• Marco Antonio Hernández Aguilar

Viejas costumbres


-¿Hemos dejado atrás el pasado? — pregunta el abuelo en la sobremesa.

Papá enciende su tradicional habano de cada noche y le contesta: todo es subjetivo.

—Vaya respuesta, no se puede esperar más de quien ha dejado la revolución de lado y se ha entregado por completo a la idea de la resiliencia. No entiendo en dónde has dejado al Carlos con conciencia de clase. Buenas noches. — El abuelo se levanta de la mesa y se va a su habitación. Como todas las noches, después de plantear una pregunta retórica, se retira a sus aposentos y escucha Street Fighter Man de los Rollling Stones, esa canción que hermanaba a él y sus compañeros de la universidad en aquel holístico 68.



Se podría decir que el tiempo corre en línea recta, lejos de la espiral casi espiritual de la Historia. Esto lo pude entender con una de las preguntas del abuelo: ¿Dónde ha quedado el proletariado? A lo que papá contestó, seguro de sí mismo, “está trabajando en un call center de medio tiempo”.


— No lo creerías hijo, pero cuando tu padre tenía tu edad, me acompañaba a las asambleas del sindicato. Era un entusiasta del cambio a través de la revolución, quien lo viera convertido en un pequeño burgués.


— Su entusiasmo le volvió demócrata, una lección prefabricada por los disidentes de tu generación: de lo malo lo menos peor. Papá profesa un amor inconmensurable por un sistema al que solía criticar. En sus palabras, “maduró”.


— Me gustaría que aprendas de mis errores y de sus errores. Seamos menos teóricos y más prácticos. No te pido que tomes las armas, pero te pido que no vayas por ahí mentando a la tercera vía como la única vía de la izquierda real, jajaja, vaya ironía. También te pido que no me mientes eso de que lo personal es político, deja atrás esos “issues” capitalistas. Recuerda que ser demócrata es aspirar a un feudo de creencias fantasmales. Si vives con esos fantasmas verás populistas en cada esquina.


— Vaya manera de invitarme a reflexionar, abuelo. Ayer terminé de leer la novela de Revueltas que me prestaste. Los error


es, vaya título, qué paradoja, diría el poeta.


— Recuerda que la militancia va más allá de un par de selfies y conseguir un cargo dentro del partido. Partido movimiento, ja, que fragmentario se escucha eso.


— Para encontrarse hay que vivir el desencuentro. Los contrarios cimentan el cambio.


— No cantinflees, no titubees ante lo indefendible. Sé consciente, dilucida y traslapa.


— ¿Por qué nombraste a mi papá Carlos Maximiliano?


— Porque uno nunca sabe de qué lado masca la iguana, jajaja.


Mientras tanto, papá se encuentra en su habitación, en su tradicional soliloquio nocturno. Casi puedo observar lo que sucede tras la puerta:

Quedarse sin ideas es lo más natural del mundo. No debe resultar una catástrofe el encontrarse en un callejón sin salida, pues muchas veces la salida no existe. No, no es un falso optimismo, sino la realidad propia del agotamiento: ¿a quién no le cuesta ser humano?


La proximidad del futuro arruina nuestras ganas de vivir en el presente, tenemos miedo de nuestro yo del futuro: ¿seremos nuestra propia decepción?


Suena el despertador a la hora de siempre. Como todos los días he despertado unos minutos antes de lo programado, estas ganas de orinar no me dejaron dormir diez minutos más.


Comienza la rutina: un regaderazo, lavarse los dientes en la ducha, cantar con alegría mientras se acepta el destino de un día más en este “afortunado” planeta llamado Tierra. Estamos en la zona habitable, ni más ni menos. Unos cuantos miles de kilómetros más y nada de esto estaría sucediendo.


¿Qué sería del cosmos sin la humanidad? Un mejor vecindario, sin duda. Aunque, sinceramente, es muy probable que el vecindario sea una ciudad fantasma. Existen rastros que nunca alcanzaremos a comprender, somos polvo en el viento, dicen por ahí.


Mientras elijo la ropa que usaré el día de hoy, pienso en lo inevitable: me estoy volviendo viejo. El curioso caso de abandonar la juventud para sumarse a ese selecto grupo de los que ven como unos pendejos a los jóvenes.


Ante la falta de experiencia(s) nos envolvemos en nuestro manto de superioridad moral y encubrimos nuestro propio desabasto de metas realizadas: tú que vas a saber, chamacx pendejo.


Nada más estúpido.


—Soy Carlos Maximiliano Solano y soy demócrata— ensayo frente al espejo.

Soy la síntesis de las épocas pasadas que soñaron con un mejor futuro, soy una convicción diluida por el fracaso de mis antecesores, soy una idea superpuesta que se yuxtapone al presente.


Ayer todos éramos uno, hoy pretendemos creer que uno somos todos. El camino es a la izquierda, pero se debe ir con pies de plomo, en la era de lo políticamente rentable, militar como forma de empatía, como revolución constante. Antes de comenzar, respire hondo y repita: “La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases”.

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