Ciencia Punk
- Carlos Iñaki Flores Marquez
- 4 days ago
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La siguiente investigación tiene como objetivo la exposición del pensamiento encontrado en la obra de Paul Feyerabend, así como el impacto actual que generaría el aplicar el anarquismo epistemológico en campos como la ciencia y la política. Exploraremos el concepto de opinión y su relación en el contexto social, la forma en que una creencia puede ser adoptada por una comunidad al grado de tomarla como verdad indubitable.
El concepto de opinión con el que trabajo a continuación está basado en la idea de certeza sensible encontrada en Fenomenología del espíritu, de G. W. F. Hegel. Esto que propongo puede llevarse a diversos ámbitos del pensamiento, e incluso hay contextos en los que se ejemplifica de mejor manera; sin embargo, considero de mayor importancia aclarar que mi búsqueda por exponer la siguiente crítica va relacionada a la política y a la ciencia, al tratarse de entes de mayor impacto a nivel histórico mundial.
La razón es algo intrínseco en la naturaleza del ser humano, y la facultad de juzgar es tan importante como la capacidad de pensar. El ser humano es catador y juez de las verdades que se manifiestan ante sí, y decide si seguir las enseñanzas sociales ciegamente, renunciando a su libertad, o si abrazar su libertad poniendo en duda lo que le es inculcado, para posteriormente volver o alejarse del camino trazado por la comunidad a la que pertenece.
En Fenomenología del espíritu, G. W. F. Hegel inicia la definición de la certeza sensible, la cual se presenta como el conocimiento más inmediato y aparentemente verdadero. La conciencia cree que capta lo singular y concreto sin mediaciones, pero Hegel demuestra que esta certeza es engañosa. Nace un problema con el lenguaje, al no poder hablar de algo realmente universal.
Cuando expresamos lo sensible (“esto”, “aquí”, “ahora”), usamos términos universales que no capturan la singularidad pretendida. Decir “ahora es de noche” pierde su verdad al amanecer, revelando que lo sensible depende de un contexto más amplio y específico. Lo sensible es contingente y queda evidenciado en el lenguaje: del momento preciso no se puede hablar y caemos en una especie de mística al solo poder apuntar a un tiempo que ya no es. Lo inmediato solo existe en sí, dentro de la propia sensibilidad; fuera de ella se desvanece. Entonces, ¿por qué no dudar de lo inmediato?
Lo inmediato, entonces, se revela como mediado por estructuras sensibles. Esta certeza que pareciera ser inmediata ya está juzgada como verdad en el inconsciente colectivo, es por eso que no dudamos de conocimientos respaldados por comunidades científicas; y es por eso que, en un sistema politizado, se vuelve imposible pensar fuera de los esquemas paradigmáticos.
Al expresar lo percibido, el lenguaje lo generaliza, negando su singularidad inmediata. La experiencia nos presenta un ente singular, que por medio del lenguaje esquematizamos y hacemos que encaje en conceptos que tenemos predeterminados, negando la esencialidad de las cosas y encasillando los entes en grupos conceptuales de la mente.
La certeza inmediata parece, entonces, ser de naturaleza paradójica y contradictoria. Pretende otorgar un conocimiento concreto e inmediato, pero está condicionada por conceptos universales que trascienden toda inmediatez. Está, pues, limitada por los previos conocimientos que el individuo posee, por los previos conocimientos que le fueron impuestos.
La opinión (doxa, en términos griegos) funciona como la versión social de la certeza inmediata. Es un conocimiento no fundamentado, pero respaldado por uno o más individuos, basado en percepciones inmediatas y no examinadas. La certeza inmediata se adopta por el individuo y se vuelve una creencia, y la creencia genera la necesidad de manifestarse en campos sociales, es entonces cuando se vuelve una opinión.
Una creencia es un conocimiento sesgado por el contexto mediato del individuo. La creencia es aquello que se quiere decir, un engaño que parece dar cierto grado de confianza en el individuo que no cuestiona el origen de dicha creencia. Cuando tal creencia se externa, se convierte en opinión, y si esta no se sustenta en un conocimiento verdadero de la realidad, termina por alimentar el error al cegar a otros individuos con los mismos sesgos contextuales del primer creyente.
La opinión se aferra a lo particular (“mi experiencia es la verdad”), ignorando que todo conocimiento está mediado por lo social. Por ejemplo, un prejuicio cultural se sostiene como “verdad” para quien lo profesa, pero es contingente históricamente. Al igual que la certeza sensible, la opinión se presenta como evidente (“esto es así porque lo veo/lo siento”). Las opiniones particulares chocan en el espacio social al externarse: las experiencias distintas de una misma naturaleza generan conflictos en el desarrollo social intelectual.
Las comunidades adoptan la creencia que mejor se ajuste a su contexto, pero también adoptan la creencia más aceptada, la más respaldada, aun cuando la mayoría esté sesgada erróneamente por capacidades intelectuales nubladas.
El peligro que esto ocasiona es evidente a día de hoy. Parece que la verdad no reside en la naturaleza de las cosas, sino en la aceptación de una comunidad; y así como la certeza inmediata se disuelve al verbalizarse, la opinión individual se adopta como verdad si al compartirse se acepta por el otro.
Lo social surge cuando los individuos superan sus certezas subjetivas y acuerdan universales (leyes, normas, instituciones). Pero esto no excluye la posibilidad de corrupción en el percibir; incluso puede volverse peligroso si no se eliminan sesgos contextuales. Puede caerse en el relativismo (“todas las opiniones valen igual”) y nace la necesidad de una figura mediadora, algo que, de igual forma, es peligroso al dejar el trabajo de juez a un solo individuo.
La multiplicidad de certezas inmediatas limita el acercamiento a la verdad de las cosas. El conocimiento impuesto es el punto de partida del espíritu humano, pero su verdadero significado radica en ser negado para tratar de superarle. Su relación con la opinión muestra cómo el conocimiento individual debe socializarse y racionalizarse para ser efectivo.
Pero la opinión y la creencia no son del todo malas; el error en estas radica en la aceptación indubitable de ellas, en no contrastar nuestros conocimientos con otros panoramas. La opinión es el punto de partida necesario para un saber más profundo, pero debe ser superada mediante la reflexión y el diálogo. En el plano social, esto implica rechazar dogmatismos y toda postura que se pretenda absoluta; este tipo de prácticas reproduce el error de la certeza sensible a niveles irreversibles.
El conflicto de perspectivas es el motor del progreso científico y ético, así como de la superación de la imposición política. La humanidad avanza cuando trasciende las certezas inmediatas hacia formas de reconocimiento mutuo, al ser conscientes de la otredad; pero esto solo es posible con la autoconciencia.
El desarrollo social exige abandonar la comodidad de lo inmediato para abrazar la complejidad de la mediación, donde la verdad emerge no como algo dado, sino como un devenir personal, nadando en lo colectivo sin estancarse. La obra de Paul Feyerabend ofrece una perspectiva de la libertad como recurso para la autoconciencia y la paz individual.
Para cerrar, comparto esta nota de Paul Feyerabend, quien nos invita a la libertad epistemológica para escapar de los dogmas disfrazados de ciencia:
“Aceptamos leyes científicas y hechos científicos, los enseñamos en las escuelas, los convertimos en base de importantes decisiones políticas, pero todo ello sin haberlo sometido jamás a votación. Los científicos no se someten a votación, o al menos eso es lo que ellos dicen, y el profano, ciertamente, no somete a los científicos a votación. A veces se discuten propuestas concretas, y resulta indicado hacer una votación. Pero el procedimiento no se extiende a las teorías generales y a los hechos científicos. La sociedad moderna es «copernicana» no porque el copernicanismo fuese escrito en una papeleta, sometido a un debate democrático y luego saliese elegido por mayoría absoluta; es «copernicana» porque los científicos son copernicanos y porque se acepta su cosmología tan acríticamente como en otro tiempo se aceptaba la cosmología de los obispos y cardenales.” (Paul Feyerabend, 1986, p. 296).
BibliografíaFeyerabend, Paul. 1986. Tratado contra el método. Madrid: Tecnos.
Bibliografía complementariaDescartes, René. 2014. Discurso del método. Madrid: Gredos.G. W. F. Hegel. 2009. Fenomenología del espíritu. Valencia.












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