• Joaquín Balancán Aguirre

Imágenes y música para el fin del mundo



El fin del mundo es un tema que ha inquietado a la humanidad. Son muchos los testimonios artísticos y literarios que dan cuenta de ello. En todos predomina la idea de enfrentar un destino muy trágico, aunque no hay certeza que así será.


Para estos testimonios, pienso en dos artistas que a pesar de la distancia en la que trascurren sus vidas, y no me refiero al lugar geográfico sino a la temporalidad, han elaborado un par obras que es difícil separar y, a mi parecer, son complementarias en este tema del fin del mundo [o de los tiempos]. Hablo de Miguel Ángel, pintor, escultor y arquitecto; y de su obra el juicio final y de Giuseppe Verdi compositor italiano, autor de la Messa de Requiem.


La obra pictórica, escultórica y arquitectónica de Miguel Ángel- para quien oí el mote de “el divino”- se inscribe en el mecenazgo de los Medici en Florencia y a la buena relación que tenía con los papas. De ese apoyo surgieron obras como el David, la piedad, el Moisés, esta última ubicada en el mausoleo de Julio II o el fresco que decora la bóveda de la Capilla Sixtina.


El juicio final es la obra que culmina el trabajo de decoración de la capilla, fue iniciada por Miguel Ángel en 1508, durante mucho tiempo sería severamente cuestionada por la iglesia, al encontrarla impúdica y grotesca para el lugar en que se encuentra. El fresco de 17 por 13 metros, se localiza en el altar -visualmente imposible de no mirar al ingresar a la capilla-. En esta obra Michelangelo ofrece su visión del regreso de Cristo al mundo, relato que en la Biblia es relacionado con el fin de los tiempos y el juicio a la humanidad.



El fresco muestra el terror de las criaturas que rodean a Cristo, presentado como un joven sin barba e insolente, que levanta la mano de forma severa, como si en ese movimiento separase a los pecadores de los salvos. La censura de la iglesia se basó, como lo mencioné arriba, en la cantidad de desnudos que se observan pero, además, por lo dramático de la escena, sin contar la presencia de un Cristo desnudo -al que posteriormente el braguettone a encargo del papa le pintó un paño de pureza- con un gesto adusto, que es incomprensible al dogma católico de bondad y humildad que rodean a Cristo, incluso en su pasión no pierde estas características, otra vez según del dogma.



En la escena se observa a la María junto a Cristo con el rostro hacia abajo y serio, completan este primer círculo de imágenes, varios santos y mártires que protegen a estos dos personajes de los pecadores que intentan acercarse, antes de ser arrasados por los demonios que se observan del lado inferior derecho del fresco. Los santos de este primer círculo son Juan el Bautista a la izquierda y Pedro a la derecha, éste sostiene dos grandes llaves que extiende a Cristo, símbolo del poder de atar y desatar.


Debajo de Cristo están representados Lorenzo, con la parrilla de su martirio; Bartolomé, que sostiene la piel que le despellejaron en su martirio (en la cual se ha especulado hay un autorretrato de Miguel Ángel); el Cirineo, que ayudó a Cristo con la cruz rumbo al patíbulo; Sebastián de Aparicio, que sostiene las flechas de su martirio y Catalina de Alejandría.



Del lado inferior izquierdo, varios ángeles llevan hacia arriba a los salvos y despiertan a los muertos con grandes trompetas como las descritas en el apocalipsis. Destacan en la parte superior del fresco, dos lunetos con varios ángeles que transportan los elementos de la pasión, del lado izquierdo llevan la cruz, los clavos y la corona de espinas; y del lado derecho llevan la columna en la que Cristo fue atormentado.


La descripción del juicio final que conforman las 391 figuras desnudas escandalizó, como era de esperarse, a varios papas, sin embargo, la obra sobrevivió completa, salvo los ya referidos paños de pureza que Paulo IV en 1559 mandaría a pintar. La declaración de Juan Pablo II del juicio final como “el final invisible que se volvió conmovedoramente visible” podría entenderse como la aceptación de la iglesia a la obra y su contenido.



Giuseppe Verdi [1813-1901] compositor italiano y promotor de la unificación de Italia, compartió con Miguel Ángel esta fascinación por el drama de la vida y su final. En varias de las óperas que compuso, por ejemplo en Aida o Il trovatore los personajes centrales sufren y al final mueren a causa de su amor. A pesar de lo anterior, de todas las obras verdianas, posiblemente, es la Messa de Requiem la poseedora de mayor pasión, drama y reflejo de la tormenta espiritual interna del autor.


Se podría decir que la Messa de Requiem de Verdi pertenece a su repertorio de óperas, sólo que ésta tiene un “ropaje sacro”. El réquiem consiste, en la mayoría de las veces, en una adaptación musical de los momentos de la misa para difuntos. Se le llama Requiem porque la primera frase del texto es: Requiem aeternam dona eis, Domine, es decir, "les conceda el descanso eterno el Señor".


Se sabe que Verdi la compuso en honor al nacionalista italiano Manzoni, con el cual tenía gran amistad y afinidad por la causa unificadora, sobra decir la gran tristeza que invadió a Verdi por la pérdida de su amigo. La obra se estrenó en Milán, al cumplirse el primer aniversario luctuoso de Manzoni, el 22 de mayo de 1874.


La obra se constituye de siete partes que se interpretan entre la orquesta, el coro y cuatro solistas, en el desarrollo de la misma se relatan los momentos de la misa de difuntos como es el Kyrie Elson (ten piedad señor) Santo y la profesión de fe, pero es la descripción del regreso de Cristo, la que captura la atención del autor, la carga dramática del coro Dies irae (día de ira) sobrecoge al espectador y muestra con toda su inmensidad a la orquesta y al coro que canta la desgracia profetizada para el del juicio final.


En el Requiem también hay arias para solistas de las cuales destacan Ingemisco (suspiro como reo), para tenor; libera domine (líbrame señor), para soprano; confutatis (arderán los malditos), para bajo; y liber scriptus (el libro en que todo está escrito) para mezzo; para la apreciación del coro propondría Rex tremendae (rey de tremenda majestad), éstas sólo por mencionar algunas, sería inútil la descripción que haga de cada una, en esto es indispensable la curiosidad del lector por la obra.


La experiencia de recorrer a detalle el juicio final, a través de una fotografía o (si hay oportunidad) en vivo, y escuchar el Requiem de Verdi no es nada despreciable. Sostengo que estas obras son complementarias porque imprimen una carga dramática y emocional similar en los espectadores, a través de sentidos diferentes. Seguramente más de uno estaría contento de que el fin del mundo fuera así: sacado de un fresco de Miguel Ángel y con la armonía de las partituras de Verdi.


DISCOGRAFÍA RECOMENDADA:

Requiem interpretada por la Filarmónica de Viena, dirigida por Herbert Von Karajan. Con Anna Tomowa−Sintow, Agnes Baltsa, José Carreras, José van Dam y el Coro de la Ópera Nacional de Sofía. Deutsche Grammophon. 1984.

Requiem interpretada por la filarmónica de Viena, dirigida por Sir George Solti. Con Joan Sutherland, Marilyn Horne, Luciano Pavarotti, Martti Talvela y el Coro de la Ópera Estatal de Viena. Decca. 1984.

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Dirección:

Elisa Guadalupe Cuevas Landero

 

Subdirección:

Alexa Moreno Buendía

 

Edición:

Arturo Oscar Suro Cruz 

Colaboran en esta obra, miembros de la comunidad universitaria de la FES Acatlán y de algunas otras facultades de la UNAM; así como miembros de otras instituciones públicas nacionales y extranjeras. Los escritos son propiedad intelectual y responsabilidad de quienes los escriben y los firman.

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A cargo de

Horacio Gabriel Saavedra Castillo