El telescopio perdido

 I

 

En aquella extraña parte de la ciudad, la más extraña de todo el globo terrestre, todas las tardes heladas, que para los habitantes acostumbrados a climas moderadamente cálidos, denominaban con mucho esfuerzo de tolerancia “el odiado invierno”, yo solía observar desde mi pequeña ventana del edificio un paisaje elemental en el que las masas de transeúntes bajaban con premura las escaleras en dirección a introducirse en las paredes subterráneas del metro. Algunos de ellos cargaban bolsas de plástico; otros sujetaban con sus guantes portafolios llenos de documentos.

 

 La mayoría de los cuerpos estaban disfrazados con ropa muy holgada y oscura, temblando sin parar, a un ritmo desigual pero en conjunto y a distancia se podía percibir, a los ojos de un curioso observador, un movimiento armónico. Era yo ese “curioso” observador que cotidianamente pierde el tiempo cada vez que se le presenta la oportunidad de hacerlo.

 

Qué importa el tiempo cuando uno ya ha terminado sus deberes; en mi caso, yo ya había terminado la tarea. Antes de este día no solía tener nada parecido a un ser curioso como lo fueron Einstein o Kafka en su momento. No, en serio. Sólo perdía un poco de más el tiempo hasta esta tarde en la que me impactó de manera incontenible un hombre entre otros hombres, de los mismos que se dirigían al gusano subterráneo. ¡La curiosidad de los grandes había tocado a mi puerta! Había tocado cuando un sujeto con sombrero abombado, saco negro con corbata verde limón con Botas blancas, se diferenciaba entre la multitud.

 

El color casi fosforescente de su corbata llamó inmediatamente la atención de mi mirada. Alcancé a observar que dirigía con sus manos, con la misma sutileza de un mago, las direcciones correspondientes a la caja que transportaban cuatro sujetos en cada una de sus esquinas. Me pareció que decía algo como “¡Por aquí!”, “¡No, no tan rápido por favor!”, “Por acá, síganme, con cuidado señores, por favor”. Parecía que llevaba dentro un objeto de peso considerable y por cuya diligencia y meticulosidad que los custodios desprendían de sus gestos corporales debía ser de suprema importancia.

 

 Vi que los custodios y el mago pararon por un momento en la décima escalera de las cincuenta por recorrer. No esperé más y bajé con tremenda rapidez a investigar lo que la caja ocultaba. Ya en la calle, mientras esperaba que el semáforo cambiara de color para cruzar la avenida e ir sin límite a mi objetivo, un vendedor de periódico gritaba:


“¡Extra, extra! ¡Anuncian llegada de Fecker a nuestro planetario!
¡Extra, extra...!”

 

 

Mi atención en esos momentos se limitaba crudamente a que esos cuatro sujetos y el mago no desaparecieran por ninguna razón de mi vista. Por suerte, el semáforo se puso en verde y pudimos avanzar yo y toda esa multitud que parecía dirigirse hacia mi objetivo. Mientras yo esquivaba las bolsas y los zapatos de aquella multitud que me rodeaba interminable, el mago y sus secuaces ya habían desaparecido.

 

¡No lo podía creer! ¿A dónde rayos habían ido? Descendí hasta llegar a la taquilla, revisé las filas deseando encontrar la caja entre toda esa humanidad reproducida, hasta que un curioso –aún más curioso que yo–, señalando al norte con brazo extendido, gritó fuertemente: “¡Ahí va nuestro Fecker, humanidad! ¡Viva la ciencia, señores!...” Sin embargo, a pesar de tan alegre y emocionante expresión en su rostro, la gente seguía su rumbo sin ninguna pizca de inmutación por aquellas palabras; la mayoría lo miraba como se mira a un loco en su celda.

 

 El curioso más curioso que yo era un joven enjuto que llevaba encima una bata blanca cuyas siglas no alcancé a descifrar; sus anteojos negros le cubrían el cincuenta por ciento del rostro. A pesar de ello, alcancé a ver el brillo de su mirada y el color casi rosado en sus mejillas, producto de la impresión sin igual que acababa de experimentar.

 

Poco después arrastré la mirada a la dirección que mostraba con su brazo y encontré la susodicha caja que buscaba. El mago precedía, como la primera vez, a los custodios. Siguiéndo los pasos del joven curioso, pude estar en el momento exacto en que el mago chocó su palma con la del joven, diciéndole:

 

 

“Sí, exacto... éste sólo es el comienzo: estamos en la era en que el universo nunca pudo estar más cerca de nuestro sojos... ¡Nebulosas, polvo cósmico, planetas helados, estrellas calientes! Todo lo que podamos conocer está bajo nuestras propias posibilidades en el avance científico; está bajo nuestras propias manos...” lo decía sin tomar aliento, haciendo ademanes con gran júbilo arrebatado, mientras que el joven de la bata blanca parecía desvanecer su pisada mientras escuchaba las palabras de su locutor y tocaba con diligencia el borde de la gran caja.

 

Su mirada adolescente brillaba inundada de una especie de lágrimas penosas, de ésas que nunca salen de ningún lugar, que se tragan a fuerza de no exponer algún tipo de debilidad; pero en él, parecía que la debilidad no existía, no existía nada más que un sentimiento aún no experimentado por mí; aún por mí nombrado jamás...

 

Era una mirada, mezcla de felicidad, asombro, esperanza y misterio.Leí en la parte media de la caja:

 

Telescopio reflector Fecker. Diámetro de espejo: 30 centímetros.Potencia: 40 a 350 aumentos: se puede observar completa la luna hasta interiorizar en alguno de sus cráteres. Número de serie: 2/5.

 

Ahora entendía la diligencia de aquellos sujetos que lo cargaban, la impresión inmediata del joven y el auténtico y particular atuendo del mago. ¡Era el segundo telescopio del mundo de este tipo! Con cierta dificultad pregunté al joven que me precedía si algún día podía yo observar tras su lente. El joven se inclinó hasta que mis ojos alcanzaran su altura y dijo frotando mis cabellos desorientados: “Algún día, chiquitín”.   

Lee también el ensayo sobre: CONFLICTO DEL LÍMITE: CIUDAD DE MÉXICO

II

 

 

Habían pasado tantos meses desde que tuve a unos cuantos metros de distancia el telescopio. Ya no recuerdo nada de los días que siguieron a ese día sin igual. Quizá hube de regresar al departamento, sin asombros y con mucho de lo ordinario; hube de observar tras mi ventana el mismo paisaje invernal con gente común, invernal.

 

 

Me dedicaba a otras cosas, sin olvidar en absoluto las palabras del mago.Me daban vueltas y vueltas en espiral, como si lo escuchara tras el transmisor de radio, a cualquier hora que mi madre lo encendiera. Mientras el locutor famosísimo del noticiero famosísimo presentaba las novedades de esos días, yo creaba una especie de mutación entre la voz de él y la del mago;entre las palabras de él y las del mago. Yo me divertía sobremanera haciéndolo, hasta que la voz de mi madre borró de un manotazo la nube miscelánea en la que me encontraba,preguntando si acaso ya había hecho mis deberes escolares.

 

Pasaron los años. Cuando tuve más edad, investigaba lo que me intrigaba acerca de la naturaleza de las estrellas y de los seres humanos: me sorprendía cada párrafo que leía cuando sacaba algún libro de astronomía o cosmología de la biblioteca,no por lo que el texto decía en sí, sino por el nivel de abstracción que podía alcanzar al imaginar el universo en un frasco, ante mis ojos, sin ni siquiera haberlo visto antes.

Cada noche, cuando alguna locura fantástica producida por mis deseos insatisfechos no asaltaba mi inconsciente, soñaba que mi ojo cruzaba sus límites al observar tras de la lente del Telescopio reflector Fecker. De alguna manera también era un deseo insatisfecho, aunque conscientemente lo ignoraba pues estaba a mitad de mis estudios universitarios en Ciencias Humanas y en realidad el universo o la generalidad de la vida en la tierra importaban poco en esos momentos.

 

Tuve la inocente creencia que algún día se me olvidaría ese día, el día en que vi al mago. En realidad, ni siquiera era un mago, pero la infantil memoria mía me obligaba a nombrarlo de esa manera para no olvidarlo jamás. De alguna forma, al escribir en mi cuaderno los pensamientos que invadían mi memoria, acepté con entereza y coraje un sueño que había sido anulado años atrás, el cual no quería admitir. Al día siguiente, alisté mis cosas en una mochila, llenando mis pulmones de valentía y brío para dedicarme a investigar en qué lugar de la ciudad había quedado plantado aquel viejo planetario que resguardaba el Telescopio reflector Fecker.

 

 Ve el vídeo: LA DANZA: INSTRUMENTO DE EXPRESIÓN Y LIBERACIÓN DE EMOCIONES CONTENIDAS DENTRO DEL INDIVIDUO, EN LA SOCIEDAD.

III

Siguiendo mi camino por no sé dónde, pero a donde sí sabía, preguntaba a las personas que hallaba dentro de mis coordenadas la ubicación del planetario. Nadie sabía sobre él y mucho menos se imaginaban su posible existencia dentro de los límites de esta ciudad. Cansado de mi búsqueda fallida, fui a reposar mi cuerpo en la banca del parque en el que me encontraba.

 

Por un momento dudé de mi propia memoria que conservaba inocentemente bajo los ojos de mi mirada cuando niño. No sé, quizá lo había creado todo en mi mente; quizá nunca sucedió.  Anochecía y yo seguía perdido en el aliento de la desilusión que había dejado aquél pensamiento de duda. Suspirando, observaba la primera estrella que se pintaba brillante en el cielo ya oscurecido. En seguida la luna ya comenzaba a aparecer en el escenario cupular.

 

La miraba con cierto recelo por ser causa de mis intrigas y mis desvíos en mi camino que creía ya recto, sin ambigüedades ni vacilaciones. Incluso pudo haber sido protagonista del producto más fantástico de la inventiva de mi memoria. En ese momento comencé a escuchar pasos lentos detrás de la banca, hasta que dejaron de sonar y de reojo vi una silueta a lado mío. Me dijo con tono suave: 

 

– Es poco común encontrar a estas horas de la noche a un compañero que comparta este mismo suspiro. La mayoría andan perdidos en sus celdas, prisioneros de sus problemas de hombres y pocos son los que, sin ignorarla radicalmente,tratan de huir de ella, al menos por unos pocos minutos... No supe qué responder en ese momento, pensaba en lo que me había dicho.–

 

Parece que te trae por aquí lo mismo que a mí me trae por aquí... –continuó.– Pero, ¿qué hace usted a estas horas sentado solitario?–respondí sin más palabras que las que no pude alcanzar a tragar en mi desilusión; le dije – He fallado en una búsqueda y creo que he fallado también al tomar un camino por ignorar otro. ¿Usted sabe acerca de un planetario que resguardaba?...–no terminé y él completó la pregunta, respondiendo:–

 

El Telescopio reflector Fecker, traído a este país en el año 1958 por la donación de un científico...¡No había ido más allá con mi imaginación ni mi locura de niño! ¡Existía! ¡Existía! Le pregunté si alguna vez hubo tenido la oportunidad de observar tras su lente. La respuesta fue negativa, dijo haberlo visto únicamente en una fotografía perdida en algún periódico de ese año.

 

Aquel viejo no era científico, pero había leído en su juventud un cuento que le abrió el cielo a la infinita posibilidad que constituía un universo en su tiempo desconocido. Cuando se fue, me agarró el hombro con cariño, agitándome cordialmente, mostrando su gusto por haber encontrado un hombre como él.Me quedé todavía un tiempo más ahí sentado, pero con un humor diferente y una ilusión resucitada: ¡Existía! ¡Existía!

Conoce más de Crisol Acatlán en nuestra página: ¿Quienes somos? 

IV

 

El centro de mis investigaciones se había reducido a la única duda que había invadido realmente mi pensamiento desde niño. Había cambiado mi bibliografía, mis dudas, mis inquietudes. Al parecer, mi forma de vida también.Pasaba poco tiempo con mis hijos, pues ya habían crecido y poco les importaban mis inquietudes, pues ellos ya tenían las suyas. Reuní todo tipo de información de ese año: sólo un periódico pudo documentar la llegada del Telescopio Fecker y no cabe duda que era el que anunciaba ese hombre que gritaba las novedades de la tarde mientras yo esperaba a que el color del semáforo cambiara.

 

Lo que pude rescatar de mis investigaciones fue que el Telescopiore flector Fecker tuvo sus años de esplendor científico como herramienta para el conocimiento astronómico. Su cuerpo alargado reposaba en uno de los espacios del primer planetario de América Latina cuya construcción e instauración fue gracias a los esfuerzos de los miembros de la Sociedad Astronómica Mexicana. Esta sociedad estaba integrada por astrónomos, científicos y personajes de la cultura como Amado Nervo y Gabilondo Soler. Muchas experiencias interestelares pudieron recabar en sus distintas anotaciones de las observaciones bajo un lente que suspendía lo que al alcance del ojo humano es privado.

 

Dicha observación extraordinaria intrigaba la inteligencia de los científicos de manera considerable. No pude rescatar más: la información acerca de este objeto era terriblemente escaza. Para finalizar mi investigación debía visitar el planetario, del cual ya sabía su localidad. Era el día esperado. Cuando llegué y vi la construcción, mis ojos se iluminaron con un color brillante y mágico, a pesar de que mostraba signos de una decadencia incomparable. El primer planetario de América Latina que resguardaba uno delos cincos telescopios Fecker de su tipo estaba plenamente olvidado.

 

No podía creer lo que estaba viendo: sentía queme derrumbaba por dentro al igual que lo haría la ruina venidera de esta construcción insólita. ¡No podía dejar que se derrumbara y aplastase al Telescopio reflector Fecker!¡Nunca! Decidí entrar al recinto a salvar la memoria que estaba a punto de desaparecer completamente. Todo estaba oscuro, pude reconocer objetos gracias a la luz tenue de la tarde que entraba sin sospecha a iluminar humildemente el lugar. A cada paso sentía en mi rostro grandes trozos de telarañas, señal del olvido. Me sentía como en la jungla, donde la vegetación es tan abundante que obstaculiza el andar. 

 

En este caso, las telarañas eran nubes que no podía soplar el viento fácilmente y sentía la humedad por dentro de los pulmones. Se olía el olvido. En las mesas aún se encontraban algunas hojas con coordenadas. A lado de las hojas, un plano enorme que abrí en el que decía “Selenografía: 1900”. Eran los planos originales de un astrónomo del otro lado del mundo. Se inscribieron en él todos los posibles sitios observables de la luna, del único lado del satélite que se puede analizar por la posición que tiene hacia el Sol: únicamente conocemos una parte de nuestra luna.

 

En el otro lado del mueble en el que hallé este mapa, había libretas con apuntes de observaciones. Recorrí todo el recinto pero el Telescopio Fecker nunca apareció. Después de publicar mi investigación sobre este lugar por la mayoría omitido, se reunieron algunos científicos y astrónomos para revivir lo que ya no tenía futuro, ni pasado, aparentemente. Meses después, el telescopio fue encontrado por mí en un lugar inimaginable, en una situación casi irreal, con una suerte nada ordinaria, poco usual.

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V

 

Recorría las aceras una tarde de julio y paré a comer algo en el tianguis que se encontraba al otro lado de la avenida. Después de haber calmado el hambre con unos tacos de barbacoa, decidí ir a buscar algún lugar en el que vendieran verdura fresca para la semana. Me acerqué al puesto y pedí tomates y algunas zanahorias. Mientras la señora me atendía, desvié la mirada al puesto de al lado.

 

 

En un segundo, mi mirada se posó fijamente en ese objeto que había sido anhelado por mi mirada desde aquella vez que se escondía en la caja. Dejé mis bolsas en el piso, a la señora de la verdura hablando sola y me dirigí directamente a tocar el Telescopio Fecker. Sabía que era él: la fotografía del periódico que el viejo había recordado existía y yo la había visto y archivado para mi investigación. El vendedor me detuvo al momento en que dirigía mi cuerpo con todas mis fuerzas hacia el aparato.


Pregunté sin vacilar: “¿En cuánto está ese telescopio?” El vendedor lo miró sin ningún asombro, como si la costumbre de verlo a diario durante años lo hubiera llevado al hartazgo exagerado. “¡Deme lo que quiera! Lléveselo... ¿Trae coche?” No sé ni cuánto saqué de mi billetera, supongo que todo lo que traía en ella. Dejé mi verdura en el puesto con una respuesta por parte mía sin decir. La señora se resignó a mi veloz huida de fugitivo imperdonable. 

 

El Telescopio reflector Fecker se encuentra a salvo. Se lo habían robado del recinto para llegar hasta un mercado de la ciudad. Ahora funciona en el remodelado planetario. Cualquier mujer, hombre y niño puede ver la luna tras su lente. Por fin, la promesa del joven enjuto de bata blanca de aquel día cuando el mago, se había cumplido. Ya no era un niño, pero cuando lo pude tocar y observar tras de su lente, volví a mi curiosa infancia. Vaya que tuvimos suerte.

 

 

 

VI

 

¡Este cuento está basado en hechos reales!, el planetario y el “telescopio perdido” (Telescopio reflector Fecker) se encuentran en el parque Álamos, delegación Benito Juárez, en la ciudad de México desde 1958. El telescopio Fecker fue donado por el científico Luis Enrique Erro, uno de los fundadores del Instituto Politécnico Nacional (IPN). En el 2011 fue rescatado de su abandono por estudiantes, académicos del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y los vecinos de la colonia Álamos. ¡Hay que visitarlo!

 

(JULIO 2015)

 

 

Estudiante de sexto semestre de la licenciatura de Sociología en la UNAM. Siente un verdadero amor por las letras, las palabras, las historias escritas y visuales. También por los colores del mar, las metáforas, las paradojas y la belleza de la invisibilidad en todas sus formas.
Contacto: alexamobu@gmail.com

 

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Dirección:

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Subdirección:

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Edición:

Alexa Moreno Buendía

Horacio Gabriel Saavedra Castillo

Moisés Misael Mitre Medel

Colaboran en esta obra, miembros de la comunidad universitaria de la FES Acatlán y de algunas otras facultades de la UNAM; así como miembros de otras instituciones públicas. Los escritos son propiedad intelectual y responsabilidad de quienes los escriben y los firman.

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Edición digital:

Arturo Oscar Suro Cruz