Persuasión: La cara moderna del poder

 

Lo interesante de este tema es plantear y analizar la génesis del proceso por el cual el poder político se dispersa, se vuelve débil y se torna casi nada en el terreno concreto de los hechos, debido a que las negociaciones en sentido estrictamente político parecen haber entrado en desuso durante los últimos treinta años a causa de la subordinación de la política respecto de los intereses económicos; asimismo, el proceso que a nivel teórico ha llevado a los investigadores a postular el fin de la política y la transformación del poder en política de las capacidades (y/o de la persuasión).

 

Ambas circunstancias generadas, por supuesto, entre otras causas, por el abandono del espacio de
negociación que antes ocupaban las corporaciones sociales y su interlocutor el Estado, así como por
la superposición del poder económico sobre el poder de la política. Y es que el poder político y su esencia caracterizada por el acuerdo, el pacto y la negociación, han entrado en un proceso de desgaste debido a la falta de solvencia del Estado-nación.

No así el poder económico que se ha diversificado hasta el punto de volverse un factor de la producción como John Kenneth Galbraith ya analizaba desde los años setenta en su obra El Nuevo Estado Industrial; en donde adelantaba además la tesis acerca de que el poder suasorio sería uno de los poderes de mayor importancia para la industria y la economía global en el futuro inmediato; poder que disputaría su importancia a los sindicatos y a todas las organizaciones sociales que pretendieran la defensa de los derechos sociales, pues éstos serían absorbidos, al quedar resueltas sus demandas, por el enorme poder económico que a todos abrazaría, resolviendo todas las necesidades; momento en el cual el Estado pasaría a ser el gestor del nuevo plan de racionalidad económica y no más que eso.-

 

 Su rol de inversionista en pro de las causas sociales y todos aquellos desempeños que tuvo bajo el llamado Estado de bienestar, pasarían al olvido; pues según esta tesis ya no sería necesario defender ni al obrero –ya que éste se convertiría en accionista de la empresa en la cual laborara–, ni al campesino que se “subiría al tren del desarrollo” al beneficiarse de los adelantos tecnológicos mejorando y diversificando su producción debido a la mejora de las semillas y al desarrollo de la maquinaria para el campo; y así todas las clases sociales al progresar a la par que la industria.

Todo ello no ha sido así, aun con respecto al país que Galbraith admiraba y adoptó como propio: los Estados Unidos de América. Ya que como sabemos, la riqueza nunca se distribuyó como él esperaba y sostuvo hasta su muerte en 2006, en su vasta obra, en especial en su libro La Sociedad Opulenta.

 

Lo primero que señaló está aconteciendo sin duda:

La debilidad de las leyes y del Estado, y como
consecuencia de tal debilidad, la aparición de espacios de inseguridad e incertidumbre, la política del miedo y el terror, así como la violencia extrema; reiterando: derivado todo ello de la enorme debilidad institucional...

Esta situación generalizada ha sido estudiada y sustentada recientemente en las respectivas obras de Ulrich Beck, Anthony Giddens, Scott Lash, Alain Touraine y algunos teóricos más.

 

Lo segundo: la resolución de todas las necesidades sociales, debido al enorme crecimiento económico, lejos está de ser un hecho real; no es más que una bella utopía de Henry de Saint Simon, John Kenneth Galbraith o de John Maynard Keynes, pues

La riqueza, por más grande y diversificada que sea, no se distribuye equitativamente por sí misma, de forma automática: la bancarrota y debilidad de los sindicatos, así como las zonas de inseguridad e incertidumbre del Estado y todos los servicios asistenciales que ha dejado de atender, demuestran que el poder económico, en su manifestación de poder suasorio de bienes y de persuasión, 

no tiene siquiera un cariz de dimensión social: la preocupación sustancial del poder persuasivo tanto a nivel económico como a nivel político es la ganancia a toda costa.


A la industria le importa ganar más capital produciendo y distribuyendo más y más en los mercados mundiales; al Estado le preocupa vender hacia adentro y hacia fuera espacios de eficacia para atraer inversiones, no importando los medios a los cuales recurra para la venta y compra de votos o para llevar a efecto fraudes electorales, ya que su prioridad también es vender: vender imagen pública estable y confiable; políticas públicas con apariencia de sociales pero tendientes francamente al beneficio económico de los agentes globales –privados– de la economía.-

 

 

Ofrecer condiciones idóneas para la explotación de recursos y mano de obra con el mínimo de requerimientos fiscales y de otros tipos (no exigir con rigurosidad el apego a las normas para la no contaminación de las aguas, el aire y el medio en general donde se establecen las grandes empresas transnacionales); y últimamente, en países como México, ofrecer hasta en venta los procesos de extracción, producción y distribución de recursos estratégicos y no renovables como el petróleo (o el agua): tema que se encuentra en debate actualmente, mientras que en Venezuela y Bolivia, pero también en los propios EEUU, Francia, Inglaterra o España, por sólo citar algunos países, el asunto de los energéticos continúa siendo un asunto de seguridad nacional y que en consecuencia no se negocia en lo fundamental con él; el petróleo es asunto de la nación y, en consecuencia, del Estado, aunque esta postura parezca anti-moderna, pues lo “moderno” consiste en poner a disposición del capital privado los recursos vitales como el agua para que se la explote mediante lo último en tecnología (fracking), sin importar el desabasto de las comunidades ancestrales y originarias; o que agote los recursos no renovables a través de una explotación científica y moderna, aunque ambas acciones sean absolutamente antiecológicas.

 


Es cierto que la cualidad nacionalista como ideología del Estado a estas alturas de la globalización
ha entrado en franca bancarrota a consecuencia de la interconectividad que los procesos sobre todo económicos 
suponen hoy día en el mundo. Esto es sencillo de explicar al pensar que
procesos como la producción, la distribución, el consumo y la moda, por ejemplo, ya no obedecen a los dictados de la organización y necesidades productivas de las regiones o de los Estados –que antes sí intervenían en la planeación económica– sino más bien a las necesidades del crecimiento del capital internacional que sabemos cada vez está más centralizado e intervenido por actores globales. El nacionalismo hoy tendría que ser comprendido o asumido por cada uno de nosotros como lo que nos hace diferentes de los demás, pero nos equipara a todos por eso mismo.

 

Me explico: somos iguales porque somos diferentes. La bella utopía de la igualdad a través de la concepción socialista se ha vuelto realidad, pero por otro camino y de otra manera: la diferencia es la que nos equipara; el ser distintos nos hace iguales porque nos hace portadores de una cultura, de una geografía, de una nación y de una historia distintas. Y es por la globalización, por la mundialización y por el cosmopolitismo que podemos ver claramente esta posibilidad de equidad.

 

Así que la igualdad como homogeneidad y como equidad material lejos queda del presente, ya que si algo prevalece hoy día es la injusticia social y la inequidad material. Lo que nos equipara es entonces la diferencia y son, nada más, ni nada menos, la cultura y la historia, las cuales nos permiten en México, América Latina y el Caribe –por citar a la región a la que pertenezco–, forjar un bloque que nos permita oponernos a los distingos sociales y económicos de la globalización.

 

Es en la comunalidad donde podemos encontrar respuesta a la gran interrogante de este momento respecto al futuro mexicano y latinoamericano.(2)

(2) El maestro Jaime Martínez Luna ha escrito sobre la comunalidad como una forma propia y originaria de ser de los mexicanos. Ver su texto Comunalidad y autonomía disponible en línea: http://www.eramx.org/Estudios_y_proyectos/RecupBosq/
Comunalidad_y_Autonoma.pdf [Consultado el 10 de junio de 2017].

 

 

Ser nacionalista a estas alturas de la interpenetración cultural es ser chovinista y exclusivista y tal vez acuse hasta una postura resentida, pues resulta palpable que los procesos de mundialización –más allá de lo económico y lo propiamente político, es decir, más allá de los fenómenos del poder–, son sobre todo humanos.

 

¿Por qué digo esto? Porque independientemente de nuestra reacia voluntad individual de rechazo a la globalidad, nos sumamos hasta sin querer, por ejemplo, al uso de las nuevas tecnologías del conocimiento, las nuevas formas de comunicación, los nuevos medios a través de los cuales intercambiamos sentimientos, información y todo cuanto es posible desde nuestra localidad con el resto del mundo...

 


Cada ciudadano del mundo reconoce que a partir de la existencia de las nuevas tecnologías intercambiamos lecturas, cursos, recetas de cocina e incluso fomentamos relaciones docentes, amistosas y amorosas a nivel global; estamos conectados vía la tecnología con otros individuos que hacen lo mismo, pero desde espacios, países y culturas diferentes; construyendo con esta suma de conocimientos e incluso sentimientos, una enorme red que va más allá de los espacios interiores de nuestras personas y de nuestras naciones.


No toda la red interactiva de la internet es gratuita y anda en busca de la superación de las habilidades,
conocimientos y cualidades de los seres humanos; la mayor parte de ella lo que busca es la ganancia ecnómica y lo de menos es si este medio que es internet se puede convertir en un espacio compartido, de contenidos gratuitos, creativos, estéticos...

 

No, lo de más para el espacio cibernético es cumplir con las metas económicas para las cuales fue creada y por las cuales sofistica sus medios para llegar al mayor número posible de consumidores. Ya de los usuarios depende democratizar este medio que, por sus características, pareciera haber sido creado precisamente para ponerlo a la disposición de todos aquellos quienes lo tienen al alcance.

 

Tampoco hay que olvidar que por democratizado que esté el uso del medio es restrictivo ya
que
solamente tienen acceso a él entre un 15 y un 43.4% de la población total de América Latina y el Caribe.(3) De cualquier manera “crea y comparte que algo queda”.

Este dato está en el informe que la Comisión Económica Para América Latina y el Caribe (CEPAL) presenta respecto al año 2016. Lo cual habla de un alcance todavía limitado, pero con
tendencia a la expansión: https://www.cepal.org/es/comunicados/cepal-aumenta-fuertemente-
uso-acceso-internet-america-latina-caribe [Página consultada el 5 de octubre de 2017]. Aunque en México parece que el acceso, según el INEGI es de 57.4%


Y me pregunto y me respondo ¿no es acaso que el intercambio que llevamos a efecto es desde nuestras perspectivas concretas, regionales, culturales y nacionalista? En un mundo avasallado por las nuevas creaciones internacionales (en todos los campos del conocimiento, de la economía, de la música, de la pintura, del cine...) siempre hay presente algo de lo nacional y regional.

 

La pintura, las películas, los videos y cuanta producción ocurra a nuestra cabeza que elaboran las grandes cadenas internacionales tienen siempre presentes elementos de lo más disímiles de la cultura del mundo. Así que el nacionalismo como chovinismo quizá esté ya en desuso, pero como presencia a través de símbolos, ritmos, lenguas y producciones humanas, es tan actual como la globalización misma pues a través de los diferentes logos con que son identificados los países cuyas culturas son abstraídas para confeccionar diferentes productos, están presentes de alguna manera, siendo erigidas a un nivel de reconocimiento y equidad su diferencia respecto a las demás naciones de las cuales se toman otros tantos símbolos para la producción de las más diversas mercancías.

 

Por ello, los creadores y humanistas originarios miran con tan buenos ojos el intercambio creativo y gratuito. Es ese tipo de espacios democráticos de la red los que debemos buscar, ocupar y apoyar para que no nos suceda con la internet lo que, con la televisión ha señalado Noam Chomsky; pues si no resguardamos celosamente el derecho a utilizar los diferentes espacios que la red nos ofrece gratuitamente, contribuiremos a que este medio también sea tragado por el poder económico.

 

La defensa tendrá que ser una actividad que nos caracterice a cuantos y quienes utilizamos internet y las nuevas tecnologías para comunicarnos; es la mejor vía para democratizar y participar de los adelantos
tecnológicos a todos cuantos quieran allegarse de materiales, información y nuevas tecnologías de
forma absolutamente libre.

 


El poder político y su principal instrumento que es la política parecen ajenos a un medio como éste,
pero créanme que no lo son. El disfrute gratuito de tomar un curso de vinos y quesos, o de ortografía, pintura, fotografía..., no debe sernos arrebatado; tampoco la posibilidad de instalar en nuestras máquinas computadoras, programas gratuitos que los nuevos activistas del espacio cibernético se empeñan en proporcionar a todo mundo.

 

¿Y esto de poner a disposición de la gente en general cuanto programa, sistema operativo o información, no es de alguna manera una conducta política que arrebata al monopolio económico y político algo de los beneficios que se niegan a compartir?


Tal vez se me diga que los participantes del medio cibernético son muy pocos comparado con el número
de pobladores que somos en el planeta; me adelanto y digo que comparado con la población académicocientífica que es quien finalmente utiliza el medio, somos muchos más de los que suponemos.


El poder y la política contemporáneamente pasan así a constituir un objeto de estudio que trasciende los marcos de la Ciencia Política o de la Sociología Política. El poder como política de las capacidades, como toma de decisiones o como capacidad suasoria pisa los linderos de la economía, pero también de la psicología porque la política y el poder se han convertido en elementos de la producción y muestran su lado materialista como nunca –el poder como factor de la producción tal cual–; pero también queda expuesto su lado íntimo y subjetivo cuando en los procesos de persuasión se convierte en elemento de identificación y motivación.

 

Si bien en los años setenta ya versaban algunas tesis de Maurice Duverger y del propio Galbraith
sobre la famosa tecnoestructura; en esa misma década, los procesos de identificación, motivación y
persuasión nutren la organización lo mismo de una gran anónima que la estructura interna de un partido político.

 

Desde entonces hasta nuestros días han transcurrido algo así como treinta años durante los
cuales las tesis tecnoestructurales de ambos autores se han visto confirmadas en la organización de
aquellas empresas y aquellas organizaciones políticas donde estos
elementos subjetivos de identificación, adaptación, motivación, persuasión... son indispensables en el logro de la estabilidad y permanencia de la organización.

 

Profesora e investigadora de Carrera de Tiempo Completo Definitivo
de la FES Acatlán, UNAM, Área de Teoría Social. Línea
de investigación: Teorías contemporáneas sobre el poder.
Contacto: elisag@unam.mx

 

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Edición:

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Colaboran en esta obra, miembros de la comunidad universitaria de la FES Acatlán y de algunas otras facultades de la UNAM; así como miembros de otras instituciones públicas. Los escritos son propiedad intelectual y responsabilidad de quienes los escriben y los firman.

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Arturo Oscar Suro Cruz