo una diferenciación progresiva y una creciente compleji­dad.


Antes del siglo XVI ser profesional era hacerse religioso, comprometerse con una orden monacal, sometiéndose a las normas a través de los votos de obedien­cia, pobreza y castidad. Como dice Wanjiru


“ser profesional, cuando se empezó a utilizar el término, significaba haber hecho un voto explícito o implícito de guar­dar ciertas normas en comunidad con otras personas, igualmente dedicados y pro­fesados. En eso residía la dignidad y el honor de ser profesional” (1995, p. 162).

Después de un amplio recorrer histórico, es factible constatar que el proceso de profesionalización es un fenómeno dinámico que expresa el tránsito de ciertas ocupaciones a una creciente profesionalización, por imitación de ciertas características de las profesiones ya establecidas.


Es la secuen­cia temporal que siguen las distintas ocupaciones para tratar de adecuarse al tipo ideal de profesión liberal que toman como modelo de referencia las profesiones más recientes, las que podríamos considerar semiprofesiones, o simplemente, las distintas ocupaciones que aspiran a serlo. En ese tránsito se van consolidando unas etapas: la dedicación plena a una actividad, la posesión de unos conoci­mientos de rango superior, la constitución de una asociación profesional y otros que, como veremos, caracterizan el modelo clásico de profesión liberal.


En virtud de lo anterior, es factible afirmar que, el concepto “profesión” está socialmente construido, ni es neutro ni estric­tamente científico; es en cada momento, el resultado de un proceso histórico social en cuyo seno, las dimensiones: social, cultural e ideológica reclaman para sí una consideración especial, como condicionantes socio-históricas del fenómeno. Por tanto, parece razonable pensar que la profesión no consiste tanto en una lista precisa de rasgos que cumple un trabajo de forma fija e inmutable, sino un proceso continuo de búsqueda y perfeccionamiento para el logro de una serie de objetivos (Imbernón, 1994).


Una profesión en principio es una ocupación social, mediante la cual uno se puede ganar la vida. Teniendo en cuenta que el dinamismo de los tiempos hace variar el concepto de profesionalidad y que ésta no se puede vincular con la exclusiva tradición de las profesiones liberales, una definición que utilizaremos en adelante es la siguiente:


"profesión, es aquel con­junto de actividades específicas que, fundamentadas en conocimientos científicos y técnicos, se aplica a la resolución de problemas sociales” (García Carrasco, 1988, p. 622).

Empero, toda vez que no es seguro que la historia camine progresivamente hacia el cumplimiento de los requisitos ideales de las profesiones clásicas, quizás tenga más sentido plantearse la profesión como un proceso cultural de mejora perma­nente, que, en el caso del profesorado, puede influir en la calidad de la enseñan­za y en el propio auto concepto, imperativo, cada vez más necesario en una sociedad en cambio.



Por lo tanto, trabajar por mejorar la profesión, no significa necesaria­mente defender la ideología del profesionalismo, al menos en sus versiones clasistas de la sociedad. Más bien, como señala Imbernón (1994, p. 20), la profesión docente ha de significar el compromiso con una forma de trabajo en los espacios educativos basada en la reflexión, en la investigación, en la innovación en torno a los problemas de la práctica que la mejoren y que vaya dando paso a una nueva cultura profesional construida desde el trabajo en equipo y orientada hacia un mejor servicio a la sociedad. Todo ello reclama cambios en la concepción de la figura del profesor que son a los que nos queremos referir cuando empleamos la expresión profesionalización docente.


Lo que distingue a los profesionales de la docencia es su competencia y constante habilitación en funciones pedagógicas, que son actividades específicas basadas en el dominio de aquel conocimiento autónomo de la educación que permite gene­rar decisiones pedagógicas, y cuyo concurso es necesario para satisfacer la deman­da social de calidad en la educación. En este tenor, es posible identificar al menos cuatro tipos de funciones pedagógicas distintas, en función del crecimiento del sistema escolar y del conocimiento del fenómeno educativo:


- Funciones de docencia.

- Funciones de apoyo al sistema educativo.

- Funciones de investigación.

- Funciones de difusión y extensión.


En la experiencia individual, considero que la docencia es en esencia enseñanza, la cual se construye socialmente, empero corre paralelamente por dos rieles los cuales en principio son considerados excluyentes, empero llegan a la misma meta y coadyuvan al desarrollo tanto individual como colectivo. La primera vía se construye en la cotidianeidad y se nutre de fuentes muy diversas provenientes de los órdenes religioso, moral, ético, y cultural. En tanto que la segunda adquiere carta de naturalización a la luz de las diferentes formas de organización política, y es controlada a partir de las políticas de Estado.


Así, la docencia a diferencia de las profesiones liberales es cooptada en principio por el estado, empero, sin dejar de moverse en los vértices de lo público y lo privado. En ambos casos el marco de desarrollo de la profesión se lleva a cabo de manera institucional, con la particularidad de que, el profesional de la docencia responde en adelante, a principios y funciones enmarcadas en los proyectos de desarrollo de las Estados nación.


En las versiones antitéticas entorno a las funciones de las instituciones educativas tenemos aquellas que la consideran como “la preparación de las generaciones jóvenes para la vida adulta” (funcionalismo) y las que la consideran como el motor de cambio social (marxismo) amén de los procesos de socialización del andamiaje gnoseológico que corresponde al espíritu de la época y nos permite actualizar las pretensiones democráticas típicas de siglo XXI. Cualquiera sea el punto de partida sea, conceptual o ideológico, el docente construye los cimientos sobre los cuales todas la profesiones se desarrollaran, lo cual no quiere decir que se considere al docente como un todólogo, sino por el contrario que cumple diferentes funciones, todas ellas de carácter profesionalizante, empero, determinadas por las políticas educativas y los diferentes niveles del sistema educativo, verbigracia, Preescolar, primaria, secundaria, bachillerato, licenciatura, y posgrados.



En el caso de la universidad y particularmente de la universidad pública, la cual goza de cierta libertad de catedra, el docente cuenta con una pléyade de técnicas y estrategias de enseñanza ad hoc, con el nivel educativo y el área de conocimiento, mediante las cuales se da rienda suelta a una innovación y la heurística. En ese ánimo de manera paulatina empero constante se han incluido técnicas como el ABC, ABP, Visioning, Mapping, Work Shop, y demás propias del pensamiento crítico. Adicionalmente, se incorporan analogías, fabulas, metonimias, socio dramas, paleógrafos, Philips 6.6; entre otras, claro está todo ello en concordancia con los contenidos de cada unidad de aprendizaje y unidad temática.


A manera de conclusión señalo que deontológicamente, la Universidad tiene como actividades sustantivas: la investigación, la docencia y la difusión de la cultura, actividades que son instrumentadas de manera diferencial a la sazón de determinantes estructurales y en muchos casos de políticas cuatrienales , las cuales son renovadas en caso de reelección del rector en turno; No obstante estas limitantes, el docente vincula desde su espacio de trabajo, investigación, y docencia como los dos ejes clave de su quehacer cotidiano y de su profesionalización. Conviene señalar en este punto que en muchos casos se involucra una tercer variable al desarrollo profesional como es el caso del posgrado, lo cual redunda significativamente en las dimensiones tanto teórico-formativa como en la dimensión metodológica y de campo.



Bibliografía


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