Un poco de alienación

 

La palabra alienación ha sido usada en la filosofía y en las ciencias sociales por muchas décadas, sin embargo, la concepción es distinta en cada escuela de pensamiento —y también entre los muchos autores que han tratado el tema—. Pero, antes de continuar es conveniente preguntarse ¿de qué sirve dedicar tiempo al estudio de la alienación? Para responder a esta pregunta creo que es buena idea pensar en el concepto antitético de alienación, que quizá podría enunciarse como sentido firme de realidad[1] o conciencia plena de la situación social o individual.

 

 

[1] Goffman, Erving. Ritual de interacción. Buenos Aires: Tiempo contemporáneo, 1970,  p. 103.

 

 

Este estado de conciencia de la realidad es deseable para uno mismo, ya que da una sensación de certeza en la existencia individual y social, y con ello un bienestar peculiar, inefable. La mayoría de los estudios de la alienación denuncian diversos modos en que se pierde este sentido firme de realidad  pero no siempre se menciona un contraste entre el estado de alienación y el estado de firmeza de realidad. En estas páginas intentaré dar una pequeña noción de ese contraste.

 

La alienación suele denotar un estado en donde la tranquilidad de saber claramente qué ocurre en la vida de uno mismo, y en la que, sensaciones como angustia, temor o soledad inundan la percepción de la realidad –y es bastante frecuente, en la vida cotidiana e institucional, que los individuos lleguen a hallarse en este estado de intranquilidad respecto a la situación que se vive–.

 

 Es por esto que conocer algunas formas de alienación puede dar luces de qué aspectos de la vida merecen reflexionarse y trabajarse para recuperar, de uno u otro modo, el estado de bienestar y de sentido firme de realidad; o al menos tener certeza respecto a lo que aqueja a la persona en vez de sentirse desorientado y abrumado por la situación alienante.

 

A continuación se mencionarán brevemente un par de concepciones filosóficas de la alienación con el único objetivo de mostrar que no hay una sola línea de investigación en el fenómeno de la alienación y que, por ende, no se puede hablar de alienación en general, sino que siempre es necesario especificar de qué concepción de alienación se habla; posteriormente se desarrollará de modo sintetizado una interesante propuesta de la sociología interaccional o microsociología. En ambos casos habrá un intento de contrastar el estado normal y el alienado.

 La primera de estas perspectivas filosóficas considera la alienación como quietud, como un no ser, no existir, no vivir como uno mismo; pues vivir es exteriorizarse; y la alienación es una pérdida de esa exteriorización para dar paso a un letargo interior. Sin embargo, la alienación en esta perspectiva no es únicamente dejar de expresarse o moverse conforme a lo que uno mismo desearía, sino que es un agente externo al ser que mueve los hilos de las acciones.

 

Es decir, el mando queda en manos de alguna persona, grupo, institución, etc.

 

Esta concepción es una pérdida de la decisión de uno mismo en las acciones, lo que significa dejar el control de uno mismo a otra persona. Autores como Karl Marx han mencionado ejemplos de esta forma de alienación en actividades como el trabajo[2].

 

[2] Marx, Karl. “El trabajo enajenado” en Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Consultado en PDF el 15 de febrero de 2013. 

Marx menciona que el hombre se puede sentir realizado gracias al trabajo, que el trabajo es liberador y tener en las manos el producto del propio trabajo da una sensación de satisfacción. Es un ejemplo de sentido firme de realidad. El problema del trabajo, y cuando se aliena, es que otro agente diga al sujeto cuándo, cuánto y cómo trabajar, además de no permitir que el trabajador posea su propio objeto trabajado.

 

Aquí se menciona el letargo o quietud del sujeto y el posterior control sobre la acción a realizar. La consecuencia es sentir como algo no propio lo que se trabajó, como algo ajeno. Y con ello, la satisfacción propia también es ajena a uno mismo y al que dirigió la acción.

 

Sin embargo, esta pérdida de la exteriorización no siempre es negativa. Un concepto útil para comprender cuándo resulta bueno este tipo de alienación es el concepto de «sí mismo», es decir, la persona en su totalidad, compuesta por múltiples fragmentos de experiencias sociales que se presentan en diferentes situaciones según convenga. Lo interesante aquí es la formación de ese sí mismo.

 

 

Si se piensa en un niño pequeño, el sí mismo sigue en formación, y el niño pequeño no puede moverse por sí mismo en el mundo social: es necesario que dé paso a la quietud de su ser para dejar que otros lo muevan, al menos hasta que su sí mismo asimile las nuevas experiencias y pueda entonces hacer ciertas acciones sin que sea otra persona quien lo mueva.

 

El niño no decide qué, ni cómo, ni cuándo hacerlo y frecuentemente se siente presionado por las normas de los padres, sin embargo, esta incomodidad es necesaria para aprender diversas formas de socialización.

 

La alienación en ese caso es benéfica. Sin embargo, también puede ser perjudicial cuando la pérdida del control del sí mismo es prolongada; siguiendo la misma línea, un ejemplo es cuando la madre o el padre tratan de dirigir la vida de un hijo ya adulto. En este caso, dar paso a la quietud interior y dejar que lo externo mueva las acciones y tendencias del hijo, impide que se muestre la voluntad propia y puede surgir una sensación de no ser uno mismo quien vive, sino de vivir como alguien más sin saber quién exactamente; el sujeto se muestra como una apariencia, pero no como es en realidad.

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Una segunda perspectiva filosófica de la alienación destaca que nos alienamos constantemente por el simple hecho de ser humanos, ya que la capacidad de razonar permite vernos a nosotros mismos como un objeto ajeno, externo a uno mismo, como si fuésemos una tercera persona.

 

 

Esto permite tener conciencia de lo que está pasando en vez de que la situación fluya sin pensar en que fluye; es decir, esta segunda perspectiva se refiere a tener conciencia de sí, pero no una conciencia plena que dé tranquilidad, sino una conciencia que hace sentir al sujeto como si no estuviese viviendo ese momento; en donde en vez de percibirse en el aquí, uno se ve o siente como si estuviese allá[3].

 

[3] Schutz habla de coordenadas sociales del mundo cotidiano en donde la percepción normal es sentirse a uno mismo como referencia. A diferencia de un mapa geográfico, no decimos que estamos en cierta latitud y longitud, sino simplemente yo estoy aquí y tú estás allá. Esta concepción de la alienación implica tomar conciencia de ello en vez de darlo por sentado y como consecuencia se pierde la fluidez que la vida cotidiana exige.

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El ejemplo más general es verse a sí mismo como un pensamiento, pensar en que se existe en vez de simplemente existir y exteriorizarse de modo espontáneo. Se dice que la principal alienación es respecto al cuerpo o la mente: a veces el propio cuerpo se siente ajeno, como en el caso de una prostituta que lo utiliza como mercancía o de una mujer con anorexia que se piensa como pasada de peso, pese a que realmente sea muy delgada. En casos muy extremos, personas esquizoides pueden sentir sus órganos sexuales como algo ajeno, llevando esto al grado de que un hombre no sabe si tiene una erección o no o una mujer puede no sentir su vagina[4].

 

[4] Devereux, George. De la ansiedad al método en las ciencias del comportamiento. Buenos Aires: Siglo XXI, 2003, pp 62-75

 

Respecto a la mente, es ajena al verse a sí misma como un objeto, es decir, pensar que se piensa en vez de ser espontáneo. Sin embargo, esta postura no dice mucho acerca de la sensación firme de realidad, es aquí en donde la perspectiva sociológica entra en juego y es de gran ayuda en el desarrollo del tema[5]

 

[5] Sin duda también hay bastantes posturas sociológicas, pero a continuación se dará especial atención a la que Goffman propone en el ámbito interaccional.

 

 

Carlos Gurméndez menciona que la importancia de la alienación es que:

 

Mientras no descubramos a los hombres situados socialmente y alienados en sus relaciones humanas, no es posible diferenciarlos ni comprender cómo son, sienten, gozan, obran, piensan y reflexionan[6]

 

[6] Gurméndez, Carlos. El secreto de la alienación y la desalienación humana. Barcelona: Anthropos, 1989, p.35. 

 

 

¿Pero cómo se da esta relación de los hombres situados socialmente y cómo se da la alienación en las relaciones humanas? Para responder a esta pregunta se puede recurrir al planteamiento de Erving Goffman propuesto en la alienación respecto a la interacción[7].

 

[7] Goffman,  Erving. Ritual de la interacción. Buenos Aires: Tiempo contemporáneo, 1970, p. 103-122.

 

Cabe aclarar que Erving Goffman trata al hombre situado en interacciones, más que bajo la influencia de reglas estructurales (al menos en este ensayo). Es por ello que en este planteamiento se trata al hombre situado en encuentros cara a cara más que en relaciones de clases sociales o grupos claramente diferenciados, como algunos otros autores lo hacen[8].

 

[8] Por ejemplo, la sociología de Pierre Bourdieu. Bourdieu toma la diferenciación como uno de los ejes de su teoría y este elemento se presenta en muchas de sus obras.

 

 

Goffman menciona las condiciones normales de interacción, o cómo dan encuentros entre individuos de modo que se muestre respeto por la situación social.

 

Cuando el individuo entra en una relación de conversación con otros, puede quedar espontáneamente comprometido en ella. Sin pensarlo y en forma impulsiva puede quedar hundido en la conversación y ser arrastrado por ella, olvidado de otras cosas, inclusive de sí mismo.[9]

[9] Ibíd.,  p. 103.

 

 

En este fragmento va implícita la idea de exteriorización de modo que no haya una conciencia de sí que impida dejarse fluir en un encuentro conversacional, al contrario, el sujeto se olvida de sí para dejarse llevar espontáneamente. Al hacer esto el individuo queda arrobado en la conversación y ésta se vuelve un pequeño mundo que cobra sentido como una realidad de la que se tiene certeza «un pequeño terreno de compromiso y lealtad con sus propios héroes y sus propios villanos»[10].

 

[10] Ibíd.

 

 

Por débil o fuerte que sea la atracción de cada individuo a la conversación, la expectativa de comportamiento más importante es que el foco de atención cognoscitiva de cada uno se encuentre en la conversación. Esto puede incluir o no la atención del foco visual. El que todos mantengan su atención cognoscitiva en la conversación es una muestra de respeto a la situación social, y por lo tanto a sus participantes.

 

Hallarse en una situación social, según Goffman, lleva a que los sujetos traten de mostrar una imagen adecuada de sí, un respeto a los presentes y una consideración adecuada al encuadre o contexto en el que se encuentren. En estos encuentros los individuos usan palabras, gestos, actos y otros sucesos para emanar, quieran o no, su actitud ante la situación.

Pero, después de esta introducción teórica, ¿cuál es la importancia de dejarse llevar por un encuentro conversacional? La respuesta es mencionada por Goffman más o menos del siguiente modo; cuando uno cumple las obligaciones que se establecen en una interacción se obtiene el resultado de una buena interacción:

 

Estas dos tendencias, la de quien habla para atenuar sus expresiones y la de quienes escuchan a acentuar sus intereses, cada uno a la luz de las capacidades y exigencias del otro, constituyen el puente que la gente construye de uno a otro, y les permite encontrarse para un momento de conversación en comunión de participación recíprocamente sostenida. Esta chispa, y no los tipos más evidentes de amor, es la que ilumina al mundo[11]

 

[11] Ibíd., p. 106. [Las cursivas son mías].

 

Con «la chispa que ilumina al mundo», el autor remite a la sensación firme de realidad, y por lo tanto a no estar alienado. Hasta aquí se ha dado un muy condensado panorama de una interacción normal y se ha mostrado un ejemplo de cómo el hombre está situado socialmente[12]. 

 

 

[12] Pero cabe recalcar que no es en lo absoluto el único modo de describir cómo se está situado socialmente, pues hay perspectivas que pueden tomar en cuenta el tiempo y lugar, otras que pueden tomar en cuenta factores económicos y culturales, entre otras.

Ahora queda la cuestión de ¿cómo se aliena? Hay que recordar que lo principal en esta perspectiva es el foco de atención cognoscitiva, y es justamente de eso de lo que depende alienarse o no respecto a la interacción. Retomando la segunda postura filosófica mencionada en el escrito, lo que lleva a la alienación es una conciencia que hace sentir ajeno el momento que se vive.

 

 

Del mismo modo, cuando la conciencia se aleja del foco de atención cognitiva se cae en alienación, y dicho de un modo mucho más concreto: se ofende a todos los que están en la alienación y se pierde la chispa de sentido que daba la espontaneidad en el encuentro; surgen sensaciones de incomodidad y la interacción corre el riesgo de terminar.

 

 

Goffman menciona algunas formas de alienación, todas giran en torno a la interacción como foco de atención cognoscitiva, pero cada una se desvía en diferentes cosas.

La primera forma es la conciencia de una preocupación externa. Es decir, que el foco de atención está en un pensamiento de algún problema que se debía dejar fuera de la interacción, pero que se mantuvo en la mente de un participante.

 

¿Cuántas veces no se ha escuchado acerca de personas que tienen relaciones sexuales pensando en negocios, problemas laborales, personales o en cualquier otra cosa?

 

La segunda forma de alienación es la conciencia de sí mismo.

 

Esta forma ya ha sido mencionada en el trabajo, pero Goffman agrega que usualmente el foco de atención se dirige a uno mismo cuando

 

a) uno corre peligro de que su imagen pública sea dañina,

 

b) cuando el prestigio puede subir y uno se distrae para regocijarse, o

 

c) cuando una persona es muy inmodesta y prefiere pensarse como el foco de la interacción. 

 

Cualquiera de estas opciones es una ofensa a los demás participantes, pero tienen diferentes grados de ofensividad. No es lo mismo sentir placer por un halago y por ello distraerse un momento a creer que el otro u otros participantes están ahí para ver lo genial que es el sujeto inmodesto.

 

 

Una tercera forma de alienación es la conciencia de la interacción.

 

La diferencia respecto a la conciencia de sí es que en esta forma se pierde la espontaneidad para caer en una reflexión de que se está viviendo un presente en una interacción. Un claro ejemplo es mencionado por Goffman con un anfitrión que se preocupa tanto de que su fiesta salga bien que no logra entregarse a su propio evento.

 

Otro ejemplo son pensamientos como «Estamos platicando. No puedo creerlo».

 

Una cuarta y última forma es la conciencia del otro, que se refiere a que un participante, se dé cuenta o no, distrae a los demás con algún rasgo o gesto, que puede ser algo simbólico como la ropa «seguramente nos vemos graciosos caminando juntos con la misma ropa, qué coincidencia tan incómoda».

 

O algo físico como un tono de voz muy chillón o una nariz tan grande que dificulta mantener el foco de atención en la conversación.

 

Esta cuarta forma de alienación también puede ser consecuencia de que un individuo tenga conciencia de sí, de la forma «es sorprendente que todos estemos festejando el cumpleaños de Jorge y que ella se la pase mirándose al espejo» en este caso el que un participante distraiga su foco de atención también puede distraer a los demás y todos los que desvían su foco se vuelven infractores de la interacción, ya que o bien piensan en sí mismos o en cómo se está dando la interacción y con ello se desvían de la espontaneidad que permite una sensación de firmeza de realidad, de ser parte del momento.

 

 

Todas estas formas remiten a lo mismo: a alienarse respecto a una interacción y por lo tanto sentir incómoda alguna situación y en última instancia a sentir el desagrado de una interacción fallida.

 

Por otro lado, se obtiene un satisfactorio sentido de la situación al sentirse alguna conexión individuo-sociedad durante el trato con otros.

 

 

Por supuesto que existen excepciones, pues no siempre una interacción atraerá al individuo, como es el caso de una clase en donde algún alumno siente desprecio por el profesor y prefiere no hacer gran caso. En este caso lo más probable es que el alumno se mantenga pasivo y trate de no ofender la interacción, pero tampoco hará gran cosa por trabajar en ella. Usualmente mostrará síntomas de aburrimiento por medio de gestos como ver el reloj constantemente, bostezar, ver a otros lados, etc. Lo que, como Goffman indica: 

 

Si bien existe una obligación de fingir participación, también hay otra que induce al individuo a no fingirla demasiado bien[13]

 

[13] Ibíd., p. 115.

 

A modo de una simple conclusión: es conveniente prestar atención al extenso concepto de alienación por el sencillo motivo de que detectar y evitar, o solucionar, las situaciones alienantes permite disfrutar más cada momento que se vive. Sin embargo, resulta algo paradójico que resolverlas pueda exigir conciencia de la situación y ese es justamente un elemento que lleva a la alienación.

 

Afortunadamente en el caso de las interacciones, una de las funciones de cada participante es rescatar a quien se halle en una situación embarazosa o esté alienado mediante algún acto que lo implique más en la interacción como decir simplemente «¿estás bien?»,  «¿me estás escuchando?»,  «¡deja eso y pon atención a lo que digo!».

 

Para situaciones en donde un sujeto se encuentre alienado de manera individual es recomendable detenerse a analizar qué es lo que causa esa sensación y curiosamente al detectar qué es lo que aqueja al individuo, aunque el problema probablemente no sea haya resuelto de facto, la sensación alienante disminuye considerablemente.

 

FUENTES CONSULTADAS

Devereux, George. De la ansiedad al método en las ciencias del comportamiento. Buenos Aires: Siglo XXI, 2003.

 

Goffman, Erving. Ritual de interacción. Buenos Aires: Tiempo contemporáneo, 1970.

 

Marx, Karl. “El trabajo enajenado” en Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, primer manuscrito. Consultado en PDF el 15 de febrero de 2013.

 

Gurméndez, Carlos. El secreto de la alienación y la desalienación humana. Barcelona: Anthropos, 1989.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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