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La celebración como refugio: ¿por qué el mexicano festeja hasta las victorias pequeñas?

  • Silvestre Cortés Guzmán
  • 14 hours ago
  • 4 min read


Cuando la selección mexicana gana un partido intrascendente, aunque sea por la mínima diferencia y sin un desempeño brillante, las plazas se llenan, los autos hacen sonar el claxon y miles de personas salen a las calles envueltos en la bandera nacional. Desde fuera podría parecer una exageración: ¿Qué se celebra realmente? ¿Una victoria deportiva modesta o algo mucho más profundo?


La pregunta no es trivial. Quizá el mexicano no festeja únicamente el resultado de un partido; quizá festeja la posibilidad de sentirse parte de algo que lo trasciende en medio de una realidad que, con frecuencia, le resulta adversa.


La fiesta como elemento de identidad


México es un país profundamente ritualista. La fiesta ocupa un lugar central en nuestra cultura: celebramos nacimientos, bautizos, quince años, graduaciones, bodas, santos patronos y hasta la muerte. No es casual que el antropólogo y ensayista mexicano Octavio Paz afirmara en El laberinto de la soledad que el mexicano se abre en la fiesta, rompe la reserva cotidiana y se permite ser otro.


La fiesta es una suspensión temporal de las preocupaciones. Durante unas horas desaparecen las diferencias económicas, las frustraciones laborales y las tensiones sociales. Todos cantan el mismo himno y gritan el mismo gol.

Pero reducir el fenómeno a una característica folclórica sería ingenuo.


La alegría como mecanismo de supervivencia


Las sociedades sometidas a presiones constantes desarrollan formas de escape emocional. El humor, la música, el deporte y la celebración funcionan como válvulas de descompresión.

México vive desde hace años una realidad marcada por problemas estructurales:


  • Inseguridad y violencia que modifican la vida cotidiana.

  • Servicios de salud insuficientes y frecuentemente rebasados.

  • Movilidad urbana afectada por bloqueos, plantones y cierres de calles.

  • Crecimiento económico incapaz de traducirse en prosperidad para amplios sectores.

  • Precarización laboral e incertidumbre sobre el futuro.


En este contexto, la celebración colectiva puede entenderse sociológicamente como una forma de resistencia emocional. El ciudadano común no puede controlar la inflación, la inseguridad o las decisiones gubernamentales; pero sí puede apropiarse de una victoria deportiva y convertirla en una experiencia de felicidad compartida.

El problema surge cuando la celebración deja de ser un respiro y se convierte en sustituto de la exigencia ciudadana.



Pan y circo en el siglo XXI


La expresión «pan y circo», atribuida al poeta romano Juvenal, conserva una vigencia inquietante.


Los gobiernos modernos ya no necesitan coliseos. Existen el deporte espectáculo, las redes sociales, los programas de entretenimiento y las polémicas mediáticas que ocupan el espacio público.


No se trata de afirmar que existe una conspiración para distraer a la población; sería una simplificación. Pero sí es evidente que una sociedad emocionalmente agotada tiende a aferrarse a cualquier motivo de alegría inmediata.

Mientras miles celebran una victoria deportiva:


  • Hay familias buscando a sus desaparecidos.

  • Pacientes esperan meses por una consulta especializada.

  • Comerciantes sufren extorsiones.

  • Trabajadores viven al día.

  • Jóvenes dudan de que su esfuerzo les garantice un futuro mejor.


La paradoja es brutal: cuanto más difíciles son las condiciones de vida, mayor parece la necesidad de celebrar.

El triunfo vicario

La sociología denomina «triunfo vicario» al fenómeno mediante el cual las personas experimentan como propio el éxito de un grupo con el que se identifican.

Cuando gana la selección, muchos dicen: «Ganamos».


Pero la pregunta incómoda es: ¿qué hemos ganado realmente?

¿Ha disminuido la violencia?

¿Mejoró la educación?

¿Se fortaleció el sistema de salud?

¿Aumentó la productividad del país?

¿Existe una mejor calidad democrática?

La respuesta suele ser negativa.


Sin embargo, la emoción es auténtica. Y ahí reside la fuerza del fenómeno: las personas necesitan sentirse parte de una historia exitosa, aunque sea por noventa minutos.


La normalización del malestar


Hay otro aspecto más preocupante.

Una sociedad que aprende a convivir con la precariedad desarrolla mecanismos para hacerla tolerable. Se acostumbra a las noticias de violencia, a los embotellamientos interminables, a los hospitales saturados y a la corrupción cotidiana.


El riesgo es que la indignación se vuelva episódica y la celebración permanente.

La capacidad de asombro disminuye.

Nos escandalizamos un día por una masacre y al siguiente discutimos la alineación del próximo partido.

Nos indignamos por un acto de corrupción y horas después compartimos memes y videos virales.

No porque seamos insensibles, sino porque el exceso de problemas genera cansancio moral.


La fiesta no es el enemigo

Sería injusto condenar la alegría popular.

Los pueblos no sobreviven únicamente con instituciones eficientes o indicadores económicos positivos. También necesitan símbolos, emociones compartidas y espacios para la esperanza.


La fiesta cumple una función social invaluable: fortalece vínculos, crea identidad y recuerda que la vida puede ser más que una sucesión de dificultades.


El problema aparece cuando la celebración sustituye a la ciudadanía.

Cuando el entusiasmo deportivo es mayor que el interés por la educación.

Cuando conocemos mejor las estadísticas de un delantero que las cifras de pobreza o violencia.


Cuando exigimos más a un entrenador que a nuestros gobernantes.


Una alegría que también exija

Quizá la pregunta correcta no sea por qué los mexicanos celebramos tanto.

La pregunta es por qué tenemos tan pocos motivos para celebrar logros colectivos verdaderamente trascendentes.


¿Qué ocurriría si las calles se llenaran porque disminuyó la pobreza?

¿Si festejáramos una reducción histórica de la violencia?

¿Si celebráramos hospitales funcionando con eficiencia, escuelas de excelencia o un crecimiento económico que beneficiara a todos?


Ese día la alegría no sería una evasión.

Sería una consecuencia.

Mientras tanto, el mexicano seguirá haciendo lo que ha aprendido a hacer durante siglos: encontrar luz en medio de la adversidad, reír cuando duele, cantar cuando falta esperanza y convertir una pequeña victoria en una fiesta nacional.

Porque la alegría, incluso cuando parece exagerada, es también una forma de resistencia.


Pero un país no puede vivir eternamente resistiendo.

También necesita transformarse. Y esa transformación comienza cuando la emoción colectiva deja de conformarse con goles y empieza a exigir justicia, seguridad, prosperidad y dignidad para todos.

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Dirección:

Elisa Guadalupe Cuevas Landero

 

Subdirección:

Citlali Hernández Castellanos

 

Edición web:

Arturo Oscar Suro Cruz 

Colaboran en esta obra, miembros de la comunidad universitaria de la FES Acatlán y de algunas otras facultades de la UNAM; así como miembros de otras instituciones públicas nacionales y extranjeras. Los escritos son propiedad intelectual y responsabilidad de quienes los escriben y los firman.

Editorial de la revista impresa: 

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Crisol Acatlán

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