• Javier Cadena Cárdenas

De la Calle


Después de ver esta obra de arte llena de un realismo nada maravilloso ni mágico, sino crudo y rudo, hasta me podría dar vergüenza iniciar mi comentario con una expresión que raya en lo cursi.

Y es que quiero decirles que me siento nervioso y muy contento por estar aquí, en este campus al que ingresé como alumno hace cuatro décadas -43 años, para ser exactos-, como integrante de la primera generación de la licenciatura en sociología.

Tener la oportunidad de estar junto a dos grandes creadores –Marina Stavenhagen y Gerardo Tort- y frente a ustedes, se lo debo a la doctora Elisa Cuevas quien tuvo la osadía de invitarme, y al maestro César Cárdenas, jefe del programa de sociología, quien le hizo segunda.

Gracias Elisa.

Gracias César.

Espero no defraudarlos.

Ni a nadie.

Ahora sí, después de este desliz cursi, entro en materia.

“Wow”, es la expresión que aún hoy a mi edad me sale de lo más profundo de mi ser, cuando recuerdo el momento en que descubrí la calle.

Y de eso hace ya muchos años, más de medio siglo.

Y, ojo, digo “descubrí” y no “conocí” porque obviamente sí sabía de la existencia de un algo al que en mi entorno familiar se le llamaba “la calle”.

Pero durante mi primera década de vida, “la calle” era un lugar por el que simplemente transitaba para ir de la casa a la escuela, y de regreso.

Y siempre acompañado por un adulto.

Nada más.

Y lo poco que veía en ella, en mi inocencia infantil, era superado con facilidad por los ecos que llegaban a la casa de lo que sucedía en el día a día.

Y, la verdad, esos ecos, aunque describían los hechos, éstos eran, ¿por qué no reconocerlo?: romantizados.

Por no decir maquillados o, ya de plano, escondidos.

Vivía en una colonia popular ubicada al norte de la Ciudad de México, y en la calle, según lo que se comentaba en la casa, había “raterillos” –así les decían mis familiares mayores-, pero, acotaban de inmediato: “respetan a los vecinos”.

Había el “teporochito” –así le llamaban-, que vivía de lo que los vecinos le pudiesen o quisieran dar en especie –ropa súper usada y restos de comida-, dormía en la calle a la entrada de la iglesia, y no se metía con nadie y nadie se metía con él.

Y la leyenda contaba que había caído en esa “desgracia” –así la calificaban- debido a que encontró a su esposa en pleno acto amoroso con un compañero de trabajo.

“Eso lo desquició y lo orilló a echar su vida por la borda”, las personas chismosas expresaban con emoción.

Entonces, según esto y para un posible análisis sociológico, al menos en este caso sale triunfador aquello de que uno es uno y su circunstancia, sobresaliendo el uno, claro está.

O sea: el individuo por encima de la sociedad.

También había la mujer que, como se le decía antes, se dedicaba al “oficio más antiguo del mundo”, o sea: una de la calle o una trotacalles.

Existía el homosexual que se dedicaba a vender fayuca, a organizar bailes en la calle, a rezar novenarios, y a vender tarjetas de navidad.

Pero eso sí, también escuchaba: “es bien decente y no se mete con nadie”

Y podría continuar con la descripción de lo que oía que sucedía en la calle.

Y con la amplia gama de personajes.

Y esa idea la tuve hasta que en cuarto de primaria se dio lo que he llamado “conocí la calle”.

Ese año escolar empecé a irme y regresarme solo a la escuela.

Y, la verdad, eso fue la perdición.

Me tardaba una eternidad en hacer el recorrido de la escuela a la casa, y en esas horas caminé mi calle y muchas otras.

Y entonces pude darme cuenta de lo que sucedía ahí.

Y conocí a los “raterillos” que, sea dicho con exactitud, también asaltaban a uno que otro vecino.

Supe que el “teporochito” quiso salir de esa situación en varias ocasiones, pero la sociedad no se lo permitió.

Ya estaba estigmatizado, y, como se podría decir y él padecer: “pues se chingó”.

Y sí, se chingó, hasta que murió en la calle y fue sepultado en una fosa común.

La prostituta hasta tenía como clientes a uno que otro vecino.

Y el homosexual tenía a sus novios y vendía mercancía robada.

Y así por el estilo.

Es decir: la calle es más canija en la realidad de lo que se pueda decir de ella boca a boca.

Y como la realidad se plagia a sí misma, pues las situaciones que suceden en ella, así como los personajes que deambulan por sus dominios, tienden a repetirse y, con ello, se convierten en un patrón identificable y sujeto de un estudio sociológico.

O fuente de una obra literaria, teatral o cinematográfica.

Y de esta situación la calle no se salva.

Y la película que acabamos de ver es muestra de ello.

Escribí “ver” pero iba a poner “disfrutar” pero de repente me agobió este concepto y me asaltó esta pregunta: ¿en verdad se puede disfrutar la desgracia de nuestros semejantes?

Así sea en su representación cinematográfica.

Y es esto lo que nos muestra la película “De la calle”: la desgracia de un gran sector de la población urbana a finales del siglo pasado.

Cuando recibí la invitación a participar en este evento, me dio mucho gusto leer el siguiente párrafo: “Hemos programado una sesión de cine, dirigida a los estudiantes de nuevo ingreso, con una película que aborde temas sociales, que muestren aspectos de la realidad contemporánea de México”.

Y me dio gusto porque cuando yo entré a estudiar la misma carrera que ustedes, aun no estaban muy valoradas las expresiones artísticas como ejemplo de la realidad y como un apoyo indiscutible para los estudios sociológicos.

“Es pura ficción”, se decía y por ello los estudiosos de la sociedad mejor ponderaban los textos considerados serios y científicos, llenos de metodología y de estadísticas y de cuadros comparativos.

En aquellos días saber de cine y de arte en general, te hacía culto, pero no científico social.

Y ello era así a pesar de que, como ustedes lo comprobarán a lo largo de su carrera, estas expresiones culturales son de gran apoyo ya que muchas de ellas reflejan la realidad, transcriben sus momentos clave, registran los cambios que se dan en las costumbres de la población, documentan las relaciones sociales de una comunidad o grupo, registran los símbolos colectivos y los paisajes, entre muchos aspectos valiosos para el investigador, el estudioso y el académico en diversas materias y carreras, en especial de y en la sociología.

Pero en aquellos añejos días se daban situaciones como esta: un compañero quiso estudiar la especialidad en sociología del arte, y no pudo porque no existía esa opción.

Y si no se podía hacer un estudio sociológico del arte, pues mucho menos estaba aceptado hacer o considerar a una obra cinematográfica o literaria como estudio sociológico.

Pero esto es historia, y la que nos convoca hoy aquí es la corta vida de un chavo de nombre “Rufino”, que vive en la Ciudad de México y que es absorbido por su situación de calle.

Pero es injusto decir que es la “historia de un chavo”.

Más bien es la triste realidad de un sector enorme de la población.

Realidad que está llena de pobreza, violencia, violaciones, drogas, drogadicción, soledades, maternidades y paternidades ausentes, persecuciones, abandonos, asesinatos, muerte, abuso policial, ausencia familiar y cuando la familia existe es disfuncional, educación inexistente, traición, miedos, necesidades, sexualidad por instinto, prostitución, espera y deseos.

Ello por decir tan solo unas pocas de las muchas injusticias que pasan en ese mundo que se da a ras de calle o abajo de ella o, cuando más, en las azoteas de las vecindades del viejo y decadente Centro Histórico de la capital del país en donde la simple aparición en pantalla de algunas de sus calles auguran de inmediato la inminente aparición de problemas sociales –recordemos que la trama está ambientada antes de la llegada de los dos Carlos al poder: Salinas y Slim, quienes, con el dinero “ganado con su esfuerzo”, hicieron negocio “rescatándolo”, obviamente hay comillas en esta expresión.

Esta película es la transcripción perfecta de la cotidianidad de un sector que está esclavizado, y lo estará de por vida, dentro de su entorno, y ahora sí, aquí, se muestra la importancia del determinismo económico y de la preeminencia del aspecto social por encima del individual.

O como quien dice: aquí se le dice adiós al individualismo a ultranza.

La cinta es la mano alzada de ese sistema económico, político y social que, de manera injusta, condena a unos a sobrevivir en la miseria para que otros vivan en la opulencia, aunque en la trama no se muestre esta última, que al cabo, como se dice por ahí, no fue necesario enseñarla para saber que existe y predomina.

Por pura dialéctica, pues.

Pero aun con esta miseria dominante, dentro de este sector de la población también se dan otros aspectos que pueden hacer creer que todavía se vislumbra un contenido humano inherente a todo grupo social: solidaridad, ternura, amor, búsqueda, ganas de huir, deseos de encontrar.

Y todo ello la película lo muestra en tan sólo hora y media.

Sí, en noventa minutos la guionista, el director, las actrices y los actores, nos repasan esos “temas sociales, que muestren aspectos de la realidad contemporánea de México”, como dice el cuerpo de la invitación a participar en esta sesión de cine.

Y lo hacen con maestría.

Sin lamentos ni lagrimeos.

Y, además, el arte plasmado en la cinta es fantástico.

Está diseñado para mostrarnos, con delicadeza y buen ojo fotográfico, el “feísmo” de nuestra realidad social.

Y utilizo el concepto “feísmo” con sumo respeto y para diferenciar a esta película de otras expresiones artísticas que muestran al “preciosismo” como un retrato de que con crisis y todo, este todo sigue bien, y de que México está a la altura de lo mejor del mundo, como podrían ser ciertas muestras de la producción cinematográfica nacional reciente: “Las niñas bien” o “Mirreyes vs. Godínez”, por nombrar un par de ellas.

O los bodrios exitosos de Eugenio Derbez y Omar Chaparro, productos que mi memoria se niega a tener presentes.

El gran fotógrafo Gabriel Figueroa en una ocasión compartió que durante la filmación de la película “Nazarín” de Luis Buñuel, él había logrado en la lente una imagen “estéticamente irreprochable”, con los cielos llenos de nubes y el volcán a toda plenitud, pero que a Buñuel no le gustó y le pidió mejor encuadrar una zona terrenal y desértica, aunque no fuese “estéticamente irreprochable”.

Así era Buñuel.

Y así también fue su obra “Los olvidados”, esa gran película que aunque no fue la primera cinta que mostró la pobreza imperante en la capital del país, sí fue la que la reflejó sin idealización ni melodrama.

Y precisamente por ello para muchos esta cinta fue una afrenta nacional.

Recuerdo que Jorge Negrete, en ese entonces dirigente de la Asociación Nacional de Actores, declaró que si él hubiese estado en México no se hubiese filmado esta película porque él lo hubiese evitado.

Y “Los olvidados”, obviamente vienen a la memoria al ver “De la calle”, en donde sus personajes siguen deambulando en las calles de la Ciudad de México, pero corregidos y aumentados tres décadas después.

Y otra de sus presencias es en lo referente a lo estético.

“De la calle” es una película oscura, densa, que aunque se desarrolla en la calle, al aire libre, a leguas se nota el encierro social en el que viven los personajes.

Y el haberla filmado en escenarios reales, fuera de los estudios de cine, fue un gran acierto sobre la obra de teatro en que está basada: “De la calle” del dramaturgo Jesús González Dávila, quien según tengo entendido acompañó los inicios de la preparación de la película, pero que lamentablemente ya no pudo ver el producto final –murió en 2000-.

González Dávila con su obra “De la calle”, en 1984 ganó el premio Rodolfo Usigli de la UNAM.

Pero en la película, la movilidad del personaje y la ambientación, permiten al espectador identificar que esta ficción es real, que la trama es una mentira verdadera, que estos personajes de una obra de la dramaturgia nacional sí existen, y están tan sólo a unos pasos de las sacrosantas paredes de nuestros domicilios.

Y que existen, aunque su imagen no sea “estéticamente irreprochable”, aunque sí creíble, real y a la mano.

Y las imágenes de la película, las escenas, son un de un realismo que conmueven e indignan, pero que no hacen llorar ya que no se recurre al melodrama para mostrar lo crudo de la vida que se sobrevive más que se vive.

El guion y los diálogos son fundamentales para el resultado obtenido.

Y son memorables algunos de ellos.

Cuando Xóchitl le dice a Rufino que lo estaba esperando al momento en que El Ochoa la violó, es una escena sublime.

O cuando el Globero le da unas monedas a Rufino para que tenga para subirse siquiera a la banqueta en su trajinar por las calles.

O cuando El Cero, el amigo traidor, dice que confía en Rufino porque es igual a él: es de la calle.

O cuando El Chícharo viola a su hijo y éste guarda silencio y no le dice que lo buscaba porque quería conocer a su padre.

¡Qué escena tan fuerte!

¿O no?

Y así podría seguir, porque en cada momento hay algo que rescatar, o comentar, o recordar.

Tan es así que “De la calle” en 2002 ganó once premios Ariel, entre ellos el Ópera Prima a Gerardo Tort, y el de mejor guion adaptado a Marina Stavenhagen.

La premiaron, pero la clasificación que le dieron fue “C”, para mayores de 18 años, lo que mermó la cantidad de público que la pudiese haber visto a partir del 12 de octubre de 2001, fecha en que se estrenó.

Gerardo Tort Director de De la Calle

Después de “De la calle” se han filmado otras cintas que tratan estos problemas urbanos que, por cierto, cada uno de ellos puede ser motivo de estudios sociológicos.

Y ahorita al verla, fue imposible evitar que, además de “Los olvidados”, se me vinieran a la mente dos películas recientes, que si no las han visto, recomiendo que lo hagan.

“Chicoarotes”, dirigida por Gael García Bernal,

Y “La camarista”, ópera prima de la joven directora Lila Avilés.

Pero también recordé, no me lo van a creer, tres películas comerciales protagonizadas por Valentín Trujillo, actor del que, creo, su obra merece un estudio serio: “Perro callejero”, “Ratas de la ciudad” y “Violación”.

Y también se me apareció el documental “Niños de la calle”, dirigido por Eva Aridjis más o menos por los mismos años en que se filmó “De la calle”.

Párrafos arriba dije que una de las características de la realidad es que se plagia a sí misma, y que, por lo mismo, sus hechos y sus acciones se repiten y que lo harán hasta que no haya un cambio en el sistema y en el paradigma de interpretación.

Y tan se repiten y perduran, que “De la calle” no ha perdido vigencia.

Tan es así, que ahorita mismo una compañía de teatro anda por California representándola.

Y en cuanto a la película, pues aquí estamos reunidos para comprobar que es un gran ejemplo de representación cinematográfica de una problemática social, cuyas aristas son, juntas o separas, caldo de cultivo de futuros estudios sociológicos, mismo que, estoy cierto, ustedes desarrollarán con éxito.

Muchas gracias.

Y, por cierto: después de ver “De la calle”, se vale decir “Wow”.

Javier Cadena Cárdenas

FES Acatlán, 07/08/19

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Subdirección:

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