• Tomás Torgal

Las flores de mi abuela


En memoria de mi abuela Maria Adosinda.

Hace muchos años, mientras visitaba a sus abuelos durante un caluroso verano, Diego y sus primos jugaban en el gran jardín de su abuela, cuyas flores habían crecido tras años de dedicación, lo que significaba los cuidados diarios de quitar las hierbas silvestres que crecían en su espacio vital, regarlas al caer la tarde y acariciarlas, mientras les contaba secretos que sólo la abuela y ellas conocían.

Durante horas, los niños intentaban descubrir cuántas flores había en el gran jardín, sin poder lograrlo nunca. Su abuela había plantado flores de todos las formas, olores y colores, entre las que lograron reconocer claveles, girasoles, rosas, hortensias, dalias, lirios, narcisos, orquídeas, margaritas, jacintos, lavandas y muchas, muchas más…

Pero, lo que más intrigaba a Diego era por qué su abuela dedicaba tanto tiempo a esas plantas, en vez de pasar más tiempo con él y sus primos. Todos los días la veía hablar con esta o aquella flor, como si tuviese grandes conversaciones con ellas. Una mañana se paró tempranísimo, antes que el resto de toda su familia, y se acercó a las flores para intentar hablarles justo como su abuela lo hacía.

— Hola, pequeñas. Soy Diego… sólo quería preguntarles por qué mi abuela les dedica más tiempo a ustedes que a mí y al resto de mi familia…

— ¿Pequeñas? ¿A quién llamas pequeñas?— le respondió un girasol.

Diego pegó un brinco del susto.

— ¿Ustedes pueden hablar?— preguntó él con gran incredulidad.

— Por supuesto —le dijeron las hortensias— ¿Acaso crees que tu abuela está loca, como si intentara hablar con las rocas? Tenemos tremendas conversaciones con ella…

—… y no pensamos dejar de tenerlas en ningún momento— interrumpió el lirio.

—Tampoco se olviden de cómo nos cuida y riega constantemente— casi gritaron las rosas.

— Pero me gustaría pasar más tiempo con mi abuela ya que sólo la veo en mis vacaciones— les contestó Diego de forma tímida e intimidada por tantas flores.

En ese mismo instante, todas las flores del jardín se echaron a reír con tales carcajadas y semejante estruendo, que fue un milagro que nadie se despertara.

— ¿Quién eres tú para hablarnos de esa forma? ¿Acaso tú y los otros críos se creen más importantes que todas nosotras?— logró decir la Dalia entre risa y risa.

— Somos sus nietos, su familia— apenas consiguió decir Diego, resistiendo las lágrimas que pedían liberarse.

Las flores rieron de nuevo y fue tal la carcajada, que el pequeño no resistió más y corrió con toda la velocidad que sus piernas le daban, las lágrimas corrían como ríos en su rostro.

Ese día Diego no tuvo ganas de jugar, de nadar, ni de hablar. Un extrañísimo comportamiento para él o cualquier otro niño de su edad. Antes de la merienda, su madre, dándose cuenta de cómo estaba actuando su hijo, se le acercó para hablar con él:

— ¿Diego, se encuentra todo en orden?

— No…

— ¿Qué pasó? ¿Acaso Isabel volvió a molestarte?

— No fue ella, fueron las flores.

— ¿Las flores? ¿Por qué dices eso?

Hablé con ellas y les pedí que me dejaran estar más tiempo con mi abuela, pero sólo se burlaron de mí y me dijeron que no, que ellas no dejarían que mi abuela nos prestase atención a mis primos y a mí.

Su mamá lo volteó a ver y comenzó a acariciarle el pelo.

— Hijo, las flores no hablan. Tu abuela les dedica tanto tiempo, ya que es en esta época del año cuando ellas están en su esplendor y nos comparten sus hermosos colores y fragancias. Ya verás que cuando vengamos en invierno, tu abuela les dedicará todo el tiempo del mundo.

— Pero, quiero estar con ella ahorita, no en invierno.

— Te entiendo, sentía lo mismo a tu edad. Pero tienes que aprender que tu abuela también tiene sus necesidades y gustos, no puede estar todo el tiempo viendo por ustedes, ¿estamos? — terminó ella de decir con una dulce voz.

— Sí, mamá…

— Perfecto, ahora a bañarse que ya casi es hora de cenar.

Para cuando estaba la familia entera cenando, todos se habían enterado de la aventura de Diego con las flores. Todos hablaban de ello entre risas y anécdotas de su juventud, mientras que la abuela pedía que no se burlasen de él, ya que su nieto se preocupaba por ella, lo que hizo que el resto de sus nietos lo hostigasen aún más, en especial, Isabel. Su prima mayor siempre buscaba cualquier excusa para molestarlo, desde pintarle las uñas de las manos mientras dormía, hasta llegar a esconder sus juguetes durante un par de horas. Pero, esta noche era realmente insoportable.

Al llegar la hora de acostarse, a Isabel se le ocurrió una nueva malicia: cortaría un par de flores y despertaría a Diego con ellas, era el plan perfecto. Cuando se apagó la última luz de la casa y todos los adultos se habían ya acostado, bajó sin hacer ruido alguno al jardín y, con tijeras en mano, ¡zas! cortó una orquídea.

— ¡Aaaaay! Me han matado— gritó la flor.

Todas sus hermanas despertaron en un santiamén, y con regias miradas, voltearon a ver a la mocosa que se atrevió a cortar a una de ellas, mientras millares de reclamos, insultos y gritos comenzaron a lloverle. Sin saber qué hacer y con un gran pánico apoderándose de ella, Isabel salió corriendo de vuelta a casa, pasando el jardín, a través de la puerta, junto a la sala, subiendo la escalera y derechito a los cuartos. Su único alivio era que las flores no la podían seguir.

A la mañana siguiente, después de haber salido los primeros rayos de sol, Diego se despertó y se percató de que su prima se encontraba sentada en el piso con un aspecto de terror en su pequeño rostro. Viendo que ya había abierto los ojos, se volteó a verlo, y le dijo:

— Las flores hablan.

— Se los dije…

— En verdad, parlan.

— Lo sé.

— Y son muy malas.

— Y groseras…

— ¿Qué hacemos? Probablemente también molestan a la abuela, no podemos dejar que hagan eso.

— Tengo un plan, pero necesitamos de todos los primos para lograrlo.

— ¿Qué se te ocurrió?

Diego se quitó la cobija, brincó sobre la cama, se asomó por la puerta para ver que nadie los espiase y le contó su plan maestro.

Durante toda la mañana, los niños se comportaron de la forma más normal, demasiado normal, casi irreal: no hubo peleas, ni gritos, ni discusiones por quién ponía o quién recogía la mesa; se habían convertido en verdaderos querubines con la intención de que los adultos no sospecharan nada de lo que planeaban hacer en la tarde. Los infantes esperaron y esperaron hasta que, como todos los días, sus padres fueron al pueblo que se encontraba cerca de la casa para tomar café y convivir con otras personas grandes. Así, la casa quedó vacía con excepción de la abuela y de la mamá de Diego, que decidió quedarse para terminar un trabajo en su computador.

Ahora tenían alrededor de dos horas para ejecutar su plan y, aunque hubiese dos adultos, nadie los interrumpiría pues la abuela siempre dormía su siesta después del almuerzo y su mamá, cuando trabajaba, no interactuaba con el mundo. Como tropa, los niños consiguieron unas cuantas tijeras y se dirigieron a las burlonas plantas, marchando por la sala, pasando la puerta y enfrentándose al jardín, paso por paso, hasta encontrarse frente a ellas.

— ¿Por qué están aquí? No les ha bastado con todos los regaños que han recibido— les dijo la petunia.

Sin responder, los críos se acercaron y ¡zas, zas, zas!... cayeron los claveles.

— ¿Qué están haciendo?—les gritaron las rosas con tono altanero…

¡Zas, zas, zas! Y después las orquídeas.

— ¡Nos están cortando! — advirtieron los girasoles…

¡Zas, zas, zas! y la dalia calló.

— Piedad, por favor…— lloraron las hortensias.

¡Zas, zas, zas! ¡Zas, zas, zas! ¡Zas, zas, zas!

Y ninguna quedó en pie.

— ¿Ahora qué hacemos, Diego? — preguntó la más pequeña de sus primas.

— Puede que las flores hayan sido groseras, pero la abuela las quería… No dejemos que fallezcan en vano.

La mamá de Diego seguía trabajando cuando notó algo muy extraño: los niños estaban calladísimos, sin gritos, ni reclamos, ni llantos, sin ruido alguno. Preocupada, se paró para buscarlos. ¿Qué si algo les había pasado? Cada vez más rápido, bajó las escaleras casi a brincos y corrió al jardín… Lo que vio la dejó pálida y le hizo pegar tremendo grito:

— ¡Dios mío! ¿Qué han hecho? ¡Mataron al jardín de su abuela!

— Lo hicimos por ella, para protegerla de las antipáticas flores— le contestaron todos los pequeños.

Lo que ahora se encontraba frente a ella era el mayor arreglo floral que jamás había visto, con cientos de flores decorando la mayoría del gran jardín, brindando vivos colores y agradable fragancia a todo el espacio. Se quedó muda durante varios segundos…

— Su abuela va a quedar tristísima… Cuando se entere, vamos a estar todos en grandes problemas.

— No te preocupes, hija.

La abuela se encontraba detrás de todos ellos, con grandes lágrimas en los ojos.

— ¿Ustedes hicieron esto por mí?

— Sí— respondieron Diego e Isabel en unísono, con un tono apenado.

— Muchas gracias, es el regalo más bonito que nadie me ha dado— más lágrimas corrieron por su arrugado rostro, mientras veía cómo corrían los nietos entre las flores. Agarrando a su hija del brazo, la pequeña anciana se sentó en la silla que se encontraba cerca de ella y se quedó mirando el jardín con una sonrisa en los labios.

Así nació en la familia de Diego la tradición de que, todos los veranos, entre los nietos y otros nuevos que llegaron después, se cortasen todas las flores del jardín para hacer el gran arreglo floral a su abuela, tradición que se sigue haciendo hasta el día de hoy, años después del fallecimiento de la alegre anciana.

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Dirección:

Elisa Guadalupe Cuevas Landero

 

Subdirección:

Alexa Moreno Buendía

 

Edición:

Arturo Oscar Suro Cruz 

Colaboran en esta obra, miembros de la comunidad universitaria de la FES Acatlán y de algunas otras facultades de la UNAM; así como miembros de otras instituciones públicas nacionales y extranjeras. Los escritos son propiedad intelectual y responsabilidad de quienes los escriben y los firman.

Editorial de la revista impresa: 

https://nidodelfenix.com/

 

A cargo de

Horacio Gabriel Saavedra Castillo