Milan Kundera: nimiedades que evoca

El checo nacido en 1929 y nacionalizado francés, tras los conflictos de la invasión Rusa en 1968, ha mantenido presente en toda su obra una sombra que le ha seguido a lo largo de su vida, o al menos en gran parte de ella, y que gira en torno al desengaño, la finitud de la sensación de libertad y una peculiar fascinación por el exilio.

 

 

 

 

Mientras que al realizar una lectura de este autor es fácil dar cuenta de la ligereza con la que cada situación se desarrolla, no es del todo cierto que una concentración intelectual (1) intensa resulte infructuosa y no brinde al lector elementos más allá de lo lúdico, así como tampoco prescinde de focos de atención en el análisis sociológico con una aparente lectura fácil de escenas, que de tan claras, orillan con facilidad a creer que no existe mayor problema en sus planteamientos.

 

 

 (1) Haciendo referencia a La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, en su crítica a Milan Kundera como productor de una “literatura light” de “falsa reflexión” y, que hace creer al lector, una supuesta inexistente profundidad, siendo parte de la banalización de la cultura. 

 

Esta “fácil asimilación” y “falta de osadía” probablemente contienen las claves que Milan Kundera ofrece como un canal que a través de la ficción, el ensayo, la historia y la novela, desembocan en un compendio de historias en las cuales suele haber un juego de combinaciones entre lo ficticio y lo real respecto a lugares, hechos y personajes, dando siempre luces de una reflexión filosófica que se apoya de la constante digresión, tanto en la narrativa como en los personajes. 

Foto tomada de la película La Insoportable Levedad del Ser de Philip Kaufman de 1988

 

Kundera ataca con ironía y sin ninguna prisa especificidades del mundo social y las pone a funcionar en uno o muchos escenarios, todos a la vista del lector, pero poniendo en puntos suspensivos las consecuencias al no responder al criterio de verdad histórica, al no haber un corpus que permita con esa misma omnipresencia culminar la búsqueda del alivio ontológico que la novela presenta.

Foto tomada de la película La Insoportable Levedad del Ser de Philip Kaufman de 1988

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La fuente del miedo está en el porvenir, el que se libera del porvenir no tiene nada que temer. Milan Kundera

 

La confianza absoluta en el progreso científico es una de las características que marcaron el contexto en el que Kundera vivió y escribió. Un claro ejemplo de ello es La lentitud junto con una de las aseveraciones primeras y que introducen hacia la reflexión por desarrollar:

 

“La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre.” (Kundera: 1995).

 

 

Si bien el título prevé ya del ritmo con que la novela se desenvuelve, lo que no muestra es la cualidad principal que ésta brinda: el hecho de que presenta el teatro social a través de distintas historias las cuales no se sabe en qué momento suceden simultáneamente o en cuál hay diferencias abismales entre ellas. Los escenarios que Kundera presenta permiten vislumbrar la condición del rol y de la identidad múltiple en función de cómo alguien se re-presenta a sí mismo ante los otros. (2) 

 

(2) cfr. Goffman, Erving. La presentación de la persona en la vida cotidiana

 

El sentido dado al Yo por cada personaje resulta en la construcción de una estructura social que los problematiza en cuanto al ritmo mismo de su vida y les motiva a emprender una búsqueda (a veces inconsciente) del mecanismo capaz de apaciguar o diluir el problema de la violencia, del terror y de la finitud (2) no en el personaje, sino en el lector que a través de esta escritura ejerce una lectura de sí mismo. (3)

 

2 Esquivel, Sigisfredo. “Devenir, crear, destruir” en Sociología y literatura. Imaginar nuestra sociedad. p.148

3 Payá-Jiménez. “Devenir, crear, destruir” en Sociología y literatura. Imaginar nuestra sociedad, p.13.

 

 Al inicio, la forma en que el autor “da a leer escenas, experiencias íntimas, razonamientos, acciones e interacciones”(4) adquiere en esta novela niveles de intimidad que facilitan el reconocimiento del lector en la situación que se encara: quizá esto se deba en gran medida a que así como la finitud es una de las grandes preocupaciones del hombre, lo es también el tiempo.        Audio libro La lentitud de Milan Kundera                                                                                                                   

4  Lahire, Bernard. El espíritu sociológico. p. 169.

 

La lentitud no tiene pretensiones de enunciar la incertidumbre que existe acerca del empleo del tiempo futuro, sino que inesperadamente se coloca en el clímax del suceso del tiempo en el presente:

 

Contrariamente al que va en moto, el que corre a pie está siempre presente en su cuerpo, permanentemente obligado a pensar en sus ampollas, en su jadeo; cuando corre siente su peso, su edad, consciente más que nunca de sí mismo y del tiempo en su vida. Todo cambia cuando el hombre delega la facultad de ser veloz a una máquina: a partir de entonces, su propio cuerpo queda fuera de juego y se entrega a una velocidad incorporal, inmaterial, pura velocidad, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis. (Kundera: 1995) 

 

 Capítulo del 7 al 12 

 

¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud? Es uno de los cuestionamientos presentes en esta novela y que se ilustra tratando de explicar la insistencia del hombre de relacionar a la velocidad no sólo con el desprendimiento de su cuerpo, sino con el desprendimiento mismo de su vida con parte de sus memorias o experiencias.

 

 

La manifestación de dichas “válvulas de escape” da como resultado algunos de los procesos de interacción visibles en la vida cotidiana, más aún, si se mira a ésta con especial atención en los detalles y cuyos gestos y artilugios evocan a la teorización vivencial (5) y remiten a los elementos que 

 

Goffman describe dentro de las rutinas de microinteracción (6), que son dadas en el espacio social y que bien pueden ser producto de los procesos de modernidad, así como a rutinas ligadas a tiempos y espacios determinados que ayudan a la descripción de modelos de conducta en sectores específicos.

 

 

5 Payá-Jiménez, óp. cit., p. 1

6 Goffman, Erving. Relaciones en público. Microestudios del orden público. 1979

 

                                                                                                                                                                                             Ervin Gopffman 

 

 

Para Barthes, el hecho de posar para una fotografía, remite a un actuar teatral que a su vez es una imitación de sí mismo, provocando una postura frágil, una impostura que lleva a la anti teatralidad y  que es precisamente lo que punza en el espectador (7)               

                            

Roland Barthes

 

 

7 Entendiendo este punzar como lo que Barthes llama el “punctum” de la fotografía en La cámara lúcida. p. 59.

 

 

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La cámara lúcida / La Presentación de la persona en la vida cotidiana

 

En la lentitud, este teatro de actos atemporales contiene también la impostura de sus actores, cuya pose se maquila en el juego constante de la velocidad y de la estrecha relación que ésta mantiene con la violencia, el resultado, cargado del embelesamiento sofocado constante, rompe la pose en un culmen de ironías cuyo advenimiento responde cual “to love” (8) de lo que sale a escena como si tuviese tal carácter azaroso y no el de su condición real como algo construido en detalle.

 

8 ibíd.,  pp. 59-61

 

Pontevin hace una larga pausa. Es un maestro de las largas pausas. Sabe que sólo los tímidos las temen y que se precipitan cuando no saben qué contestar, en frases apuradas que les ridiculizan. Pontevin sabe callar tan soberanamente que incluso la Vía Láctea, impresionada por su silencio, espera, impaciente, la respuesta. (Kundera: 1995).

 

 

Si bien las formas de interacción que podrían ser vislumbradas a la luz de La lentitud no representan un fiel escenario de lo social en lo empírico, las evocaciones que de sus situaciones se desprenden contienen dentro de sí elementos de las formas cotidianas que de ser parecidas a las observables en el día con día (cosa nada extraña en este autor), se hacen presentes con fines muy distintos.

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El constante juego de apariencias de Beck como el bailarín que “no desea el poder, sino la gloria; no desea imponer al mundo una u otra organización social [...] sino ocupar el escenario desde donde poder irradiar su yo” (Kundera: 1995: 27) y Pontevin quien aburrido de no saber en qué emplear su vasta inteligencia, se dedica a hacerla notar entre sus allegados en pos de acrecentar su posición, alimentan de cierto modo la forma en la que Vincent “el discípulo de Pontevin” comprenda y adquiera la conciencia inevitable de representarse en un papel al presentarse ante un público, del grado de convicción que se posee en escena, así como de la correlación con la máscara que se lleva.

 

 Capítulo del 13 al 18

 

Vincent constantemente está cambiando de máscara y probando con las que en su entorno ha visto funcionar en el trepar hacia un estatus mayor al suyo; sin embargo, no toma en cuenta que cualquier tipo de detalle turba su búsqueda de legitimación no sólo en el círculo, sino en el campo en el que se encuentra.

 

Es precisamente cuando sus intentos lo llevan a la ridiculización cuando se da una ruptura de estas identidades adquiridas entendiendo que la actitud de “bailarín” está más habituada de lo que él creía por los otros como consecuencia de la entrada de los medios de comunicación en la vida privada (ahora pública) de su círculo.

 

Es aquí donde se encuentra una vez más el elemento de la aceleración y la lentitud como escape ontológico: la prisa con la que Vincent toma sus tragos y la excitación que mantiene de ese momento en adelante son parte del frenesí que en estos días rige a las sociedades modernas ante una crisis latente que no necesariamente tiene que ser activada como en Vincent para manifestarse en un actuar cotidiano.

 Capítulo del 19 al 24

 

Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria; entre la velocidad y el olvido. Evoquemos una situación de lo más trivial: un hombre camina por la calle. De pronto quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el paso.

 

 

Por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso que acaba de ocurrirle acelera el paso sin darse cuenta, como si quisiera alejarse rápido de lo que, en el tiempo, se encuentra aún demasiado cercano a él. (Kundera: 1995)

 

 

Es entonces que “el actuar con naturalidad” (9)  adquiere otro sentido, el del “actuar con naturalidad debido a”, “como consecuencia o escape de”, el interés sociológico en esta lectura encuentra aquí un foco de atención en el que las motivaciones modifican la acción colectiva y los vínculos sociales.

 

9Goffman, Erving. La presentación de la persona en la vida cotidiana. pp. 267-269

 

¿No es ya una característica de la modernidad la fascinación por la velocidad y los cambios acelerados?

 

Mientras Kundera se dedica a la aceleración y desaceleración en la presentación de personajes con necesidad constante de reivindicar el poder de su papel, o como expertos en la ejecución del rol como con Madame de T. en el juego de la seducción del amante fortuito, la realidad muestra que el tirar de los hilos de la velocidad se ha vuelto un acto ya habituado con relación a la memoria. 

 

[...]colectividades surgidas en situaciones y condiciones propias que se expresan también en modos de respuesta simbólica y en formas de vida (acciones, valores, afecciones, deseos y formulaciones cognitivas) articuladas en vertientes interpretativas de un texto literario. La sociología se abisma en esta comprensión local, situacional, de los patrones de la lectura, en los confines del análisis microsociológico, en una comprensión antropológica de la lectura como régimen de acción colectiva y como sustento de valores y experiencias de vínculo.(10)

 

10 Mier, Raymundo. “Devenir, crear, destruir” en Sociología y literatura .Imaginar nuestra sociedad. p. 67

 

 

La lentitud hace pensar en los encuentros inesperados y no deseados donde la serie de rituales son bien conocidos: un mínimo contacto visual, un breve y torpe intercambio de palabras, el gesto de la mano o de la cabeza, todo siempre sin intención de detener el paso, pero sí con la de terminar lo antes posible con el encuentro.

 

A menos, claro está, que se intente recordar en su totalidad a la persona, caso en el que tras terminar el encuentro, el paso también se hace más lento y enseguida se normaliza como si fuese señal de indiferencia.

 

El juego de retención de la excitación que Madame de T. mantiene durante toda la noche con el amante fortuito para culminar en el acto amoroso no es del todo ajeno a quien está a punto de abrir los ojos frente a una sorpresa, prolongando la excitación de la develación en los últimos segundos en los que sostiene sus manos sobre el rostro o en los que ejerce presión sobre sus párpados, es “una exigencia de la belleza, pero ante todo de la memoria, imprimir una forma a una duración. Porque lo informe es inasible, inmemorizable” (Kundera: 1995: 47), porque los instantes previos generan en ese suspense, la huella en la memoria.

 

 

La gracia con la que Pontevin modula la rapidez o la lentitud de sus actos, de sus frases, de sus pausas y de la mordacidad de sus comentarios que le permiten mantener siempre la atención de los otros, remite a la vida escolar en la que la existencia de quien es fácilmente identificable por las particularidades de su discurso es imprescindible, pero que fuera de dicho ambiente adquiere una actitud más pasiva; mientras que Vincent, quien adquiere dichos modos, recuerda la búsqueda de identidad a través de la incorporación a esquemas que obedecen no a un personaje como en su caso, sino a una época o corriente de ésta.

 

Beck, quien por su parte es conocido por aprovechar la situación para hacerse notar en el escenario y sublimar su Yo, es capaz de poner a pensar en que la epopeya del arroz (Kundera: 1995: 22), que protagoniza al posar con niños africanos moribundos y provocar el revuelo que les hiciera llegar un poco de arroz, aplica una lógica cuya rápida expansión en cuanto al despliegue de la información no está lejos del fenómeno de lo viral que en estos días funge como filtro de los sucesos que se dan a conocer como “de importancia” y que se detiene después de una efímera solidaridad alimentada por la velocidad que la tecnología brinda a la salida de información, pero sobre todo, que abre el telón de lo acontecido ante un número mucho mayor de espectadores.

 

Por otro lado, Milan Kundera no se salva de reflejar en sus personajes, fantasmas que le aquejan dado el contexto en el que se desenvuelve y que ayudan a la interpretación. Está en el científico checo que se siente altamente orgulloso de la peculiaridad de su apellido y cuya participación en el encuentro de entomólogos le hace resaltar la importancia de sus vivencias olvidando por completo su ponencia; no resulta sorpresivo encontrar que en la biografía del científico esté la invasión rusa de 1968 y que le echaran del instituto donde trabajaba por razones políticas y por esta causa, viéndose obligado a trabajos menores.

 

En conclusión, los modos de inexistir (11) que se realizan en La lentitud a través de la ficción cobran sentido como evocación-fantasía, como la construcción resultante de la significación de las ausencias: un despliegue de lo reflexivo y la experiencia propia; como indicaría Becker (12), “Las novelas realistas de la vida social a menudo ofrecen este tipo de análisis sociológico alternativo, uno que brinda mayor detalle de los procesos involucrados y mayor acceso al pensamiento cotidiano de los involucrados” siendo en Kundera del interés sociológico para situar el papel del tiempo como algo de cierto modo “regulable” por los actores del escenario social que si bien reaccionan de manera distinta ante ciertos estímulos, los atraviesa el hecho de que tanto el cuerpo como otros instrumentos que les ofrece el mundo, les sirven como herramientas de “impresión de la memoria”, que tras su transmisión de generación en generación a forma de sedimentación, establecen pautas de conducta latentes que alivian la angustia generada por las necesidades y deseos del tiempo en el que viven.

 

11ibíd.,  p. 67.

12 cfr. Becker, Howard. Para hablar de la sociedad la sociología no basta. pp. 271-284.

 

Referencias

Barthes, Roland. La cámara lúcida. España: Paidós, 1989.

Becker, Howard. Para hablar de la sociedad, la sociología no basta. Argentina: Siglo Veintiuno Editores, 2015.

Goffman, Erving. La presentación de la persona en la vida cotidiana. Argentina: Amorrortu, 1959.

Goffman, Erving. Relaciones en público. Microestudios del  orden público. España: Alianza Editorial, 1979.

Kundera, Milan. La lentitud. España: Tusquets, 1995.

Lahire, Bernard. El espíritu sociológico. Argentina: Manantial, 2006.

 

 

 

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Colaboran en esta obra, miembros de la comunidad universitaria de la FES Acatlán y de algunas otras facultades de la UNAM; así como miembros de otras instituciones públicas. Los escritos son propiedad intelectual y responsabilidad de quienes los escriben y los firman.

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