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La Guelaguetza como paradoja

  • Eliseo Cruz Aguilar y Mario Medina Castro
  • Jun 4
  • 13 min read

Resumen: En el presente artículo se analiza a la Guelaguetza del Estado de Oaxaca como un espacio en el que la vida de los pueblos indígenas se proyecta como espectáculo. En su compleja capitalización, lo mismo abarca tanto la tradición y la resistencia indígena como la discriminación. Una paradoja que pretende representar con orgullo a los pueblos indígenas, al tiempo que los excluye y margina. Festividad que pervive gracias al sincretismo identitario, la fuerza de los regionalismos y la monetización de sus programas. Espacio en el que lo indígena se configura como apariencia; el indígena como mercancía; y la Guelaguetza como una fiesta del capital que invisibiliza realidades bajo el brillo de la visibilidad mediática del espectáculo.


Palabras clave: Guelaguetza, espectáculo, paradoja, indígena, mercancía.


Introducción


La Guelaguetza, celebrada en el estado de Oaxaca, México, es una de esas festividades que, por peso propio, alcanza cotas de reconocimiento nacional e internacional, cuya fama, valor e importancia cultural-religiosa le ha permitido ser un referente de las ejemplificaciones del folclor, tradición e identidad; por el carácter popular, colorido y ritualista de sus desfiles, cánticos, músicas, danzas y vestidos. Sin embargo, resulta una simplificación denominar a Oaxaca como el “Corazón cultural de México” y, al mismo tiempo, una arbitrariedad denominar a la Guelaguetza como “La máxima fiesta de los oaxaqueños”, puesto que la esencia de esta celebración —entendida y practicada originalmente desde la reciprocidad, gratitud o ayuda mutua— se ha ido distorsionando por intereses que poco responden a las necesidades del pueblo oaxaqueño.


Más que un espacio de hermandad, cooperación y ayuda mutua, se ha convertido en un escenario en el que se enaltece el espectáculo y se distorsiona la vida de los pueblos indígenas del estado de Oaxaca para el beneplácito del extranjero. Espacio en el que la cultura se configura y proyecta como mercancía y la Guelaguetza como fiesta que se rige mediante la lógica del capital; mientras se oculta la realidad detrás de la visibilidad, la rentabilidad y lo mediático del espectáculo. Por lo tanto, esta celebración convertida en espectáculo folclórico responde fundamentalmente a los intereses económicos de un grupúsculo que lucra con las cosmovisiones de los pueblos originarios.


Desarrollo


Breve recorrido histórico

La Guelaguetza, conocida también como la fiesta de los Lunes del Cerro, tiene su origen en el Homenaje Racial de 1932, organizado en la ciudad de Oaxaca con motivo del cuarto centenario de su nombramiento como ciudad y como respuesta a la crisis ocasionada por los sismos de 1931. Para este evento se construyó la Rotonda de las Azucenas, hoy Auditorio Guelaguetza, espacio donde actualmente participan delegaciones de las ocho regiones del estado.


Desde sus inicios, la festividad ha sido organizada por sectores políticos y económicos privilegiados, en concordancia con los ideales posrevolucionarios del nacionalismo y el mestizaje, que buscaban homogenizar la identidad oaxaqueña y mexicana. En este contexto, el indígena fue representado bajo estereotipos funcionales a las élites, al tiempo que se proyectaba una imagen de armonía y pluralidad pese a las desigualdades sociales. Así, la Guelaguetza puede entenderse también como un proceso de idealización y mercantilización de lo indígena, situación que ha provocado desconfianza y recelo entre quienes practican tradicionalmente formas comunitarias como el tequio, la gozona y la propia guelaguetza en sus comunidades.


La Guelaguetza como espectáculo


La Guelaguetza es la denominada y cuestionada máxima fiesta de los oaxaqueños, pues tal como lo señaló el antropólogo Lizama Quijano (2015),


“Surge como un modelo festivo vinculado a la exhibición para consumo no local, para consumo exterior”,

por lo que no se le puede pedir a la Guelaguetza algo que, en su origen y naturaleza, no es.


En ese mismo sentido, la Guelaguetza puede ser comprendida desde lo que Guy Debord (1995) denominó “La sociedad del espectáculo”, pues, para el filósofo francés, el espectáculo no es otra cosa que una “apariencia organizada socialmente” (p. 10), por lo que la Guelaguetza se configura como mera apariencia fetichista que oculta la relación entre oprimidos y opresores.


Esta celebración no es más que el monólogo elogioso de un mal autorretrato por parte del Estado y sus instituciones. Parafraseando a Juan Carlos Monedero (2013), se confunde a la Guelaguetza con el espectáculo de la Guelaguetza.


Así lo expresó Ayelen Olvera Rivera, originaria de la comunidad de Teotongo, de la región Mixteca:


“Porque estas fiestas de Guelaguetza, muchas veces no son para los oaxaqueños, ya no sabemos si es mucho amor a nuestra cultura o solo se lucra con nuestros pueblos”. (CORTV, 2025, 1h:16m:47s)

En este marco, un ejemplo claro, mas no el único, es el baile de La Flor de Piña, tan esperado como admirado, sobre todo por la belleza y el júbilo de sus bailarinas. Televisión, radio, prensa y otros medios presentes en el Cerro del Fortín hacen eco de su tradicional presentación, la espectacularidad de sus movimientos, pero, sobre todo, del diseño de los vestidos y el rostro de las bailarinas.


No obstante, pese a las alertas de género desde julio de 2017 en el Estado, de las acciones afirmativas para la igualdad e inclusión, la lucha contra el clasismo, la indiferencia y cuanto micromachismo imperante se conozca, persisten prácticas que refuerzan estereotipos estéticos y excluyentes. La belleza, tanto de las formas como de los contenidos, sigue siendo una exigencia implícita en la forma en que se interpreta el arte y se representan los cuerpos, por mucho que quiera recuperarse el discurso del reconocimiento digno de lo indígena; un rostro considerado “hermoso” desde paradigmas occidentales pega más en una cultura acostumbrada a la estética y la vanidad.


Se trata de un espectáculo en el que lo indígena se exhibe para el beneplácito del extranjero, de la blanquitud, como rasgo identitario-civilizatorio y como una manifestación del colonialismo cultural y de la imposición de valores a partir de la óptica del poder. Puesto que la denominada “máxima fiesta de los oaxaqueños” históricamente se fue adaptando a los requerimientos de la lógica privatizadora y empresarial, orientada al valor de cambio y la obtención de ganancias para una élite política y económica.


La Guelaguetza como paradoja


Se romantiza la vida de los pueblos indígenas mediante el uso del colorido, la música y el baile, mientras se minimizan los problemas económicos y sociales que no aparecen en la televisión nacional o en las rutas turísticas. La Guelaguetza es el culmen del abandono, el olvido y la hipocresía, puesto que el habitante de las comunidades indígenas de las distintas regiones que configuran el estado de Oaxaca, y sobre todo aquellos que radican en la ciudad, son víctimas de discursos y prácticas hostiles en contra de lo que representan. No se ha de negar que quien, por puro efecto psicológico, se sitúa en la llamada clase media, es un sujeto que se comporta con docilidad y benevolencia con el extranjero, mientras convierte su miedo en rabia y desprecio en contra del pobre, del indígena, del “huarachudo”, del “bajado del cerro a tamborazos”, del “naco” o “yope”.


Así lo expresó la participante del certamen para la elección de la Diosa Centéotl del año 2025, Anette Clarivel Melchor Zurita:


“La Guelaguetza se vuelve una festividad donde podemos compartir con otros nuestra cultura e identidad, sin embargo, también se vuelve una paradoja en la que vivimos, donde somos reconocidos y aplaudidos durante un mes y después somos olvidados el resto del año […], y como pueblos originarios, también queremos que nuestras necesidades sean atendidas, queremos que nuestra voz sea escuchada, queremos ser respetados, validados y ser reconocidos como sujetos de derecho. La Guelaguetza más que una festividad debería ser un recordatorio de nuestra presencia constante y de nuestra lucha por la igualdad y la justicia”. (CORTV, 2025, 1h:12m:12s)


Porque después de una semana de “fiesta” para una minoría, a la inmensa mayoría, para la cual la Guelaguetza transcurre sin mayor trascendencia, le corresponde seguir viviendo en una realidad ajena a la algarabía, colorido y suntuosidad del espectáculo. En esa misma tesitura, explica el profesor José Mendoza, hablante del zapoteco de la región de los Valles Centrales y habitante de Teotitlán del Valle, considerado como el primer pueblo fundado por los zapotecas:


“Guelaguetza o galgaez simboliza la ayuda mutua entre los habitantes de una comunidad. En sus inicios, la ayuda era en especie; después fue con dinero, bandas o grupos musicales. Actualmente, podemos ver que se hace Guelaguetza de material para la construcción, es decir, representa el compromiso y la responsabilidad comunitaria. ¿Qué es lo que ofrece el gobierno para que sea mutuo? ¿Guelaguetza con quién? La Guelaguetza es meramente un espectáculo turístico y no precisamente para que nuestros hermanos indígenas compartan sus productos. Ni se diga de platicar sobre los problemas que padecemos, porque no hay tiempo para eso. Se reúnen las delegaciones para bailar para el turista que pagó y tomarse unas fotos con una que otra persona de otra delegación o algún personaje famoso. Todos quieren estar ahí, por muchas razones: por orgullo, promoción, porque quieren salir en los medios de comunicación. No necesariamente porque vayan a recibir algo a cambio. Ahí es donde se pierde el verdadero sentido del significado de la Guelaguetza, gozona o galgaez que nosotros practicamos”. (J. Mendoza, comunicación personal, 11 de enero de 2025)


De la misma manera, Rosa María Santiago manifiesta que su participación en la delegación de las Chinas de calenda es únicamente por el gusto y la pasión que representa la danza y por ser creyente de la religión católica, puesto que no reciben “Ninguna compensación ni cortesía. Nada de eso”, y que incluso los gastos de traslado, alimentación y vestuario son costeados por ellas mismas (Comunicación personal, 30 de enero de 2025).


Para Cortés Morales (2019), este principio de reciprocidad se vuelve difuso en las fiestas de los Lunes del Cerro. Como ejemplo explica que


“El acceso a las dos primeras secciones tiene un costo que muchas personas no pueden absorber, además de que se vuelve complicado alcanzar un lugar en las zonas gratuitas del auditorio” (p. 47),

ya sea por la demanda que tienen estos espacios o por los casos de corrupción en los que se ha visto envuelta la Guelaguetza.


Esta es una fiesta organizada por la centralidad, con la integración, mas no la inclusión de las periferias. Por eso, esta fiesta como espectáculo “reúne lo separado, pero lo reúne en tanto que separado” (Debord, 1995, p. 18). Fiesta que se ha convertido en un exitoso modelo empresarial, donde los menos beneficiados resultan ser los protagonistas de esta proclamada máxima fiesta de los oaxaqueños, es decir, los habitantes de los pueblos indígenas, mismos que llegan a ser humillados y denigrados por los organizadores de la fiesta.


Así lo denunció el músico y compositor Natanael Lorenzo Hernández (2018), al recibir un trato indigno por parte de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), respecto a la alimentación que recibieron los músicos que participaron en el concierto de bandas de viento:

“No se trata de la media torta, de la salsa de huevo o la playerita […] De lo que se trata es de tener dignidad en tu pedagogía musical”.

Días previos a esta fiesta se realizan tareas de restauración y embellecimiento a las principales calles y avenidas de la ciudad, mismas que ocultan de forma, mas no de fondo, el racismo, la desigualdad y la injusticia social que impera en la entidad. Semáforos que durante meses no funcionaron hoy lo hacen con normalidad; parches a baches que se han quedado en la memoria a largo plazo de peatones y conductores, y la limpieza a lugares con olores repugnantes que se impregnaron en la memoria sensorial de los habitantes. Por su parte, así lo expuso la diputada Martha Aracely Cruz Jiménez (2025), del Partido del Trabajo (PT), cuando denunció desde la Cámara de Diputados las condiciones en las que se encuentran las carreteras de todo el estado de Oaxaca, específicamente la carretera de la región Mixe: “Parece que hubo una guerra, está totalmente destruida”.


En la capital no se vive una realidad diferente. A pesar de que se nota un gran avance sobre las principales calles y avenidas que están siendo atendidas con el programa de reencarpetamiento, olvidan a las colonias que llevan años exigiendo los servicios básicos para una vida digna.


En los últimos meses se ha podido apreciar, tanto en medios de comunicación locales y redes sociales, el cuestionable actuar de las policías municipales y estatales, el incremento de asaltos y robos a plena luz del día y el proceder despótico y arbitrario de inspectores municipales en las principales plazas y calles del centro histórico en contra de artesanos, vendedores de a pie y mujeres indígenas con bebé en brazos que venden sus productos para llevar el sustento a sus hogares, mientras se le abren las puertas al capital extranjero o transnacional para que se apropie de la riqueza del estado.


Fueron precisas las palabras de Ayelen Olvera cuando mencionó que:


“Es importante conocer nuestra cultura, para que no nos desplacen, para que no encontremos carteles en otro idioma que desconocemos como oaxaqueños, es importante estar unidos, fraternos”. (CORTV, 2025, 1h:01m:01s)

La Guelaguetza, aunque lo pretenda, no logra ocultar la dominación, el sometimiento y la marginación de los pueblos indígenas por parte de una élite económica y política, la cual, no era de extrañarse, conformaba al arbitrario Comité de Autenticidad, es decir, de “especialistas” que anulaban la cotidianidad de los pueblos a partir de parámetros estéticos y económicos. Aquellos que, por convicción personal o mandato, tomaron a la cultura como mercancía y no como un entramado complejo de la visión cosmogónica de los pueblos indígenas.


Por su parte, el gobernador del Estado de Oaxaca, Salomón Jara Cruz (2023), como parte de su responsabilidad histórica con los pueblos y comunidades indígenas y afromexicanas, expresó que


“La cultura no es patrimonio de una oligarquía o grupo económico, sino de todos”

y, debido a las polémicas y arbitrarias decisiones del Comité de Autenticidad, fue aprobada su propuesta de reforma en la que se crea un Comité Organizador, conformado por 75 hombres y mujeres originarios de su comunidad y conocedores de la cultura de las mismas, acto que pretende la inclusión, la justicia y la reparación histórica de los pueblos indígenas.


No debe negarse el beneficio económico que la Guelaguetza deja para los comerciantes locales, las pequeñas empresas, el ambulantaje e incluso para el llamado “coyotaje”. Numerosas familias oaxaqueñas y no oaxaqueñas se ven beneficiadas por la venta de productos y servicios. Tampoco ha de negarse el disfrute de una ciudad que, por lo menos una vez al año, luce limpia y ofrece un ambiente de disfrute. De la misma manera, se celebra con agrado que más comunidades se sumen a festejar su identidad cultural a partir de ferias, festivales, tianguis y expoventas, mismas que abonan al rescate, preservación y difusión de sus elementos culturales.


Fiesta y resistencia, el retorno a lo popular


Lo que aquí se expone es apenas una parte de las causas y efectos de la Guelaguetza organizada por el Gobierno del Estado de Oaxaca, misma que obliga a mencionar a su antítesis, la Guelaguetza Magisterial y Popular gestada en 2006, año en el que se vivía un contexto de lucha y protesta por parte de la Sección XXII del gremio magisterial oaxaqueño, perteneciente a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y miembros de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), férreos opositores contra un gobierno autoritario y represor encabezado por el entonces gobernador Ulises Ruiz Ortiz y sus secuaces.


El principal objetivo consistió en boicotear a la Guelaguetza oficial, misma que venía generando el descontento de la población por sus tintes excluyentes y elitistas, por lo que, con el paso del tiempo, la Guelaguetza Magisterial y Popular se ha convertido en una alternativa de lucha política e ideológica frente a las políticas del Estado.

Así lo expresó Jenny Aracely Pérez Martínez, Secretaria General de la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), en una entrevista para El Imparcial:


“Se debe recuperar la esencia de la Gueza, una práctica de apoyo mutuo que refrenda compromisos y lazos comunitarios. Respetamos la cosmovisión de los pueblos originarios, donde la fiesta es un pilar fundamental de la vida comunitaria y fortalece valores como la compartencia, la organización, la colaboración, el tequio y la aportación para el goce y disfrute comunal”. (2024)

La Guelaguetza Magisterial y Popular se ha configurado como un espacio de protesta y reflexión que funge como antítesis de la Guelaguetza oficial, pues politiza o hace


“consciente el conflicto inevitable entre los intereses de los individuos y grupos y los del resto del colectivo” (Monedero, 2013, p. 10),

espacio que desde la postura política freireana problematiza la realidad opresora, denuncia la conversión del ciudadano en cliente, la cultura en mercancía y la ciudad en colonia.


Por su parte, la Guelaguetza del Estado despolitiza al ciudadano, es decir, mediante el espectáculo procura ocultar o negar el conflicto, aunque al hacerlo no lo elimine. Respecto a esto, menciona Jean-Paul Sartre (2018):


“No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros” (p. 18).

Conclusión

Con el tiempo, la Guelaguetza ha transformado sus propósitos y su naturaleza, pasando de los rituales religiosos con danzas y banquetes durante ocho días para goce del pueblo, a un espectáculo multicolor, de desfiles, presentaciones y medios de comunicación complacientes a turistas, empresarios y políticos. No es que a la población común y corriente se le impida disfrutarla; simplemente no puede acceder a ella por lo poco costeable que resulta, ya sea por el precio de las entradas o por la distancia desde sus lugares de origen hasta la capital; todo implica gastos elevados.


De cierto es que cualquier grupo y espacio, para sobrevivir, debe potencializar sus recursos, sean estos naturales, materiales, industriales o culturales, y la festividad de la Guelaguetza no es la excepción. El incremento exponencial del turismo cultural durante las celebraciones proyecta dos escenarios de contraste, pues lo mismo contribuye en el paulatino desarrollo de los servicios afines y la calidad de vida para la población —sobre todo de la afincada en el centro de la capital y otras ciudades destino—, al tiempo que encarece los servicios básicos, las rentas, propiedades, hostelerías y restaurantes, orillando al desplazamiento de otros tantos hacia la periferia, a ser expectantes callejeros o, quienes puedan, a solo ser consumidores digitales. Así de simple, la Guelaguetza, una fiesta enraizada en el pueblo, se vuelve inaccesible para la mayoría de este.


La Guelaguetza ha sabido alternar sus elementos entre la romería y el espectáculo, entre el rescate de los elementos culturales y el utilitarismo de lo indígena, a partir de la consolidación de un modelo empresarial que busca captar una mayor presencia de turistas en la tierra del Dios que nunca muere.


Referencias

Cortés, M. (2019). “Celebrando la lucha”: Fiesta y protesta en la Guelaguetza

Magisterial y Popular en Oaxaca (2015-1016). [Tesis de Licenciatura,

Escuela Nacional de Antropología e Historia].

F15935.pdf

CORTV. (28 de junio de 2025). Elección de la Diosa Centéotl, Primera Etapa

28/06/2025. [Archivo de Vídeo]. YouTube.

CORTV. (29 de junio de 2025). Elección de la Diosa Centéotl, Segunda Etapa

29/06/2025. [Archivo de Vídeo]. YouTube.

Debord, G. (1995). La sociedad del espectáculo. Ediciones naufragio.

Fanon, Frantz. (2018). Los condenados de la tierra. (4. ed.). México: FCE.


8

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Matías, P. (12 de noviembre de 2018). "Trato de segunda" a niños indígenas

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Recuperado de

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Monedero, J.C. (2013). Curso urgente de política para gente decente. Seix Barral.

Redacción imparcial. (22 de julio de 2024). Guelaguetza magisterial y popular: Un

espacio de lucha y cultura. El imparcial. Recuperado de

espacio-de-lucha-y-cultura/

 
 
 

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