• Jorge A. González

¿Quién impone las reglas?

Veracruz, ver.

Viernes 29 de Abril 2018


Un día nacemos, crecemos y desde pequeños aprendemos muchas cosas a partir de lo que escuchamos, vemos, hacemos y tratamos de comprender del mundo que nos rodea. Si tenemos la fortuna de nacer dentro del seno de una familia en la que se fomentan los valores, ya es ganancia, pero no es una situación determinante para ser un ejemplo de persona.


Todo está en el niño o el adolescente que esos valores permanezcan o sean pasajeros; el comportamiento humano es influenciable para bien o para mal. Sin duda, cuando se habla de los valores suenan a conceptos viejos, arcaicos; pero como en las construcciones, son los cimientos que sostienen todo el edificio para que permanezca de pie y no colapse.


En estas circunstancias el tiempo y el contexto social en el que se vive es un factor determinante para tomar o dejar esos valores. Hay que tener en cuenta que los valores se adquieren a voluntad, generalmente cuando se comprenden, y cuando no, seguramente se tomarán como sugerencias sin importancia.


Cuando se es adulto existen otros factores que no tienen nada que ver con los valores, pero entonces surge otra palabra: libertad. Según el diccionario libertad significa: la facultad y el derecho de las personas para elegir de manera responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad.


No obstante, al paso de los siglos, grupúsculos sociales, de poder político y religioso impusieron las reglas del juego de las cuales hasta la fecha existen reminiscencias. Estas acciones se han considerado como reglas sociales a las que se deben constreñir todos los individuos que conformamos una sociedad.

Se nos ha impuesto -a lo largo del tiempo- cómo debemos conducirnos dentro de los diferentes círculos, estratos sociales según nuestros ingresos, apariencias y educación. No vamos muy lejos, el racismo y la segregación, cuando las personas de color no podían acceder a ciertos sitios que eran exclusivos para gente blanca.


Hasta la fecha la exclusión existe en todas partes, desde los pobres, los enfermos, las personas con capacidades diferentes, los indígenas, los ancianos, etcétera. Pero si vemos más allá, existe un contraste: ya no son grupos de poder quienes imponen conductas retrógradas, es la misma sociedad tradicionalista en su conjunto quien las impone ahora; acepta o rechaza patrones de conducta.


Y es cuando nos preguntamos, en dónde quedó el sentido estricto del significado de libertad, claro, sin afectar a terceros. Dónde quedó ese derecho de poder decidir sobre nuestro cuerpo, nuestro pensamiento y acciones.


Hay actitudes que ya no son tan rudas como las del pasado, pero son intolerantes y muchas veces lastimosas, más que físicas emocionalmente. Respeto y tolerancia es lo que urge en el tejido social en el que vivimos, nos acostumbramos a vivir, juzgar y decidir sobre la vida de los demás, pero no sobre la nuestra.


Los esquemas sociales aún dominan de cierto modo hasta la fecha, y se ven y se escuchan casi todos los días. Preguntaríamos hoy quién tiene en este mundo la calidad moral para que nos diga cómo vivir y conducirnos en nuestra vida, cuando se está consciente del bien y del mal, del respeto y la tolerancia.

¿Son los políticos? ¿Es la iglesia? ¿Es la corriente de autoayuda? ¿Es la cartomancia? ¿Es la brujería? ¿La ciencia?


Muchas veces hemos escuchado de familiares, amigos y extraños las siguientes preguntas:


¿Tienes novio (a)? ¿Les sentaría bien el matrimonio? ¿Cuándo te vas a casar? ¿Ya para cuando los hijos? ¿O será que no pueden tener hijos? ¿Quién te va a cuidar cuando seas viejo? ¿A quién le vas a dejar lo que tienes?


El comentario más común es: la naturaleza dice que tienes que echar raíces, hacer familia y ser feliz, concepción que no está muy lejana de la religión, procrear por mandato del señor, aunque paradójicamente en el pasado se mataba en nombre del señor.


Hoy, en vez de ir evolucionando como sociedad pensante, parece que vamos de regreso: sociedad en general, asociaciones civiles e instituciones se han metido en esa libertad de pensamiento y de decidir.


La homofobia a las preferencias sexuales contrarias a las que se consideran “convencionales”, el matrimonio igualitario, la adopción entre parejas del mismo sexo, el aborto, la eutanasia, el cambio de sexo, etcétera.


Y entonces nuestra formación comienza con los valores en la niñez, si es que los hay; luego estamos sujetos al qué dirán de la sociedad en su conjunto. Y luego habrá que alinearse con lo que decida un grupo de personas de saco y corbata, que son tan mortales como nosotros, tanto o más pecadores que nosotros, y tanto o más corruptos que nosotros.


Dónde queda nuestra libertad, la buena, la sana, la que no lastima a nadie, la que respeta al otro; hablo de la libertad de ser en este mundo uno mismo. Cuándo el hombre podrá quitarse las ataduras del prejuicio y dejar volar su verdad escénica.


A pesar de que estamos en pleno siglo XXI, donde la tecnología ha avanzado, las armas son más sofisticadas y la medicina es más precisa: la conducta humana está atascada, no está sana del todo.


A la humanidad le hace falta una medicina: asumir su propia libertad responsable, sí responsable con la ley y el orden social, pero también su libertad de pensamiento sobre su cuerpo y alma.


Nos leemos hasta la próxima.

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#Vida #Sociedad

Dirección:

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Colaboran en esta obra, miembros de la comunidad universitaria de la FES Acatlán y de algunas otras facultades de la UNAM; así como miembros de otras instituciones públicas nacionales y extranjeras. Los escritos son propiedad intelectual y responsabilidad de quienes los escriben y los firman.

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